Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 20, No. 1 (2021)

Doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol20-Issue1-fulltext-1955
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Cancino-Pérez: Minga y voluntariado: Economía alternativa y trabajo precario en los asentamientos pro sustentabilidad en Chile



Desde mediados de la década de 1970, una versión del capitalismo, el modelo neoliberal, se ha extendido por todo el mundo prácticamente sin contrapesos. Para David Harvey, el neoliberalismo es

una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano, consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de estas prácticas […y,] en aquellas áreas en las que no existe mercado […] este debe ser creado, cuando sea necesario, mediante la acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de lo que prescriban estas tareas. (Harvey, 2007, pp. 6-7)

La impronta neoliberal, como bien afirma Harvey (2007), ha implicado reducir el papel del Estado a la creación de mercados ahí donde no los hubiere y a asegurar, por medio de la fuerza si fuere necesario, un marco institucional ad-hoc a las libertades empresariales. Ni América Latina ni Chile fueron la excepción a esta forma de globalización económica. Maristela Svampa, señala a este respecto que su expansión en América Latina estuvo marcada “por la desregulación económica, el ajuste fiscal, la política de privatizaciones […], así como por la introducción del modelo de agronegocios” (Svampa, 2010, p. 5). A juicio de esta autora, se dotó de seguridad jurídica a las grandes corporaciones, se acordaron tratados y normativas transnacionales y, se consolidó un modelo económico basado en la exportación primaria. En el caso de Chile, Tomás Moulian (2013) afirma que la instauración de este modelo por parte de la dictadura, implicó el predominio casi absoluto del mercado en la economía, mercantilizando las distintas esferas de la vida; legando, de la mano de Jaime Guzmán1, una estructura institucional que en lo central puso como ejes un liberalismo económico extremo y una democracia autoritaria.

Así las cosas, el neoliberalismo ha resultado avasallador si se considera la velocidad de su expansión y su impacto en el planeta, no es casual que bajo estas condiciones se haga difícil pensar en alternativas a él. Según sostiene E. O. Wright (2014), en la actualidad, la gran mayoría de las personas es renuente a creer en alternativas al capitalismo, este se ha transformado en el “orden natural de las cosas y el pesimismo ha reemplazado el optimismo de la voluntad” (p. 17) necesario para transformar el mundo.

Sin embargo y a pesar de su hegemonía, el neoliberalismo ha experimentado fuertes críticas a nivel global, regional y nacional, debido a sus efectos medioambientales, sus políticas de ajuste estructural y de mercantilización de las distintas esferas de la vida (Harvey, 2007, 2013; Leff, 2014; Löwy, 2011; Roitman, 2012). Lo anterior, se tradujo en un rechazo explícito que tomó la forma de movilizaciones masivas en diversos países de la región; baste recordar los sucesos, a comienzos de este siglo, de la guerra del agua en Bolivia o la caída de varios gobiernos ecuatorianos y argentinos y, en años más recientes, las movilizaciones en suelo chileno. Sus continuas crisis han puesto sobre el tapete la necesidad de encontrar modelos o prácticas económicas que le sirvan de alternativa. Ello ha permitido resaltar y atender a formas de economías alternativas que, al menos en apariencia, no se subsumen en un sentido estricto ni en la lógica de la acumulación incesante de capital (Harvey, 2007) ni en relaciones de clase, mediante las cuales un grupo humano se subordina a otro que posee la propiedad de los medios producción (Wright, 2014). Autores como Gibson-Graham (2011), Mauss (2009) o Razeto (1994), junto con intentar deconstruir la aparente omnipotencia del capitalismo, han puesto en valor otros tipos de relaciones económicas que coexisten con aquél y que, eventualmente, podrían prefigurar relaciones postcapitalistas. En tal sentido, resultan particularmente útiles para describir esta yuxtaposición de formas económicas las ideas de heterogeneidad económica de Gibson-Graham (2011) y las ideas de relaciones económicas de reciprocidad de Mauss (2009) y Razeto (1994).

En América Latina, algunas de estas relaciones económicas provienen de prácticas tradicionales de los pueblos indígenas o del campesinado o bien, de modelos cooperativos y tecnológicos de reciente creación. En no pocas ocasiones, dichas prácticas se van arraigado a ciertos territorios en función de las particulares creencias y necesidades de sus habitantes (Escobar, 2000). De este modo, atender a las prácticas económicas que se presentan en aquellos espacios permite arrojar luces sobre las tensiones e hibridaciones que se producen al intentar plasmar formas de economías alternativas en un contexto hegemonizado por el capitalismo neoliberal.

