Resumen

Este estudio cualitativo exploratorio de orientación crítica y socio construccionista analiza las tensiones entre implementación de programas sociales y la subjetividad de quienes son intervenidos. Se busca aportar a comprender desde las personas intervenidas, por qué después implementar numerosas políticas sociales en las comunas persisten problemas sociales como la pobreza, la desigualdad y el desempleo. El trabajo fue realizado en la comuna de Lota-Chile con 15 dirigentes vecinales con años de experiencia en estos cargos. Como técnica de recogida de información se usó el relato de vida y para el análisis de datos se utilizó el análisis de contenido con malla temática donde se codificó la construcción de relaciones entre sujetos, comunidad y Estado. La discusión muestra la necesidad de comprender la intervención considerando una coyuntura pertinente con las organizaciones comunitarias y una perspectiva multidimensional de problemas que promuevan y destaquen recursos que poseen los propios grupos sociales intervenidos.

Palabras Clave

Lota (Chile), políticas públicas, subjetividades

Public policies and subjectivities: Logics in dispute in social programs implementation in the commune of Lota, Chile

Abstract

This critical and socio constructionist qualitative exploratory study aims to analyze tensions between the implementation of social programs and the subjectivity of those who are intervened. It seeks to contribute to understanding why, after implementation of several social policies in the communes, social problems such as poverty, inequality and unemployment persist. The work was developed out in the commune of Lota, Chile, with 15 local leaders with years of experience in these positions. Life story was used as data collection technique, and data analysis for content analysis with thematic mesh, to coding the construction of relations between subjects, community and State. The discussion shows the need to understand the intervention considering a relevant conjuncture with community organizations and a multidimensional perspective of problems that promote and highlight resources owned by the intervened social groups.

Keywords

Lota (Chile), public policies, subjectivities

Recibido

2 junio 2016

Aceptado

Cómo citar este artículo:

Astete Cereceda, M. y Vaccari Fernández, P (2017). Políticas públicas y subjetividades: Lógicas en disputa en la implementación de programas sociales en la comuna de Lota, Chile. Psicoperspectivas, 16(1), 31-41. Recuperado el 01 de Abril de 2017 desde http://www.psicoperspectivas.cl

* Autor para correspondencia:

Pamela Vaccari Fernández. Universidad de Concepción, Concepción, Chile. Correo de contacto: pamelavaccari@udec.cl

En tiempos donde el marketing trasciende toda producción social, el concepto turístico de Lota Sorprendente surge como medida para el rescate patrimonial y probablemente como uno de los resquicios que permiten documentar su devenir socio histórico y cultural. Lota es una comuna 550 km al sur de Santiago de Chile que sorprende por varios motivos, entre ellos, por su historia como polo de desarrollo económico del país entre los siglos XIX y XX mediante la explotación de la minería del carbón y posteriormente por su declive debido al cierre de las minas en 1997 y la crisis que ello significó para sus habitantes. Sorprende también su índice de desempleo de 10,8%, uno de los más altos del país y los diversos problemas sociales que ello acarrea (INE, 2016).

Si bien Lota se ha caracterizado por sus índices de pobreza y marginalidad, se la reconoce como una comunidad que lucha por justicia social, equidad y bienestar. Así lo retratan Aguayo (2007); Rodríguez y Medina (2011) y Moyano (2014) indicando que Lota históricamente ha sido considerada como una comunidad de desiguales, pero que comparten el objetivo de salir adelante, especialmente cuando trabajaban en la mina, actividad que les dotaba de orgullo e identidad. Una identidad de clase y laboral que configura un sujeto histórico centrado en lo colectivo (Rodríguez, & Medina, 2012).

