Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 19, No. 3 (2020)

Doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol19-Issue3-fulltext-2061
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Bedoya-Dorado and Maca-Urbano: Trabajos en la caña de azúcar ¿Cotidianidad de lo precario o precariedad de lo cotidiano?



El final del siglo XX no solo constituye el periodo de la instalación de la agenda neoliberal en países de Suramérica, sino también, el punto de partida de las transformaciones y segregación de las primeras generaciones obreras, que se habían originado desde finales del siglo XIX (González & Molinares, 2013). Estos cambios se producen como consecuencia de la flexibilización laboral que promovió el neoliberalismo y la emergencia de nuevas modalidades de trabajo, caracterizadas por las actividades no asalariadas, los trabajos informales, precarios, subcontratados, atípicos, no estándar, flexibles, no decentes, entre otros. Asimismo, el proletariado empieza a decrecer, “desproletarización del trabajo”, mientras que aumentan las nuevas modalidades de empleo, “subproletarización del trabajo” (Antunes, 2000; De la Garza, 2000, 2009).

Este fenómeno se presentó en diferentes sectores económicos de la mayoría de los países de la región. Para el caso del sector agropecuario en Colombia, bajo la influencia del capitalismo agrario, ya se utilizaba tanto la mano de obra o proletariado rural, como otras modalidades de trabajo informales en el marco de un sistema paternalista (González & Molinares, 2013; Sánchez & Santos, 2014). Para diversos, estas nuevas modalidades de trabajo se originan como formas precarias de trabajo, debido a las reformas de los sistemas de seguridad social, de contratación colectiva y de leyes laborales (De la Garza, 2000, 2009), en donde la “precariedad” se instala como parte fundamental de la normalidad, lo que tiene efectos tanto en la vida personal como social de los sujetos (Battistini, 2009).

Para algunos autores, la precarización del trabajo no solo reivindica la desigualdad por la asimetría en la distribución de ingresos, sino que constituye una reconfiguración de esta y de las relaciones sociales (De la Garza, 2000, 2009; Solís, 2014), lo que se ensambla con el problema de pobreza (Isaza, 2003; Solís, 2014). Asimismo, la precarización como sentimiento, devela experiencias de inseguridad e incertidumbre con respecto al futuro (Castel, 1997).

En Colombia durante el 2008 se presenta una de las huelgas más significativas del siglo XXI, organizada por un movimiento obrero y social de trabajadores agrícolas de la caña de azúcar. Esta huelga tuvo como objetivo visibilizar las consecuencias de la flexibilidad laboral materializadas en las reformas laborales de los años 90, que, entre otras consideraciones, dieron origen a las Cooperativas de Trabajo Asociado -CTA-, a través de las cuales se vincularon los trabajadores agrícolas al sector agroindustrial de manera indirecta y en otros casos, informal. Este tipo de vínculo no solo desdibujó la responsabilidad legal laboral de las empresas con los empleados, sino también fomentó la precariedad en las condiciones de trabajo y de la vida de ellos (Bedoya-Dorado, 2020; Montoya, 2011; Nieto et al., 2015).

Algunas investigaciones han evidenciado las consecuencias de esta flexibilización laboral que se reflejan en condiciones de pobreza, entendida como la situación social y económica de una población que no le permite satisfacer sus necesidades básicas (De la Garza, 2000; 2009; Solís, 2014) y el limitado acceso a los servicios de seguridad social como la salud, la pensión y los riesgos profesionales, los cuales se convierten en círculos entre las generaciones (Giraldo, 2017; Jaramillo, 2017; Nieto et al., 2015; Pérez-Rincón & Álvarez-Roa, 2009). La continuidad de estas condiciones entre las generaciones configura modos de ser y modos de vivir: “ser precario y vivir en la precariedad”, en donde se instauran distintas prácticas como las del trabajo y la distribución jerarquizada sexualmente de las tareas del hogar y la organización de la familia (Bedoya-Dorado, 2020; Castro, 2015; Giraldo, 2017; Jaramillo, 2017).

La naturalización de las modalidades de trabajo y de la vida en general como precarias ha sido discutida ampliamente desde diversas perspectivas, situando este fenómeno bajo una relación causal, en donde convergen las políticas del neoliberalismo, la flexibilidad del mercado, la pérdida del Estado Benefactor, y otras transformaciones estructurales de la sociedad con las consecuencias subjetivas de ello, entre las que se destacan las experiencias de la incertidumbre, inseguridad, inestabilidad, amenaza, miedo, etc. (Antunes, 2000; Castel, 1997; De la Garza, 2000, 2009; Lorey, 2016). Esta naturalización de la precariedad del trabajo y de la vida suponen una condición cotidiana, la cual abarca el entramado de prácticas, símbolos y hábitos producidos en la interacción entre sujetos, y que vincula procesos de intersubjetividad sobre los cuales se construye el conocimiento y los saberes (Battistini, 2009).