A objeto de ejemplificar y reflexionar sobre estas hibridaciones2 y, dado un contexto global donde las cuestiones vinculadas a la ecología han adquirido creciente importancia (Aliste et al., 2018; Federovisky, 2011; Leff, 2014; Robbins et al., 2014), se indagó, a través de una etnografía, en las prácticas colectivas económicas presentes en una forma específica de comunidad contemporánea: los asentamientos pro sustentabilidad (Blaitt, 2010; Dawson, 2013; De Matheus, 2013; Dias et al., 2017; Ergas, 2010; Escribano et al., 2017; Flores-Lucero, 2013; Lombardozzi, 2017; Meijering, 2012; Metcalf, 2012; Miller & Bentley, 2012; Pereira, 2013; Pereira & Bernete, 2017; Salamanca & Silva, 2015; Wagner, 2012). Se entendió por prácticas colectivas económicas a aquellas acciones reiteradas en el tiempo que satisfacían algún tipo de necesidad por medio de la interrelación de distintos actores y que, conjuntamente, se repetían en dos o más de los asentamientos indagados (Reckwitz, 2002; Schatzki, 2001). Asimismo, se comprendió por ApS a aquellos territorios, tales como ecoaldeas o comunidades ecológicas, en los cuales sus habitantes buscan llevar a cabo una forma de vida que disminuya el impacto nocivo en el medioambiente, a la vez que buscan aumentar su impacto positivo en ellos (Cancino-Pérez, 2018).

Como es de suponer, las prácticas colectivas económicas presentes en los ApS resultaron numerosas, dentro de ellas está la venta de productos o servicios ligados a la agroecología, la construcción, las medicinas complementarias o el arte y también, otras formas económicas que no necesariamente implicaron la utilización de dinero, a saber: trueque, minga y voluntariado. Son estas últimas prácticas, la minga y el voluntariado, las que servirán al propósito de este texto, esto es, describir y reflexionar sobre las tensiones e hibridaciones que se producen en la búsqueda por concretar formas de economías alternativas en un contexto de capitalismo neoliberal. Estas prácticas, permitirán ilustrar dos polos o extremos dentro de las cuales se presentan las relaciones económicas.

Una de ellas, la minga, permitirá evidenciar el polo de mayor reciprocidad entre los habitantes de los ApS. En consecuencia, será utilizada como un ejemplo de don, noción acuñada por Marcel Mauss (2009) para describir una forma prototípica de intercambio de las sociedades precapitalistas que, en ausencia de dinero o contratos, tiende a mantener en circulación prestaciones y contraprestaciones recíprocas generando con ello ciertas obligaciones o compromisos que subsisten más allá del trato específico.

Por su parte, el voluntariado3, será utilizado para evidenciar relaciones que pueden resultar asimétricas y abusivas; alcanzando eventualmente la forma de trabajo precario, es decir, un tipo de trabajo sin sujeción a contratos, previsión o a algún tipo de regulación legal (Hardt & Negri, 2002).

En lo que viene, el texto contendrá la siguiente estructura: el apartado metodológico se referirá al carácter territorial y etnográfico de este estudio; posteriormente, en los resultados, se profundizará en el funcionamiento de la minga y el voluntariado; finalmente, en las discusiones y conclusiones, se debatirá sobre los hallazgos, las tensiones e hibridaciones que representan las prácticas analizadas.

Método

Diseño de la Investigación

Para realizar esta investigación, se optó por un enfoque cualitativo y el uso de técnicas etnográficas, preferentemente, la observación participante y entrevistas semi estructuradas. La etnografía permitió la inmersión en la vida cotidiana de los asentamientos y facilitó la identificación de las prácticas colectivas económicas y las significaciones atribuidas a estas por sus habitantes. Esto último, con el propósito de aproximarse a su comprensión dentro del propio marco de referencia de los sujetos (Albertín & Íñiguez, 2010; Geertz, 2006; Guber, 2011).

A partir de visitas exploratorias a ocho asentamientos en Chile con una duración aproximada de dos semanas cada una y a un catastro efectuado a fines del año 2014, en el que se contabilizaron 43 ApS en dicho país (Cancino-Pérez, 2018), se optó por seleccionar para la última etapa del trabajo de campo, tres asentamientos que combinaran en diferentes grados y formas cuatro criterios, estos fueron: zona bioclimática, cantidad de habitantes, antigüedad y tipo de propiedad. Así, se buscó que estos ApS se encontraran en dos o más zonas bioclimáticas; que al menos uno de ellos tuviera menos de 30 habitantes mientras que otro tuviera más de 100 habitantes; que uno contará con menos de 10 años de existencia, mientras que otro contara con más de 20 años y; por último, que en dos de ellos sus habitantes tuvieran diferentes relaciones de propiedad sobre el territorio en el que se emplazaban. La Tabla 1, expresa la relación entre el cumplimiento de estos criterios y los asentamientos seleccionados para ello.

Una vez que los asentamientos fueron seleccionados, se procedió a tomar contacto con alguno de sus habitantes para solicitar la autorización y condiciones que hicieran posible el acceso al campo. Este acceso fue permitido en todos los casos en el doble rol de voluntario e investigador y se llevó a cabo durante un promedio de 31 días por cada sentamiento. En el transcurso de este tiempo se produjeron tres cuadernos de campo (codificados como C1-pág., C2-pág. y C3-pág.), se identificó un conjunto de prácticas colectivas y se efectuaron 16 entrevistas semi estructuradas a igual número de habitantes de los tres asentamientos indagados (codificadas como nombre-parte de entrevista-tiempo).