Frente a la crisis que significó el cierre de la mina, el Estado medió una respuesta con intervenciones que supuestamente paliarían la cesantía llamado Reconversión Laboral del Carbón (Aravena & Betancur, 1999; Aguayo, 2007; Iacovone, 2010). Sin embargo, el programa fracasó en gran medida por la cultura del trabajo desarrollada en la zona, donde existía un alto posicionamiento del rol y la autoimagen de los mineros y sus familias con la actividad extractiva. La reconversión fue difícil porque el trabajo les otorgaba la identidad sustantiva desde hacía unos 150 años (Rodríguez, & Medina, 2011). Este programa tensionó las relaciones comunitarias basadas en una cultura de ayuda mutua y dotada de una densa red de vínculos, donde la cooperación predominaba sobre lógicas de competitividad y beneficio individual que se trató de instalar. Lota resulta ser un buen ejemplo de cómo las políticas públicas pueden tener escasa pertinencia en su implementación, alejándose de los indicadores de logro que plantea el Estado (Rehren, 2008Moyano, & Viveros, 2013; Moyano, 2014; Reyes, Rodríguez, & Medina, 2014).

MIDEPLAN (2001), Salazar (2008), Raczynski (2008) señalan que los planes de intervención social con escasa pertinencia tienden a forzar procesos de gestión artificiales en los grupos sin conocer a las comunidades en profundidad y toman decisiones unilaterales sin participación de sus protagonistas desconociendo las capacidades autónomas de los grupos. Esto supone una pérdida de recursos económicos y humanos, además del tiempo y desgaste entre sociedad civil y Estado (Instituto de Economía Universidad Católica de Chile, 2004; Salazar, 2008; Raczynski, 2008; MIDEPLAN, 2009; Barrientos, & Santibáñez, 2009; Moyano, 2014).

En Chile las políticas sociales se establecen en subsidios monetarios, seguridad social, servicios sociales y programas de desarrollo social (Raczynski, 2008) y desde 1990 a la fecha han incrementado su inversión monetaria desde 11,3% hasta 15,2% en 2014 en relación al PIB (CEPAL, 2016). No obstante ello, persiste la inequidad como desafío a resolver desde las políticas públicas, las que actualmente pasan por un proceso de reestructuración del neoliberalismo subsidiario que ostentan desde la Dictadura (Hidalgo, Paulsen, & Santana, 2016). Las políticas públicas en Chile suelen enfatizar tecnocracias que activan escasas experiencias de participación y gobernanza ciudadana, aspectos que son demandados en la actualidad para resolver los problemas complejos y que requieren de otras formas de relación entre sujetos, comunidad y Estado (Alfaro, & Martin, 2015).

No obstante nuestras políticas sociales han aumentado su inversión monetaria (CEPAL, 2016), nuestras políticas públicas tienden a enfatizar tecnocracias (Alfaro, & Martin, 2015) que devienen en planes de intervención social con escasa pertinencia (Salazar, 2008; Raczynski 2008). Un supuesto a indagar por tanto es la relación entre sujetos, comunidad y Estado (Alfaro, & Martin, 2015; Hidalgo, Paulsen, & Santana, 2016) y en este sentido el caso de la Comuna de Lota (Chile), es interesante de analizar, pues históricamente ha presentado tensiones entre la implementación de los programas sociales y la subjetividad de quienes son intervenidos, especialmente post cierre de la mina (Rodríguez, & Medina, 2012; Moyano, & Viveros, 2013; Moyano, 2014; Reyes, Rodríguez, & Medina, 2014).

Las políticas sociales en Chile han tenido por objetivo mejorar la equidad, fomentar la integración social y fortalecer la gobernabilidad del país. Desde el retorno a la democracia (1990) se aplican políticas, planes y programas de desarrollo social, no exentos de dificultad desde un Estado subsidiario y un modelo neoliberal heredado post dictadura (MIDEPLAN, 2012a). Si bien esta apuesta ostenta logros en la disminución del índice de pobreza (desde un 38% a 14,4% en 25 años) la desigualdad económica persiste como una de las más altas de los países OCDE (Segovia, & Gamboa, 2015; Hidalgo, Paulsen, & Santana, 2016).