Pese a que estos fenómenos han sido abordados desde discusiones contemporáneas del contexto del trabajo y las organizaciones, existen pocos trabajos que evidencian el papel de la materialidad u otras entidades no humanas en la configuración de la precariedad y la reproducción de lo cotidiano. Desde los aportes teóricos y metodológicos de los Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS), nos proponemos analizar la manera como se ha ensamblado la precariedad y cómo se re-produce en el cotidiano de los trabajadores agrícolas de la caña de azúcar del área geográfica del valle del Río Cauca en Colombia. Estos trabajos se han caracterizado por ser precarios y vincular población en condición de pobreza (Bedoya-Dorado, 2020), que como lo plantea Giraldo (2017), población que representa la desigualdad social, y desde esta condición se representan a sí mismos y desde el exterior como población “sobrante”, “inempleable” o “integrada a la exclusión”.

Desde un diseño etnográfico describimos cómo estas entidades sociotécnicas sostienen efectos políticos, sociales, económicos y subjetivos que recrean la condición precaria e instauran diversas prácticas que dan cuenta de un cotidiano. El artículo se estructura en cuatro apartados, primero, presentamos los elementos conceptuales de los CTS en los que se enmarca la discusión de la investigación; seguido, se describe la propuesta metodológica; tercero, se discuten los resultados y se explica el modo en que se ensambla la precariedad y lo cotidiano; y, finalmente, se presentan las conclusiones y los aportes de la investigación. Este estudio contribuye a evidenciar que la condición precaria tiene un rostro de lo “cotidiano”, es decir, lo cotidiano se produce bajo una forma “precaria”.

La precariedad y lo cotidiano: Una lectura simétrica

Desde los Estudios de CTS y en especial, la Teoría del Actor-Red (desde ahora TAR) se propone una perspectiva que permite girar la mirada hacia la materialidad (Barad, 2007; Højgaard & Søndergaard, 2011; Latour, 2008) y la simetría entre lo social y lo material, lo humano y lo no humano, la sociedad/cultura y la naturaleza (Law, 1999; Sayes, 2014; Serres, 1995). Según esta perspectiva, se plantea que en la acción se incorporan tanto elementos humanos como no humanos, lo que lleva a preguntarse no sólo quién, sino que participa en la acción (Latour, 2008). En esta medida, estos enfoques dotan de materialidad con agencia tanto a humanos como a no humanos (Barad, 2007; Højgaard & Søndergaard, 2011; Latour, 2008).

De acuerdo con Barad (2007), la materialidad -así como el discurso- tiene propiedades performativas, es decir, no es una cosa, sino un hacer; la materia es producida y productiva, generada y generativa, la materia no es una esencia o propiedad fija de las cosas, sino que es “agentiva”. Se puede decir entonces que todo hace algo, todo es performativo y tiene agencia, todo está siempre en intraactividad1 con algo más y, por tanto, nada está delimitado (Højgaard & Søndergaard, 2011).

Los teóricos de la TAR consideran las acciones de humanos y no humanos como parte de una red (Latour, 1993, 2008; Law, 1992, 2009; Sayes, 2014) conformada por agentes -actores o actantes- que pueden asociarse y separarse constantemente; estas redes están performadas por los actantes que las componen. La TAR se interesa por la forma en que las redes se estabilizan, se simplifican, se vuelven duraderas o funcionalmente indispensables, así mismo en la manera en que se yuxtaponen y traducen los distintos elementos (Latour, 1993; 2008; Law, 2009).

La subjetividad según esta perspectiva, se constituye a través de procesos de subjetivación -proceso de convertirse en sujeto que implica la simultaneidad entre sujeción y agencia- en los que intervienen tanto fuerzas discursivas como materiales/tecnológicas, humanas como no humanas, que se constituyen y son constituidas simultáneamente (Højgaard & Søndergaard, 2011). Así, esta perspectiva insta a pensar el sujeto y la subjetividad como un ensamblaje de elementos humanos y no humanos, discursivos y materiales, elementos técnicos y tecnológicos también (Sisto et al., 2017). Adicional a ello, se considera que lo “social” y lo “material” están combinados de manera constitutiva en la vida cotidiana, por lo que no existe nada que sea social sin que sea material, ni material que no sea también social, pues lo “social” involucra a las personas y a la tecnología, y las características materiales de la tecnología se desarrollan y se utilizan en un sistema de relaciones sociales (Sayes, 2014).

Bajo esta perspectiva se podría argumentar que es a través de las actuaciones o prácticas de los actores humanos y no humanos que la precariedad se produce, circula y se instala en el cuerpo y en la subjetividad. Algunas perspectivas teóricas como los estudios de la Gubernamentalidad ya habían reconocido que la precariedad no solo obedece al ámbito del trabajo y la cobertura social de los sistemas de protección que estos otorgan, sino al entramado de la vida y los cuerpos (Lorey, 2016; Rose et al., 2006). Ello implica un modo de ser y de vivir con la inseguridad, la incertidumbre, la amenaza, la vulnerabilidad, etc., en donde los sujetos deben gestionar su condición precaria, lo que constituye un sí dócil para ser gobernable y posibilita una biopolítica neoliberal (Lorey, 2016; Rose et al., 2006).