Participantes

Las edades de los 16 entrevistados oscilaron entre los 20 y los 57 años, con un promedio de edad de 37 años; siete de los cuales fueron mujeres y nueve hombres, de ellos seis habitaban la ecoaldea Pailimay, cinco de Blowing y cinco de Piuke Ko. Los criterios de selección de las y los entrevistados implicaron que fueran mayores de edad, habitaran uno de los tres asentamientos a objeto de que estuvieran familiarizados con los temas a indagar y que expresaran su acuerdo explícito en participar de la investigación.

Consideraciones éticas

De forma previa al trabajo de campo, se tomó contacto con habitantes de cada asentamiento para informarles sobre los contenidos, objetivos y utilización de la información recabada en la investigación. Posteriormente, se entregó el consentimiento informado para que en base a su lectura los habitantes pudieran efectuar las consultas que estimaran pertinentes. Una vez respondidas las consultas, se les pidió firmar dicho documento.

Debido a que los entrevistados son en su totalidad mayores de edad, el hecho de que en todos los asentamientos visitados se efectúan actividades de orden público y que, las disciplinas sociales afrontan de diferente modo la cuestión de anonimato y la autoría sobre la información entregada; se procedió a consultar explícitamente y por escrito a los entrevistados si deseaban mantener las entrevistas bajo anonimato o bien, aparecer con sus nombres propios. Frente a ello, 15 personas optaron por esta última opción y una por el anonimato.

Se omitió el nombre de personas de las cuales no se contaba con su autorización de modo formal y por escrito, aunque hubiesen sido protagonistas de algunos hechos o fueran nombradas durante las entrevistas, a menos que se tratara de personajes públicos y en relación a hechos públicos o históricos. Adicionalmente, tres personas no incluidas en las entrevistas, brindaron su consentimiento para participar de la investigación bajo sus nombres propios o seudónimos. Asimismo, se explicitó de modo verbal y por escrito, el resguardo a los derechos de las y los entrevistados y su libertad para abandonar las entrevistas y la investigación en el momento que así lo desearan. En este sentido, se tomó la precaución de no vulnerar derechos, prácticas, ni tradiciones de los asentados; ni tampoco, exponerlos a algún tipo sanción legal.

La observación participante tuvo en todo momento un carácter abierto, es decir, se comunicó en diferentes circunstancias y a diferentes sujetos tanto los propósitos de la investigación, así como el rol de investigador.

Adicionalmente, el diseño de la investigación fue aprobado por una comisión conformada por cinco académicos, cuatro de ellos pertenecientes al claustro del doctorado en ciencias sociales de la Universidad de Chile y un académico externo. En cuanto a la devolución de la información a los participantes, se explicitó la disposición del investigador para compartir los materiales publicados y para participar, durante el trabajo de campo y de forma posterior a él, de exposiciones, conversatorios u otras modalidades de diálogo sobre los hallazgos y los diversos temas abordados por la investigación.

Tabla 1

Criterios y ApS seleccionados para trabajo de campo

Asentamientos Zona bioclimática Nº de habitantes Antigüedad Propiedad
Pailimay Pre cordillera 13 6 años Propietarios
Blowing in the wind Costa 240 aprox. 22 años Propietarios y arrendatarios
Piuke Ko Costa 5 6 años Ocupación y comodato

[i] Fuente: Cancino-Pérez (2018).

Instrumentos

Los instrumentos utilizados durante el proceso de observación participante, fueron: una pauta de observación, cuadernos de campo y dispositivos para captar imágenes y vídeos. En el caso de las entrevistas, se utilizó un guion semiestructurado basado en el análisis de los apuntes etnográficos y dos dispositivos de grabación por cada entrevista.

Plan de análisis

Tanto la observación participante como los criterios que se establecieron para distinguir las prácticas colectivas económicas, procuraron dotar de un énfasis inductivo a la investigación, es decir, se privilegió que las prácticas detectadas surgieran del proceso investigativo y que no estuvieran determinadas con antelación. Esto, produce importantes efectos a la hora de analizar los hallazgos. Así por ejemplo, hablar desde una categoría abstracta e ideal de voluntariado implica atribuirle de antemano, aspectos tales como el intercambio no monetario y a partir de ello, buscar las coincidencias que se den en el campo; por el contrario, hablar del voluntariado desde el punto de vista de los actores, implica para este caso, que dicha práctica podrá transitar por momentos con y sin intercambio de dinero o con reciprocidad y sin ella, momentos que pueden distar por mucho de las categorías abstractas4.

El análisis de la información para identificar las prácticas colectivas fue simultáneo al trabajo de campo, cuestión común en el empleo del método etnográfico, tal como lo sugieren Hammersley y Atkinson (1994). Debido al carácter descriptivo, en particular de este momento de la investigación, se optó por transcribir la información recolectada por medio de una monografía de historia natural, entendiendo por tal “una exposición etnográfica que explicita una secuencia selectiva de los hechos más significativos” (Ameigeiras, 2006, p.144). En otras palabras, las prácticas colectivas fueron objetivadas como texto, para que posteriormente y en conjunto con los restantes momentos metodológicos, se produjera una descripción densa, noción empleada por Clifford Geertz (2006), para referirse a la actividad por medio de la cual la descripción de las actividades pasa a ser inteligible según el contexto y los sentidos otorgados por los agentes.