Dentro de los servicios gubernamentales implementados desde 1990 para el desarrollo de política social, está el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS), el cual, según las necesidades que detecte, realiza programas en tres ámbitos: emprendimiento, trabajo y habilitación social. A ello se une el Sistema Chile Solidario, que por medio del Sistema de Protección Social entrega un apoyo integral a las personas y familias de extrema pobreza (FOSIS, 2016). Barrientos y Santibáñez (2009) señalan, no obstante, que el sistema de protección social posee una lógica subsidiaria neoliberal que tiende a la disminución de las responsabilidades del Estado, donde se transfieren costos de protección y servicios sociales hacia el mercado, naturalizando estos apoyos como una cuestión de beneficiencia (Hardy, 2004; Klein, 2008; Harvey, 2011). En general se trata de políticas orientadas a la generación autónoma de ingresos como herramienta principal para terminar con la pobreza extrema. En la comuna de Lota se han focalizado muchos de estos proyectos, no obstante persisten varios problemas sociales, como por ejemplo el desempleo, uno de los más altos del país (10,8%) (INE, 2016).

¿Cómo se debería implementar por tanto, una política social en una comuna con una identidad social en torno a la mina, tan arraigada como en Lota, considerando que esta actividad ya no existe desde hace 20 años? Se reconoce que la reconversión laboral fue un fracaso (Instituto de Economía Universidad Católica de Chile, 2004; Moyano, & Viveros, 2013; Reyes, Rodríguez, & Medina, 2014) pero también, considerando la permanente intervención social que ha tenido Lota desde 1990, podríamos decir que las políticas sociales no logran impactar en la disminución de pobreza, desigualdad y desempleo de la comuna (MIDEPLAN, 2012b).

Duschatzky (2000) indica que la aplicación de estas políticas sociales subsidiarias promueven un tipo de participación solidaria dirigida o tutelada dando lugar a un desplazamiento tanto del sentido de ciudadanía (Atkins, 2013; Baldwin, 2013) como el de solidaridad (Likki, 2014; Greene, 2015) ya que no promueven participación ni gobernanza (Alfaro, & Martin, 2015). De este modo las políticas públicas se establecen como formas de asistencia que instituyen categorías de sujetos dependientes y con carencias, diluyendo sus referentes de identidad productiva, cultural y social (Freudenberg, 2014). Este tipo de políticas sociales reproducen tanto subjetividades agradecidas, donde lo que se recibe no se aprecia como derecho sino como acto de gracia, como una cultura del riesgo, que sigue la ley de oferta y demanda para obtener ciertos bienes y servicios sociales. Así quienes viven en condiciones de pobreza no pueden identificarse como sujetos de demanda, ya que esto implicaría una autonomía que les resta beneficios, disolviendo de paso al sujeto político y la construcción de identidades colectivas (Beck, 1998; Duschatzky, 2000; Bauman, 2002; Márquez, 2003; Arriagada, & Mathivet, 2007, Zizec, 2008). No obstante existen resistencias por parte sujetos y organizaciones que no han encontrado sentido a este tipo de estrategias para acceder a políticas sociales (Garcés, 2002; Cáceres, 2003; MIDEPLAN, 2012a), adquiriendo otro protagonismo en la relación entre Estado comunidades y sujetos que demanda efectiva participación social (Alfaro, & Martin, 2015; Segovia, & Gamboa, 2015; Hidalgo, Paulsen, & Santana, 2016).

Montero (2004) señala que las comunidades tienen su propio ritmo y un carácter dinámico de continua reconstrucción. Es una red de relaciones estrechas que se caracteriza por el sentido y práctica de ayuda mutua. La comunidad también es un espacio de afectividad donde las personas se relacionan y reconocen como parte de algo, con una identidad social producto de una memoria colectiva. Alfaro (2013) señala que los actores sociales y sus comunidades preceden a las políticas y programas y por ello pueden entrar en  conflicto con la solidaridad tutelada que promueve el Estado, en forma de precarios proyectos de micro emprendimientos con escasa sustentabilidad como ocurrió en Lota con la reconversión laboral y la posterior focalización de inversión de proyectos FOSIS (Duschatzky, 2000; Serrano, 2005; Arriagada, & Mathivet, 2007; Raczynski, 2008; Reyes, Rodríguez, & Medina, 2014).