Para Lorey (2016) esta condición precaria es relacional y compartida con otras vidas, aunque con variaciones históricas y geográficas, las cuales evidencian efectos políticos, sociales y jurídicos que permiten a los sujetos ordenar o clasificar su precariedad, es decir, jerarquizarla. Según esta autora, la jerarquización implica un encasillado de inseguridades simbólicas y materiales que dan cuenta de la naturalización de relaciones de dominio que median la pertenencia o exclusión a un grupo u orden. Asimismo, bajo la jerarquización los sujetos imprimen un posicionamiento el cual es una representación de la condición precaria propia, mediada por acuerdos de género, raza, etnia, clase, y condiciones materiales (Højgaard & Søndergaard, 2011; Lorey, 2016).

De acuerdo con lo anterior, la precariedad no puede ser concebida desde un abstracto, alejada del sujeto, sino que ésta se ensambla también con su cuerpo y en su cuerpo, en su subjetividad y se despliega en su diario vivir. La precariedad constituye una posibilidad de ser gestionada, en donde los sujetos ponen en práctica sus elecciones y autonomía para maximizar su vida como empresarios de sí mismos. Es por ello que el cuerpo como propiedad de sí mismo, debe venderse como fuerza de trabajo de la mejor manera, para disminuir la condición precaria (Rose et al., 2006). Así, la precariedad se podría caracterizar y dimensionar según el contrato que media la relación de trabajo -y las protecciones sociales que de éste podrían o no derivarse- (Castel, 1997; 2004), las condiciones de desarrollo del trabajo cotidiano, los derechos individuales y colectivos, y las perspectivas de vida y futuro (Battistini, 2009).

La precariedad vista desde esta perspectiva sugiere que ha emergido a partir de la relación entre diferentes actores y a medida que se ha ido ensamblando, se ha ido “instalando” en el sujeto, en sus formas de subjetividad, produciéndose, re-produciéndose y re-creándose en su vida cotidiana. Heller (1998) y Villegas y González (2011) plantean que lo cotidiano, aquello que pasa todos los días, constituye un espacio en el que nos producimos a nosotros mismos y a nuestro mundo, por tanto, constituye un espacio de producción social que da cuenta de prácticas, símbolos y hábitos producidos en la interacción entre sujetos (Battistini, 2009). En este sentido, la precariedad reproduce un cotidiano, el cual da cuenta de cuerpos vulnerables y bajo el estado de incertidumbre, así como prácticas naturalizadas que otorgan identidades y modos de existencia.

Método

Diseño

El estudio se abordó desde un enfoque cualitativo. La necesidad de conocer el modo en que se ensambla la precariedad y el modo en que reproduce lo cotidiano requirió realizar trabajo de campo en múltiples localidades y aplicar diversas estrategias de recolección de la información. De este modo, la investigación tuvo un diseño etnográfico (Flick, 2007) en el que se utilizó la etnografía multilocal, la cual se despliega alrededor de cadenas, sendas, tramas, conjunciones o yuxtaposiciones de locaciones, en la que el investigador define el modo de su presencia bajo una lógica que explica la asociación y conexión entre los escenarios que definen el argumento de la etnografía. Además, este tipo de etnografía permite definir los objetos de la investigación partiendo de diversas modalidades o técnicas, para el rastreo de personas, objetos, signos, símbolos y metáforas (Falzon, 2009; Marcus, 2001).

Participantes

Los participantes de la investigación fueron trabajadores agrícolas de la caña de azúcar, los cuales fueron seleccionados por conveniencia y disponibilidad para participar en la investigación (Mayan, 2009). Por una parte, se eligieron lugares que facilitaron la recolección de la información como los cultivos de caña de los municipios con tradición cañicultora en el área geográfica del río Cauca como lo son Cali, Candelaria, El Carmelo, El Cerrito, El Tiple, Puerto Tejada, y Santa Elena, en donde se encontraron trabajadores desarrollando sus actividades. Así mismo, se consideró el acceso libre, permanente y consultado para las entrevistas con los participantes. De este modo, las localidades se definieron durante los primeros trabajos de campo, con el objetivo de ir rastreando a los trabajadores agrícolas de caña de azúcar.

La cantidad de participantes estuvo determinada por la estrategia de muestra tiempo-locación, en la que las entrevistas se realizan en una localización específica durante un tiempo particular (Patton, 2015); en este caso las fechas definidas de trabajo de campo, los horarios de jornada de trabajo, la finalización de trabajo de campo, y los días de descanso en los hogares de los participantes. Este mismo criterio fue empleado para la organización y cantidad de grupos focales. Como criterios de selección se determinaron: tener experiencia con los trabajos agrícolas de la caña de azúcar, ser trabajador activo en el momento de la investigación, y ser mayor de edad. El rango de edad de los participantes fue de 30 a 84 años, algunos laboran a través de vínculos informales y formales con las empresas del sector agroindustrial en Colombia.

Consideraciones éticas

Con relación a los aspectos éticos de la investigación, a los participantes se les entregó consentimiento informado y se les explicó el objetivo de la investigación, así como la protección de la información suministrada para su uso académico, y la ausencia de implicaciones de riesgos por su participación.