Por su parte, las entrevistas, fueron grabadas, transcritas y clasificadas para producir conglomerados en referencia a cada práctica. El análisis que se aplicó a estos conglomerados fue de tipo hermenéutico, por cuanto permite indagar las significaciones -entendidas como todo aquello que remite a otro término (Castoriadis, 2007)- y las estructuras de sentido que van conformando en conjunto. Este análisis, considera como unidad mínima la frase, oración o el párrafo. Es recursivo, en tanto va desde la unidad mínima de análisis y su integración en unidades más amplias a la totalidad de la entrevista y al contexto referido en esta (Cárcamo, 2005; Toledo, 2012). Como se señaló, las prácticas económicas seleccionadas para su exposición en los resultados son, la minga y el voluntariado.

Resultados

La Minga

La práctica de la minga, consiste en la prestación de apoyo en alguna obra o faena y la retribución no monetaria de este, de tal modo que la parte que recibe el apoyo en la realización de una tarea lo devuelve durante la misma jornada, con alimentación o enseñanza de alguna técnica y/o, posteriormente, prestando colaboración a quien se la brindó.

La primera situación que dio indicios de que la minga era una práctica habitual en los ApS, fue el hecho de que se nos solicitó a un grupo de voluntarios que nos encontrábamos en uno de los asentamientos indagados, colaborar con las tareas de un terreno aledaño, según consta en las notas de campo:

‘Después de desayunar […], nos reunimos cerca de la cocina para colaborar con un vecino a quien casualmente conocí la noche en que llegué […]. Nos movilizamos hasta su casa, ubicada a unos 400 metros hacia la costa. Durante el camino, [el encargado del voluntariado], me contó que íbamos a colaborar como una forma de retribuir la ayuda prestada con unos árboles y que para él era muy importante ayudarse con los vecinos sin necesidad de dinero, por altruismo [posteriormente supe que se trataba de unas palmeras de varios metros, que el vecino había ayudado a trasladar y a plantar]. Al llegar, nos enteramos que en aquel espacio se gestiona un proyecto que sirve de escuela de escalada de árboles y slackline, esto es, equilibrismo sobre cuerdas o cintas. Estuvimos esperando al vecino por alrededor de 30 minutos, hasta que finalmente apareció, nos llevó a recorrer el bosque y señaló la tarea para la cual nos había convocado. Esta consistía en abrir y despejar caminos por el bosque y limpiar el sector donde se realizarían unas clases para niños. Luego de trabajar por unas tres horas, el vecino, hizo las instalaciones necesarias para hacer equilibrismo y comenzó a dictar un taller en el que casi todos los presentes participaron’ (C2, p. 3)

En otra oportunidad, durante la misma estadía, participé en la producción de un tipo de abono orgánico denominado Bocashi, actividad a la que asistieron alrededor de diez personas de, al menos dos ApS que se congregaron para su preparación durante varios días, en diferentes horarios, por un plazo aproximado de dos semanas. En otra ocasión, al regresar a aquel asentamiento, los voluntarios comentaron que mientras estuve ausente, apoyaron la reconstrucción de una casa que se había quemado meses antes. Así, la minga fue emergiendo como una práctica más común de lo que había imaginado en un comienzo. Atender a ella permitió diferenciar dos modalidades. La primera, toma la forma de una actitud cotidiana internalizada en los habitantes de los ApS al punto que cualquier visita puede derivar en ella:

‘La presencia de la minga ¿es frecuente? Sí, sí, o sea, […] como tú has podido ver, estamos trabajando prácticamente todo el día casi todos los días, y muchas veces llegan vecinos, o sea no es como que todo el rato se esté haciendo mingas enormes, pero ya es como una minga cotidiana de, de la minga interior, por así decirlo, la minga que llevai en tu sangre, tú vai donde el vecino y aunque tú ibas a echar la talla, el loco está picando leña, tú le ayudaste a picar leña, ¿cachai? […]. Está metida en las venas la minga, entonces acá viene un vecino mío y altiro así, no le tengo que pedir ayuda, y yo estoy clavando un palo, y él altiro se pone a afirmar el palo mientras yo lo estoy clavando, una cosa que se da…’ (Horacio-1-43:58)

La segunda modalidad, implica su uso ocasional e intensivo, puede tratarse de un momento de edificación, de siembra, cosecha o bien, como en este caso, de un desastre socioambiental,

‘[¿Y qué tan frecuente es? Dependiendo de las necesidades. Ahora como hubo un incendio, están todos trabajando, por eso cuando fue el tema del incendio, todos hicimos mingas, más de 3, 4 meses construyendo, nosotros dejamos un poco este lugar de lado y nos fuimos a trabajar con ellos para allá, por eso se llama minga’ (Iván-1-25:30)

A través de ambas modalidades de minga se vislumbra como telón de fondo el apoyo mutuo, que como bien sostiene Javier León (2012), es usual en este tipo de asentamientos. Este apoyo, es descrito como una ley o norma entre sus vecinos y amigos. A modo de ejemplo, un día, mientras realizaba unas entrevistas, me encontré con uno de los informantes en el patio de su casa quien me pidió ayuda para cortar y apilar leña. Mientras estábamos en ello, comentó que de repente llegaba gente a vivir a estas comunidades que no entendía muy bien de lo que se trataba. Puso por caso a un nuevo vecino que le había solicitado ayuda para talar unos árboles y que cuando él a su vez le había pedido a este un favor, nunca se había mostrado dispuesto. El informante expresó, de modo coloquial, como el nuevo vecino había quedado fuera de las redes de favores recíprocos. Así, la minga y el apoyo mutuo, además de constituir formas de sostén económico de los asentamientos; comprenden, como afirma Mauss a propósito del don, la consecución de tres actos que se tornan obligatorios: dar, recibir y devolver. El que rompe esta cadena de actos recibe una sanción social, tal como lo expresó el informante; por el contario, quien alimenta la circulación del don, fortalece la vinculación comunitaria y puede contar, cuando lo requiera, con el apoyo del resto de los habitantes del asentamiento o de otros asentamientos que funcionen bajo las mismas lógicas:

‘Sí, lógico, hay cosas que no podís hacer tú solo, yo cuando construí tuve que mover los palos más grandes, los cabros me ayudaron. Eso es ley, es que eso es ley, prestarte luz, como ese tipo de cosas, no podís negar eso, ¿cachai?, es básico’ (Gonzalo-2-17:00)

Lo anterior se debe a que el regalo o “la cosa recibida no es algo inerte” (Mauss, 2009, p.88), sino que se inviste de un tipo de ética basada en la reciprocidad y quizás también, de una memoria colectiva que recuerda los difíciles momentos del comienzo:

‘Se siente ese compañerismo, y todos ya saben lo difícil que es, […] de lo duro que es mantener una ecoaldea, de lo duro que es llegar y establecerse, y limpiar todo cuando no hay nada, cuando no hay ni un baño, y tenís que ir con una pala, no sé, y dormir en carpa, y cuando sopla el viento y, si te sentís así en medio de la naturaleza, casi desamparados, y todos hemos vivido eso’ (Rodrigo-1-14:00)

Así, la minga cumple una serie de funciones, entre otras: fortalece el tejido social y el sentimiento de comunidad, produce intercambios de conocimientos y otorga acceso gratuito o a bajo costo a recursos que de otro modo resultarían onerosos o directamente inaccesibles.

El voluntariado

El caso del voluntariado, permite ilustrar como el trabajo precario se entrelaza con el imaginario propugnado por los ApS. Esta práctica se expresa a través de dos modalidades, la primera de ellas es cercana a la minga y consiste convocar a un familiar o a una amistad sobre la base de un trato informal para la realización de una tarea; en cambio, en la segunda modalidad, se convoca a personas sin un vínculo previo, la mayor parte de las veces esta convocatoria y su posterior acuerdo, están mediados por tratos específicos sobre los roles y las prestaciones que le corresponderán a cada parte. Por lo mismo, esta modalidad resulta más problemática y es en la cual se profundizará.

Las personas que postulan a voluntarios toman contacto para cumplir explícitamente este rol. El acuerdo por el cual acceden a los asentamientos contempla por su parte trabajar alrededor de seis horas diarias, con un rango que va entre cinco a diez horas y, en ocasiones, el pago de dinero y la donación de alimentos. Por parte de los convocantes, el acuerdo implica por lo general la enseñanza de algún tema o técnica y/o otorgar alimentos y alojamiento a los voluntarios.

No fue hasta finalizar la primera visita al primer asentamiento indagado, que el voluntariado comenzó a emerger como una práctica a observar. Esto ocurrió durante una conversación en la que se aludió, a propósito de otro tema, que un voluntario debía ser trabajador, donde me pareció que debía estar atento a si se configuraba esta práctica según los parámetros fijados. Posteriormente, y durante un Encuentro de EcoChile realizado en la Patagonia, tres hechos brindaron la oportunidad de considerar al voluntariado como una práctica. El primero de ellos, ocurrió durante el almuerzo del primer día,

‘Me senté en una mesa […junto a otro voluntario…]. Me contó que él estuvo voluntariando antes [en otro lugar…] y que lo habían tratado muy bien, señaló que hay otros lugares […], donde las personas además de trabajar debían pagar para que los aceptaran. Exclamó a viva voz que eso a él le parecía un abuso. Recordé en esos instantes que el tema de los voluntarios era una pista para comprender a los asentamientos en términos de jerarquías, mano de obra, entre otras cuestiones’ (C1, p. 19)

Luego, y mientras conversaba con un habitante de otro asentamiento, llegó un tercer sujeto que le preguntó a mi interlocutor sobre cómo iban las cosas en su casa y si habían podido avanzar en las construcciones, a lo que el aludido responde: “no mucho, porque llegaron pocos voluntarios” (C1, p. 20). Durante los siguientes días el tema del voluntariado se tocó una y otra vez en diferentes ámbitos, por lo que se decidió abrir un conversatorio al respecto. Este se celebró durante los últimos días del Encuentro, concurriendo casi la totalidad de los presentes. Ahí se debatió sobre los requisitos para aceptarlos, las características que permitían distinguir a un buen o un mal voluntario, abrir un registro para comunicar a otros asentamientos sobre aquellos voluntarios poco idóneos, la claridad del trato con el cual se los recibe, la conveniencia de adquirir un seguro de salud ante posibles accidentes, el uso y la calidad de los espacios en que se les acoge, entre otras muchas aristas de esta práctica. Desde aquel momento, fue posible advertir su presencia en todos los asentamientos, aunque con intensidades variables.