Procedimiento

Como estrategias de recolección de la información se empleó la observación de tipo “observador como participante” a partir de la cual se registraron las respectivas notas de campo, la entrevista en la modalidad semiestructurada y el grupo focal orientado a tres temas de discusión. Se diseñó una guía de preguntas para la entrevista y el grupo focal en donde se preguntó por las experiencias del trabajo, las condiciones socioeconómicas de los participantes y los actores con los cuales se desarrolla la actividad del trabajo. La recolección de la información se obtuvo en distintas localizaciones del área geográfica del río Cauca en el Valle del Cauca y norte del Cauca, durante las jornadas de trabajo en los cultivos de caña, al finalizar la jornada de trabajo, y en las residencias de los participantes. La Tabla 1 a continuación, presenta los registros obtenidos en el proceso de la recolección de la información.

Tabla 1

Técnicas de recolección de la información

Técnica Instrumento Registros Participantes
Observación participante Notas de campo 5 Actores vinculados con la explotación de la caña de azúcar y escenarios
Entrevista Entrevista en profundidad 44 Trabajadores agrícolas de la caña de azúcar
Grupo Focal Guía de preguntas 3 Trabajadores agrícolas de la caña de azúcar

Plan de análisis

Las notas de campo, las trascripciones de las entrevistas y de los grupos focales fueron analizadas a partir de tres categorías de análisis: el paisaje natural, la materialidad y agenciamiento, y el poder y la subjetividad mediante la técnica de análisis de contenido. Utilizando el software de análisis cualitativo Atlas Ti se examinaron fragmentos del material recopilado para realizar una codificación axial y así obtener unidades de interpretación analítica que se discutieron a la luz categorías de análisis propuestas.

Resultados y discusión

Los trabajadores agrícolas de la caña de azúcar se han caracterizado de antaño por su condición precaria. Esto se ha explicado a través de atributos tales como los círculos de pobreza y vulnerabilidad, acceso limitado a servicios públicos, y trabajar de manera informal con el sector azucarero. Estos atributos recrean una cotidianidad, en donde el mundo de estos trabajadores gira en torno a una condición precaria, para ellos, naturalizada y sin salida, mundo en el que se aprende a existir y ser precario. ¿Cómo se ha ensamblado la precariedad en los trabajadores agrícolas de la caña de azúcar?, ¿qué características evidencian una instalación de lo cotidiano bajo una condición precaria? A través de tres categorías de análisis abordamos estas cuestiones.

El paisaje natural: Memorias de trabajos

En primer lugar, es importante reconocer el paisaje natural como condición de posibilidad de los trabajos agrícolas de la caña de azúcar (Serres, 1995). El territorio colombiano se caracteriza a lo largo y ancho de su extensión por la diversidad geográfica y topográfica que le ha permitido históricamente a sus habitantes dedicarse a las actividades agrícolas. En la actualidad se desarrollan actividades agrícolas que cuentan con más de 400 años de historia, en más de 223.000 hectáreas aproximadamente de cultivos de caña de azúcar a lo largo del departamento del Valle del Cauca y norte del Cauca. Los conquistadores españoles descubrieron que, gracias a las condiciones climáticas y geográficas de estas tierras, era posible sembrar la caña durante todo el año, por lo cual introducen este producto agrícola a través del puerto de Buenaventura con procedencia de Santo Domingo. Con el establecimiento de la hacienda colonial como modelo económico de la región, dan origen a la explotación de la caña mediante el uso del trapiche y la mano de obra esclava (Ramos, 2005).

Durante la historia de la explotación de la caña de azúcar se han presentado diferentes transformaciones, entre ellas se destaca la configuración del paisaje geográfico, principalmente de los recursos hídricos; el origen de una industria moderna azucarera desde inicios del siglo XX, y la configuración de los trabajadores agrícolas de la caña como esclavos, peones, agregados, terrazgueros, asentados, proletariado rural, asalariados, iguazos2, subcontratados, etc., mediados por elementos políticos, sociales y económicos: sistemas esclavistas, de servidumbre, de paternalismo, capitalismo y neoliberalismo, reconocidos hoy en día como trabajadores informales, que llevan la bandera de la flexibilidad laboral, pero también, la de la precarización del trabajo y de la vida (Bedoya-Dorado, 2020).

Argemiro es un cortero de caña que tiene 71 años. Como algunos de sus compañeros, es pensionado de un ingenio para el que trabajó por más de 33 años y en la actualidad continúa trabajando bajo una modalidad informal en otra empresa del sector azucarero. Según él, la pensión que recibe mensualmente es insuficiente para el sustento de su familia, por lo que, a pesar de su avanzada edad, debe continuar trabajando. Argemiro es oriundo de Timbiquí, una ciudad ubicada en el departamento del Cauca en cercanías del Océano Pacífico. Debido a las condiciones de pobreza en las que vivía y las pocas posibilidades de trabajo en su tierra natal -que se limitaban a la pesca-, a los 23 años inició en el oficio del corte de la caña, que ya

era conocido en su familia por su hermano mayor (Diario de campo, 2019, 28 de septiembre).

El paisaje natural en el cual se ha desarrollado la industria azucarera en Colombia no solo contiene un sin número de historias de quienes se han dedicado a estos oficios, sino también, un contexto significativo en la configuración de comunidades que encontraron en estas tierras una posibilidad de trayectorias ocupacionales para gestionar su condición precaria. De este modo, existen municipios cañicultores, los cuales se caracterizan por migraciones poblacionales y porque gran parte de sus habitantes se dedican a los oficios de la caña.

La historia de Argemiro refleja algunas características de este tipo de trabajos; entre ellas, trabajar en estos cultivos ha sido una condición de etnia, especialmente, de los afrocolombianos. Durante el periodo colonial, la decadencia de la población indígena y el aumento de las demandas de trabajos en la minería y la caña de azúcar constituye para algunos historiadores, el ingreso de la raza negra en los departamentos del Valle del Cauca y Cauca como mano de obra esclava (Bermúdez, 1997). Si bien la abolición de la esclavitud se decreta desde 1823 y su total abolición se materializa veinte años más tarde, los negros esclavos, una vez libres, no tuvieron acceso a las tierras, pues las leyes no se las concedieron; ni herramientas para el trabajo, lo que derivó en poblaciones pobres, dedicadas a la agricultura en tierras infecundas o en cercanías del río Cauca; otros habitaron los palenques3, y otros regresaron a las haciendas como peones negros sin tierras o terrazgueros (Friedemann, 1993).

El paisaje natural que abarca los departamentos del Valle del Cauca y Cauca además de caracterizarse por sus tierras planas y estar atravesadas por el tercer río más grande de Colombia, con temperaturas que van de los 24°C a los 35°C y ser una zona intertropical con épocas de lluvias y sequías, constituye el escenario en donde se ha ensamblado la explotación de la caña, pero a su vez la precariedad de generaciones de trabajadores que con el paso de los años empiezan a ser cada vez menos. Estas tierras y sus comunidades establecidas evidencian efectos políticos, jurídicos, económicos, sociales y culturales (Serres, 1995), en donde la ubicación geográfica sitúa la condición precaria, vivir en las zonas urbanas versus vivir en las zonas rurales, y a su vez, condiciona los grados de precarización, pues de acuerdo con la distancia que existe entre los lugares de trabajo (cultivos de caña) y el lugar de residencia, se aumenta o disminuye la precarización que se refleja en sus ingresos4 y los tiempos que demanda el desplazamiento.

Los pagos por este tipo de trabajo son el resultado de la combinación de un esfuerzo físico y la resistencia con las condiciones climáticas y las jornadas de trabajo. En ello juegan variables como la edad y el género, pues en algunos casos estos determinan la productividad. No obstante, existen mujeres como Magnolia quien, a sus más de 60 años, desdibujan la idea de que la fuerza es cuestión de hombres, y al igual que ellos, corta caña y pica semilla desde hace más de diez años (Diario de campo, 2019, 13 de septiembre). La cuestión de género y los roles asociados a ello constituyen un factor significativo en las jornadas de trabajo. La mayoría de los trabajadores habitan en municipios lejanos de las tierras en donde se encuentran los cultivos de la caña. Esto implica que deben despertarse desde las 4.30 AM, preparar los alimentos y bebidas, viajar en promedio entre 40 a 60 minutos en un bus, que en ocasiones es gestionado por el contratista, y en otras ocasiones, del servicio público. Los trabajadores realizan sus actividades aproximadamente desde las 6.00 AM hasta las 2.00 PM, debido a las condiciones climáticas de altas temperaturas (Grupo Focal, 2019, 29 de septiembre).

Al finalizar las jornadas de trabajo, los trabajadores no solo deben esperar la organización de la ruta del bus y el tiempo que toma regresar a sus lugares de vivienda, sino también, es común que deban esperar por los habituales problemas de motor que sufren los buses de modelos antiguos en los cuales se desplazan. Para las mujeres el regreso a casa supone otra jornada de trabajo, pero esta vez de orden doméstico, el cual puede finalizar pasadas las 9.00 PM. Pese a que existen mujeres como Magnolia que ayudan a sus esposos con los ingresos para el hogar, también se presentan casos como el de Audosia, quien a los 50 años responde económicamente por sus hijos y nietos, y como otras mujeres ingresan al mundo del trabajo ante la ausencia de una figura masculina proveedora de los ingresos para el hogar (Grupo Focal, 2019, 29 de septiembre).

Materialidad y agenciamiento

La caña de azúcar juega un papel central en la configuración de identidades individuales y colectivas. Los trabajadores agrícolas de la caña se caracterizan por tener edades avanzadas y permanecer durante todas sus trayectorias de trabajo en la misma actividad (Diario de campo, 2019, 13 de septiembre, 27 de septiembre, 13 de octubre). El tiempo en esta actividad ha configurado una relación social entre el trabajador y la caña, en la que tiene un rol protagónico el machete o la pacora o el curvo como materialidad (Law, 1999; Sayes, 2014), los cuales son los instrumentos para esta actividad. Ello supone conocimientos y saberes que se han construido en múltiples espacios como la tradición oral, los procesos de capacitación y entrenamiento con las empresas del sector, y lo empírico, que recrean un ámbito de lo cotidiano (Battistini, 2009).

Estos trabajos con la caña circunscriben huellas en el cuerpo de los trabajadores como consecuencia de las heridas de cortar con los diferentes artefactos, y por los años de estar sosteniéndolos. Asimismo, la fuerza y resistencia que caracterizan este tipo de trabajos transforman los músculos del cuerpo, los cuales están siempre en vulnerabilidad tanto por la posibilidad de los riesgos que agencian los instrumentos de corte, como por la ausencia de la protección social que otorgan los trabajos formales mediante un contrato.