De este modo, se encontró que en el primer asentamiento visitado, se hacía uso frecuente de él, a tal punto, que hubo dos o más voluntarios en prácticamente la totalidad del tiempo en que estuve allí; en el siguiente asentamiento visitado, a excepción de las primeras semanas, no se detectó mayor presencia de voluntarios, lo que se debía, según comentaron sus habitantes, a que en el pasado esta práctica había sido más intensiva, pero que en la actualidad, se la reservaba para momentos de construcción puntual; en el caso del tercer asentamiento y durante el tiempo que pasé ahí, me topé unas cuatro veces con voluntarios que eran amigos o vecinos de los asentados y que apoyaron tareas puntuales durante unas pocas horas; el hecho de no haber voluntarios más permanentes, según explicaron, se debía a que nos encontrábamos en los meses de invierno y a que habían optado por ser más estrictos en su recepción, abriendo las convocatorias para acciones específicas durante el año.

Es probable que esta práctica constituya una de las principales fuentes de provisión de recursos económicos de los ApS, debido a que los entrevistados estimaban que entre un 25% a un 70% de lo edificado en cada lugar ha sido elaborado por mano de obra voluntaria. Asimismo, cabe hacer notar que la mayor parte de los habitantes de los asentamientos no solo recibe voluntarios, sino que también lo han sido o fungen en la actualidad como voluntarios de algún proyecto, con lo cual aumenta la frecuencia de esta práctica y la diversidad de actores que la desarrollan.

Lo problemático de la segunda modalidad de voluntariado tiene que ver con que, al no estar regulado legalmente, el trato es libremente pactado entre las partes, cuestión que puede redundar en la expresión de distintas formas de asimetría en las relaciones económicas. En mi experiencia como voluntario, fue posible observar una gran variedad de formas que adquiría esta modalidad en particular. Así, por ejemplo, el primer voluntariado se extendió por casi dos semanas, con aproximadamente 6 horas diarias dedicadas a estas labores; la contraparte a su vez brindó alimentación, hospedaje, capacitación en técnicas de bioconstrucción5 y participaron de alrededor de cinco horas de entrevistas. Cuando regresé al asentamiento para voluntariar con otras familias, la familia que me hospedó la primera vez, volvió a hacerlo, invitándome a comer regularmente con ellos, a cambio me pidieron un par de veces ayuda en tareas puntuales y dejaron a mi criterio la contribución con aportes en alimentos o dinero para el sustento común. Con otra de las familias, compartí cerca de una semana, las jornadas de trabajo no superaron las 5 horas, tanto ellos como yo, contribuimos con alimentos y la preparación de estos, y al igual que la familia anterior, participaron de las entrevistas. Con la tercera familia, participé en cerca de cuatro jornadas de trabajo, los mismos días fui invitado a almorzar o a cenar con ellos. En este caso, concretar una de las entrevistas fue algo tenso por algunos días. Tuve la sensación que ello se debía a que la entrevista en sí era percibida como una prestación por la cual debía trabajar por algunas jornadas adicionales.

En el siguiente asentamiento y durante las primeras tres semanas, el ritmo de trabajo oscilaba entre 6 y 10 horas diarias, la mayor parte de los alimentos eran preparados y conseguidos por los voluntarios, tarea que se realizaba a través de la recolección de verduras desechadas o donadas en una feria libre de la ciudad de Viña del Mar. Parte de lo recolectado se utilizaba una vez a la semana para hacer pizzas que eran vendidas a vecinos, con el dinero recaudado se adquirían algunos de los insumos y alimentos que no se conseguían vía recolección. En estas primeras semanas la contraparte brindaba básicamente el alojamiento. Este trato varió sustancialmente las siguientes semanas, salvo ayudas puntuales que se me pidió para labores de construcción o mantenimiento, la donación de alimentos o de dinero quedó a mi criterio al igual que el tiempo dedicado a trabajar en el lugar. No obstante, me fue facilitado el espacio para alojar, preparar mis propios alimentos y dedicarme a la investigación.

En el tercer asentamiento, el trato hacia los voluntarios era similar al que tenían los habitantes entre ellos. Se cobraba una cuota semanal para la compra de alimentos y de agua potable y se pedía trabajar en las tareas colectivas, las que consistían en corte de leña, orden del lugar, preparación de alimentos, recolección de materiales o mano de obra en labores de bioconstrucción. Las jornadas de trabajo para los voluntarios eran de alrededor de 6 horas, dentro de las cuales había capacitación y actividades de mayor y menor esfuerzo físico. Esto era intencionalmente buscado por los habitantes de aquel asentamiento, ya que consideraban que las personas que iban a brindar labores de voluntariado no tenían la preparación física para realizar actividades que requirieran gran esfuerzo durante varias horas o jornadas.

Como es posible apreciar, las formas que adquieren los tratos por los cuales los voluntarios prestan sus servicios son muy variadas y abren la puerta a eventuales abusos, lo que puede incluir jornadas extenuantes, escasa alimentación, falta de retribución o ausencia de seguros ante accidentes. Todas ellas, condiciones que el mercado formal del trabajo capitalista regula o morigera. Es decir, el trabajo voluntario en los ApS, puede conllevar una pérdida de derechos para el trabajador con respecto al trabajo asalariado regular. Esto, es algo comentado en conversaciones informales tanto con los habitantes de los ApS como con voluntarios. Así, por ejemplo, un participante del Encuentro de EcoChile, que sirvió en diferentes lugares de voluntario, señaló, durante la reunión organizada para tratar este tema, que “el voluntario puede ser el esclavo del siglo XXI” (C1, p. 24); posteriormente, un habitante de una ecoaldea, quien también cumplió el rol de voluntario, afirmó durante una conversación informal donde se comentaron los resultados de esta investigación que muchas veces “el voluntario se ocupa como mano de obra barata”.

De este modo, no era extraño escuchar relatos de personas a las que se les ofreció la enseñanza de alguna técnica, sin embargo, su experiencia había consistido solo en servir de mano de obra, que la alimentación fuera conseguida por los propios voluntarios o que constara de una comida al día o, casos de accidentes, en que estos no habían recibido apoyo por parte de sus anfitriones. En tal sentido, cabe hacer notar, que un voluntario puede irse al poco tiempo de un lugar en el que no se cumplen las condiciones acordadas, pero un receptor de estos, puede incumplir las condiciones sucesivamente con muchos voluntarios y transformar esta práctica en un modo de captación de recursos.

Esto se vuelve más evidente en el caso de empresas de turismo o de producción agroecológica que utilizan el voluntariado y lo convocan a través de plataformas digitales, como wooffing. El fruto de tal trabajo se transforma, una vez vendido, en nuevo capital. Algo similar, pero a pequeña escala, ocurre en algunos ApS catastrados, cuando los voluntarios sirven de tales en talleres que se ofertan y por los cuales se cobra6. Desde luego, no se está diciendo que esta práctica se identifique con una definición formal e ideal de capitalismo, sino que puede, en ciertas manifestaciones, adquirir algunos de sus rasgos o transformarse en un tipo de trabajo precario que no alcanza los estándares del capitalismo formal.

No obstante lo anterior, en la mayor parte de los tratos que presencié, los habitantes tendían a preocuparse de que la labor realizada por los voluntarios se compensara de distintas maneras, ya fuese con alimentación abundante y/o con la entrega de conocimientos relativos a las prácticas que se desarrollan en los ApS.

Existen dos contraprestaciones buscadas de modo preferente por los voluntarios, una de ellas es el alojamiento, que facilita recorrer países o zonas específicas a bajo costo y que permite conocer la cotidianidad de los lugares visitados. La otra contraprestación, son precisamente, los conocimientos adquiridos al trabajar en los ApS. En este sentido, existían voluntarios que trabajaban como tales como parte de sus prácticas profesionales; otros en cambio, buscaban perfeccionar alguna técnica o adquirir conocimientos específicos que les permitieran desarrollar sus propios proyectos7. De esto modo, fue relativamente común que los mismos habitantes de los ApS hubieran participado en el pasado como voluntarios en algún proyecto similar, medio por el cual, tomaron contacto con esta forma de vida:

‘[¿Y tú, has sido voluntaria? Sí, bueno yo partí [de] voluntaria acá, la primera vez que vine, vine a voluntariar, a hacer los baños, […], voluntarié mucho haciendo comida, pan pa’ todos, pa’ 100 personas y a otros lugares igual he ido, pero no he hecho tanto recorrido por proyecto. He ido donde los chiquillos de Tierra de Domos, eeem, bueno, cuando vas también a los encuentros de ecoaldeas ahí siempre se hace voluntariado de alguna manera, ofrecís una clase, ofrecís cocinar, todo eso también es voluntariado’ (Mariel-2-15:13)

Así, el voluntariado permite extender la red de asentamientos y fortalecer los vínculos entre ellos. Lo último, se manifiesta particularmente en los casos de voluntarios que llevan tiempo ejerciendo esta función en diferentes lugares y trasladan información y conocimientos entre ellos.

Es difícil proyectar si el voluntariado podrá sostenerse con el tiempo, el hecho de que los asentamientos con infraestructuras más desarrolladas hayan tendido a dejar de utilizarlo, sugiere que es una práctica usada con mayor frecuencia en el período de instalación. Por otra parte, se observa que mientras los habitantes de los ApS han regulado progresivamente el ingreso de voluntarios, estos no han disminuido, sino que, por el contrario, el voluntariado se ha transformado en una modalidad de viaje y educación no formal cada vez más solicitada, lo que parece corroborarse, no solo con las observaciones realizadas en el trabajo de campo, sino que también, con el surgimiento de plataformas digitales como couchsurfing y wooffing que facilitan el contacto entre viajeros o voluntarios y lugares de acogida, entre ellos, algunos ApS.