Los años en el trabajo agrícola de la caña también son testigos de importantes transformaciones en la industria azucarera y en el paisaje geográfico. Para participantes como Bernabé, quien tiene 84 años, oriundo de Timbiquí y habitante desde hace más de 40 años de Puerto Tejada (norte del departamento del Cauca), antes de los años 90 las tierras que rodeaban su actual municipio de residencia se caracterizaban por tener cultivos de pancoger,5 entre los que se destaca el frijol, el millo, el trigo, el maíz, etc., los cuales fueron reemplazados progresivamente por el monocultivo de la caña, y que hicieron que las trayectorias ocupacionales se centraran en este producto agrícola (Diario de campo, 2019, 13 de septiembre).

Los trabajos agrícolas de la caña además de agenciar una condición de vulnerabilidad y exposición de peligro para el cuerpo, caracterizada por ingresos precarios que dependen de la productividad del desempeño del cuerpo, y la desprotección del sistema de riegos profesionales, de elementos de dotación para el trabajo, y gozar de una pensión, están siendo amenazados por el reemplazo de la máquina. Este fenómeno ha generado la disminución de trabajadores agrícolas con vínculos directos e indirectos en las empresas del sector, pues la máquina sustituye varias de las actividades que los trabajadores realizan. Esta amenaza significa un declive en los trabajos agrícolas de la caña (Diario de campo, 2019, 13 de septiembre).

El cuerpo del trabajador agrícola de la caña se ensambla con el paisaje geográfico de la zona, los cultivos de caña, caminos llenos de polvo en los días soleados o de barro en los días lluviosos; se ensambla con el implacable sol del trópico o con sus torrenciales lluvias; se ensambla con esos buses de antaño en los que debe recorrer en ocasiones hasta dos horas de ida al trabajo y otras dos, de regreso. Se ensambla también con sus herramientas de trabajo, en el caso de los corteros, con el machete o el curvo; en el caso de los apaladores, con la pala, convirtiéndose estos ensamblajes cuerpo humano/herramientas de trabajo en denominaciones identitarias. Es por ello que no solo la actividad física que requiere este tipo de trabajos en combinación con los instrumentos de corte supone un riesgo para el cuerpo, sino también, el agenciamiento que despliegan las condiciones climáticas para la salud (Sayes, 2014).

Subjetividad y poder

En la historia de Argemiro se reflejan los legados ocupacionales en donde el trabajo agrícola de la caña es heredado como tradición oral, y los movimientos migratorios característicos de la población afrocolombiana hacia los municipios cañicultores por la disponibilidad de trabajos. Pese a que Argemiro a su avanzada edad continúa trabajando, existen otros casos en los que los trabajadores no están pensionados, ni gozarán de este beneficio por las condiciones informales en las que estuvieron vinculados con el sector azucarero (Diario de campo, 2019, 28 de septiembre). En la actualidad muchos de estos trabajadores están vinculados bajo una modalidad de “enganche” distinta a la de la década de los ‘90 y con características de informalidad, en la cual un contratista que organiza corteros de caña, alzadores, sembradores, entre otros, paga a estos según su productividad, la cual puede ser medida en el peso de la caña cortada, alzada, la cantidad de semillas picadas, o los lotes sembrados.

Este sistema de pago considerado “pago a destajo” se realiza cada semana y el contratista paga a los trabajadores la afiliación a la salud. Un cortero en promedio recibe ingresos que no logran ser iguales o superiores a lo determinado por ley sobre un Salario Mínimo Mensual Legal Vigente en Colombia (Diario de campo, 2019, 27 de septiembre)

Las políticas neoliberales que se vienen implementando en Colombia a partir de la década de los 90 (Estrada, 2006; Jiménez, 2006) y que legitimaron vía legal la existencia de formas de relaciones de trabajo distintas al contrato laboral, incidieron en la flexibilización y, en muchos casos, la precarización de algunos trabajos. Podríamos decir que estas reformas neoliberales constituyen entonces un actor que hace parte de todo el ensamblaje en torno a la caña. Estas reformas han jugado un papel fundamental en los cambios que han tenido las condiciones laborales de los trabajadores de la caña y junto con otros actores, como las condiciones de desigualdad y pobreza, se han ido ensamblando y configurando la precariedad.

Amparados en las políticas de flexibilización laboral, actores como la dirigencia del sector azucarero, las directivas de los ingenios y las empresas contratistas han hecho uso de formas de trabajo -diferentes al empleo-, que no vienen acompañadas de las protecciones sociales que éste trae consigo. De esta manera, los trabajadores agrícolas de la caña, en su mayoría, no cuentan con las garantías necesarias que los protegerían contra los principales riesgos que puede implicar una degradación de su situación actual, tales como la enfermedad, los accidentes o una vejez empobrecida.

Vemos entonces como diferentes actores entrelazados en relaciones de poder se han venido ensamblando y configurando condiciones de trabajo precario. Siguiendo las ideas de Battistini (2009), se podría decir que este trabajo es precario puesto que sus relaciones están mediadas por formas de contrato diferentes al contrato laboral, que no garantizan protecciones sociales; poca garantía de derechos laborales y posibilidades de sindicalización; formas de pago a destajo; y escasa remuneración. Esto, sumado a las condiciones históricas de desigualdad, pobreza y discriminación, difícilmente facilitan contar con una buena calidad de vida en el presente y proyectarse en el futuro.

Las condiciones precarias y de pobreza que caracteriza a la mayoría de los trabajadores vinculados de manera informal, constituye un argumento para aceptar las condiciones precarias en el trabajo. Esto significa la carencia de derechos laborales e incluso humanos, que evidencian las consecuencias de las políticas del neoliberalismo, en donde la precariedad no solo es un asunto del trabajo, sino del cuerpo, por lo cual, de la misma vida. En este contexto, tener un contrato de trabajo es sustituido por un vínculo subjetivo en el que los participantes asumen los trabajos agrícolas de la caña como lo natural para ellos, es decir, un “trabajo precario” para ellos “los precarios” o “pobres” (Diario de campo, 2019, 28 de septiembre), los que carecen de estudios y habilidades para otros trabajos, y quienes están condenados a una suerte de permanecer en la misma condición. Así mismo, los participantes reconocen que los vínculos directos con las empresas del sector azucarero por medio de contratos sugieren una mejoría de la condición precaria, pues ello implica, el beneficio de salud, riesgos laborales, derecho a la pensión, dotación, y otros beneficios financieros y no financieros otorgados por la legislación laboral colombiana en el Código Sustantivo del Trabajo y por las mismas empresas.

La ausencia de los beneficios y derechos laborales producto de contar con un contrato, contrastan con el caso de Antonio, un trabajador de 66 años quien trabajó por más de 40 años con importantes ingenios del sector azucarero vinculado de manera indirecta por medio de una cooperativa. Al cumplir 62 años, la edad en Colombia para que un hombre se pueda pensionar (jubilar), se dio cuenta que sus años de trabajo no fueron reportados al fondo de pensión y por su edad, ya no podrá cumplir con el total de semanas cotizadas en este sistema, que en Colombia es de 1.150 semanas en el régimen privado y 1.300 semanas en el público, aproximadamente 22 a 25 años de trabajo. Por esta situación, Antonio continúa trabajando de manera indirecta con ingresos diarios cercanos a los $39.000 pesos colombianos, como muchos otros trabajadores, al mes es inferior a un Salario Mínimo Mensual Legal Vigente (SMMLV), y con desplazamientos que le toman una hora y media tanto para ir a su trabajo, como para regresar de él (Diario de campo, 2019, 27 de septiembre).

Antonio, Arcadio y muchos otros trabajadores fueron despedidos por participar en la huelga de los machetes caídos en el 2008 en Colombia, en la que los trabajadores manifestaron sus condiciones precarias y de sobreexplotación por parte de las empresas de la industria azucarera. Arcadio es uno de los participantes más jóvenes (43 años) de la investigación, desde sus 9 años corta caña porque su papá lo llevaba a la jornada de trabajo. Según él, por ser líder y haber participado en este paro (huelga), la empresa en la que trabajaba encontró el argumento para despedirlo (Diario de campo, 2019, 29 de septiembre).

Es a través de estas relaciones, acciones y ensamblajes de actores humanos y no humanos que la precariedad se instala en la subjetividad. En esta red que constituye la precariedad participan entonces políticas, leyes, reformas, ingenios, empresas contratistas, la caña de azúcar como monocultivo, el calor, la lluvia, los buses viejos, las herramientas de trabajo, los cuerpos fuertes y resistentes. Una vez que esta precariedad se ha “instalado” en las formas de subjetividad, se ha vuelto subjetividad, se ha encarnado en el cuerpo de los trabajadores agrícolas de la caña se produce, re-produce y re-crea en su cotidianidad, que constituye un espacio de reproducción social (Heller, 1998; Villegas & González, 2011).

Conclusiones

En este artículo se describe la manera como se ha ensamblado la precariedad y el modo en que esta reproduce un cotidiano en trabajadores agrícolas de la caña de azúcar en el contexto colombiano. Desde las tres categorías de análisis propuestas se discutió simétricamente que la precariedad corresponde a un ensamblaje sociotécnico que da cuenta de efectos políticos, jurídicos, sociales, subjetivos, y económicos. Por una parte, el paisaje natural fue concebido para instalar la explotación de la caña desde el periodo colonial en Colombia, y en los 90 se consolida como monopolio, así como la industria azucarera del país. En este contexto se produce una sobreexplotación de los trabajadores agrícolas, que históricamente provienen de las prácticas del esclavismo, y en el marco del neoliberalismo se configuran como trabajadores informales, o trabajadores precarios.

Los trabajadores agrícolas sostienen una relación con la caña, la que configura en ellos identidades individuales con relación a sus ocupaciones de trabajo, y colectivas en las comunidades en donde habitan. En esta relación se han construido conocimientos y saberes sobre cómo trabajar con la caña, pero también este trabajo configura en ellos una condición precaria al hacer vulnerables e inseguros sus cuerpos por la mediación material en la que intervienen instrumentos como machetes o curvos, las condiciones climáticas que deben enfrentar y la amenaza del fin de sus trayectorias que representa los procesos de automatización y el uso de la máquina en la fase agrícola de la explotación de la caña.