Discusión y conclusiones

Las prácticas de la minga y el voluntariado ponen en evidencia dos figuras entre las cuales se mueve la heterogeneidad económica de los ApS. La minga, revela un tipo de relación económica precapitalista y una ética de la reciprocidad basada en la consecución de tres actos: dar, recibir y devolver, por medio de la cual, los habitantes de los asentamientos promueven la cooperación, el intercambio de conocimientos y el fortalecimiento comunitario (León, 2012; Mauss, 2009; Razeto, 1994). Ella recuerda a las descripciones del lonco Pascual Coña (2006), a comienzos del siglo XX, sobre los mingacos mapuche para la cosecha y trilla del trigo o para la construcción de rucas.

Por su parte, el voluntariado, eventualmente puede tomar la forma de trabajos desregulados, que no alcanzan a cumplir con los estándares mínimos de la empleabilidad formal ofrecidos por el capitalismo y que al dejar al arbitrio de las partes el trato por el cual se entrega la fuerza de trabajo, es la parte trabajadora de la relación la queda a expensas de ser mayormente afectada ante cualquier imprevisto. De este modo, las relaciones de reciprocidad coexisten y se entreveran con aquellas más propias del trabajo precario, aunque no quedan subsumidas en él. Ambos polos prefiguran mundos futuros y muestran que aquellos lugares aparentemente alternativos, junto con sus aspectos generativos, entrañan también efectos no deseados y quizás por ello, invisibilizados.

En consecuencia, caracterizar a estos lugares por el apoyo mutuo (León, 2012), no da una idea cabal de lo que sucede, pues, aunque esta forma de colaboración está presente, también lo están formas de provisión de recursos menos altruistas o más instrumentales. Ahora bien, si el riesgo de esta deriva existe, ¿por qué solo se presentó tangencialmente durante el trabajo de campo y las conversaciones informales con al menos una decena de voluntarios?

Al respecto, es plausible sostener dos hipótesis. La primera, indica que la presencia de la ética de la reciprocidad sobrepasa la práctica de la minga y está internalizada en la mayor parte de los habitantes de los ApS como forma de relación y de memoria colectiva. La segunda hipótesis, plantea que los voluntarios tienden a percibir la situación como equilibrada entre las partes, cuando reciben lo comprometido o cuando se les pide cumplir condiciones similares a las que cumplen los habitantes del lugar, de este modo, si se les pide dinero y trabajo equivalente al dinero y trabajo invertido por los convocantes, perciben la situación como justa; similar cosa ocurre con los excedentes del vínculo, los convocantes quedan con la infraestructura o alimentos producidos mientras que los voluntarios adquieren nuevas experiencias o conocimientos que podrán aplicar en sus propios proyectos. Si alguna de las contraprestaciones es percibida como deficiente, las recomendaciones de los voluntarios se difundirán a través de las personas conocidas en sus viajes o por las redes digitales, y a los convocantes les será más difícil encontrar a nuevos voluntarios.

Tanto la minga como el voluntariado, permiten atraer recursos a estos asentamientos y plantean las tensiones e imbricaciones que se dan en ellos entre sus modos de provisión de recursos y la forma de vida que propugnan. Así, las distintas formas de financiamiento que tiene los ApS permiten ilustrar la difícil concreción de los horizontes alternativos en un contexto de capitalismo neoliberal. El anhelo por construir el mundo deseado se ve entremezclado con el mundo en cual se está inserto. Como consecuencia, aparecen formas híbridas, que contienen algo de cada cual, sin que ninguna prevalezca por sí sola.

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Nota

2 Jaime Guzmán (1946-1991), fue un político, abogado y uno de los principales ideólogos de la institucionalidad diseñada por la dictadura cívico militar que gobernó Chile entre los años 1973 y 1990.

3 En un sentido parcialmente similar Huiliñir-Curío y Zunino (2017) desarrollan la idea de lugares híbridos para caracterizar “una multiplicidad de entendimientos que se expresan de forma simultánea” (p. 142).

4 El voluntariado, desde el punto de vista de los actores, no es lo mismo que el trueque. Este último, consiste en el intercambio de bienes o servicios entre dos o más partes sin mediación de dinero y habitualmente, es acordado en el acto. En el voluntariado puede haber pago de dinero y, generalmente, existe un mecanismo de postulación y selección de voluntarios.

5 Algo similar sucede con las descripciones operacionales de relaciones de donación, cooperación, comensalidad o incluso de intercambio (Razeto, 1994), ya que, en las prácticas identificadas, estas relaciones tienden a presentarse de manera conjunta y su utilización llevaría a fragmentar lo que los actores perciben como prácticas unitarias.

6 Técnica de construcción que privilegia los materiales locales y no industriales.

7 Otras formas habituales de provisión de recursos monetarios, contemplan la venta de servicios ecoturísticos, de mano de obra para bioconstrucción o de experiencias espirituales (Salamanca & Silva, 2015).

8 Sería errado reducir el rol de voluntario al de aprendiz, puesto que en ciertas ocasiones eran estos últimos quienes poseían las conocimientos técnicos y profesionales para determinadas labores. En estos casos, eran los anfitriones quienes fungían como aprendices.

Financiamiento

9 Financial disclosure Universidad Autónoma de Chile, Talca, Chile.