Lo anterior se ensambla además con elementos jurídicos, en donde la ausencia de un contrato legal que representa un vínculo directo con las empresas del sector, y la garantía de derechos laborales y sistemas de protección, los posiciona como sujetos de la informalidad y por ende, de la precariedad. Esta condición precaria se evidencia en sus prácticas cotidianas en donde no solo enfrentan largas jornadas de trabajo, producto de los tiempos que implica la preparación y los desplazamientos hacia el lugar de trabajo, sino también, a la experiencia de la inestabilidad, inseguridad, vulnerabilidad, y en especial, los círculos de pobreza que históricamente los ha caracterizado. En este contexto, los contratos y su carga simbólica de estabilidad y derechos laborales, constituye un elemento que para los trabajadores informales podría resolver su condición precaria, la cual debe ser gestionado en el cotidiano mediante la aceptación y naturalización de trabajos precarios e informales para ellos.

En este contexto, se evidencia una centralidad del trabajo como práctica que media la condición precaria, la cual ha sido compartida históricamente, solo que con nuevos matices en el marco del neoliberalismo. Asimismo, se evidencia que las condiciones actuales para ingresar a este mercado laboral de los trabajadores precarios e informales corresponden a aquellas de sus antepasados esclavos o población sin acceso a la tierra: la fuerza y resistencia que a su vez, determinan los ingresos para gestionar la condición precaria. Como consecuencia, el vivir con ciertos ingresos precarios y tener que someterse a los regímenes previos y posteriores al trabajo, instauran una cotidianidad de lo precario en los sujetos, que es compartida en las familias y comunidades, y aunque se presentan algunas variaciones con los actores con los cuales se ensamblan, se sostiene temporalmente como condición precaria, es decir, vivir bajo la vulnerabilidad e incertidumbre (Lorey, 2016).

Como señalábamos previamente, los fenómenos psicosociales, entre ellos lo cotidiano, han sido estudiados teniendo como foco el sujeto y las relaciones entre humanos. Abordar la vida cotidiana desde las perspectivas propias de la TAR y los estudios de CTS permite girar la mirada hacia los ensamblajes de lo humano -los cuerpos- y lo no humano -los objetos- que hacen parte del transcurrir diario de las personas, en este caso, los trabajadores agrícolas de la caña. Esta mirada permite complejizar la cotidianidad incluyendo la materialidad que hace parte de la escena día a día.

De acuerdo con Heller (1998) y Villegas y González (2011), la vida cotidiana constituye un espacio de producción social y podríamos decir también, de su re-producción y re-creación. Así es que al estudiar lo cotidiano en relación con el ámbito del trabajo, en este caso el trabajo agrícola de la caña y el fenómeno de la precariedad, estamos aproximándonos a comprender que ésta última no sólo se vincula con lo laboral -contrato que media la relación de trabajo, las protecciones sociales, los derechos laborales- sino que permea también la existencia total de los sujetos, tal como lo plantea Lorey (2016).

De esta manera, incluso podríamos señalar que lo que llamaríamos vida laboral y vida cotidiana se encuentran entrelazados. La precariedad característica de las formas de trabajo en el sector agrícola de la caña se funde junto con la precariedad que históricamente ha sido característica de las condiciones materiales de existencia de las poblaciones de donde provienen y habitan los trabajadores agrícolas de la caña. La precariedad se ha ido ensamblando e “instalando” en la subjetividad, encarnándose en el cuerpo, apareciendo en escenarios laborales, familiares, comunitarios haciendo difícil una ya clásica distinción entre la vida de trabajo y el resto de las esferas de la vida.

Estudiar los fenómenos psicosociales, entre ellos la vida cotidiana, desde las aproximaciones de la TAR y los estudios de CTS exige el diseño de estrategias metodológicas que a su vez centren la mirada en los objetos y no sólo en lo discursivo como tradicionalmente se lo ha hecho. Esto podría incluir, por ejemplo, el seguimiento -desde técnicas participantes- a un objeto clave a partir del cual se han hecho ensamblajes, en este caso, la caña de azúcar, u objetos que se han ensamblado con el cuerpo para la realización de un determinado trabajo, como lo puede ser el machete para el caso del corte la caña.

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Nota

1 El neologismo "intra-acción" significa la constitución mutua de agencias involucradas (Barad, 2007).

2 Es una condición asociada principalmente con hombres y mujeres afrodescendientes, quienes, como campesinos pobres, fueron explotados en un régimen de trabajo del monopolio de la tierra. Migraban entre plantaciones con el fin de encontrar trabajos. Fueron un híbrido “campo-ciudad” y habitaron los pueblos contiguos de la carretera central del Valle del Cauca o en barrios marginales de las principales ciudades del departamento, y en las cabeceras municipales de menor población.

3 Aldeas fundadas desde el periodo colonial en lugares con difícil acceso y lejanas de los centros poblados, en donde se albergaron esclavos fugitivos de distintos orígenes africanos y se desarrollaron actividades agrícolas.

4 En algunas zonas y dependiendo el tipo de empresa, por ejemplo “Ingenio” versus “Trapiche Panelero”, el pago por corte o alce de la caña de azúcar puede variar.

5 Se denominan así aquellos cultivos que satisfacen parte de las necesidades alimenticias de una población determinada.