El trabajo historiográfico de Ortega (1992) describe a Lota como una localidad fronteriza, por su ubicación al sur del río Biobío y a 550 km de Santiago, Chile, y por su permanente condición de conflicto, destacando por ser una comunidad guiada por la autodeterminación y supervivencia más que al Estado. Desde sus orígenes se construye desde la precariedad y el trabajo ocasional, siendo la explotación del carbón la que fraguó una de las identidades histórico-culturales más representativas de la zona sur de nuestro país, singularidad que se ha caracterizado por un modo de hacer política, cara a cara, participativamente y en red (Salazar, 2008; Raczynski, 2008, Vivallos, & Mazzei, 2009). Estas características se reconocen como formas de organización popular, siendo la identidad del sujeto popular una construcción dilemática entre autores (Vivallos, & Brito, 2009) quienes indican que para reconocer una identidad popular es importante contextualizar históricamente ya que éstos tienen un mundo propio de valores, con sus propias reglas de pensamiento y conducta en la línea del “outsider” (Flick, 2007) y por ello es importante construir la historia desde sus particulares perspectivas (Vivallos, & Brito, 2009).

Vinculado a esta característica de Lota y sus habitantes, Spink (2004), ofrece una alternativa a la solidaridad tutelada promovida por el Estado, denominada práctica de horizontalización, es decir, una solidaridad que se articula siempre en condiciones de igualdad y que se relaciona con la economía solidaria (Singer, 2001; Coraggio, 2011). En ello, se potencia el auxilio y bienestar entre iguales desde un enfoque centrado en las capacidades y autogestión de las personas (Sen, 1976; Coraggio, 2011). La capacidad de organización siempre existe en una comunidad, independientemente de la intervención de agentes externos indican Wiesenfeld (1998), Blanco y Rodríguez (2007), y Arrieta y Garita (2012) reconociendo que existen valiosos recursos y capacidades. Alfaro y Martin (2015) e Hidalgo, Paulsen y Santana (2016) van más allá y apuntan hacia un concepto de participación social en la relación sujetos, comunidades y Estado, donde se tensionan las relaciones de poder y se explicita la demanda por equidad, en condición de iguales interlocutores, para construir políticas sociales pertinentes.

En base a estos antecedentes y considerando las características de Lota, este estudio tiene por objetivo analizar las tensiones entre implementación de programas sociales y la subjetividad de quienes son intervenidos. La relevancia del estudio está dada por el conocimiento situado que produce, desde una orientación socio construccionista y crítica, para comprender por qué después de 26 años de implementar políticas sociales en la comuna de Lota, siguen presentándose problemas sociales como la pobreza, la desigualdad y el desempleo. De esta forma se indagó en las políticas públicas desde la perspectiva de las personas implicadas, observando si se reproducían subjetividades agradecidas sin reconocerse como sujeto de derechos o subjetividades que resistían mediante una práctica de autodeterminación volcada hacia la relación mutua y horizontal con la comunidad que reproduce la memoria colectiva y popular de su identidad de clase.

Método

Esta investigación se realizó con el método cualitativo, exploratorio desde un enfoque socio construccionista. El estudio se desarrolló en la comuna de Lota entre Abril y Septiembre 2010, con 15 dirigentes de juntas de vecinos con años de trayectoria en estos cargos y experiencias de relación con organismos gubernamentales y no gubernamentales en la implementación de programas sociales. Los criterios de selección de la muestra (Flick, 2007) se definieron de acuerdo al muestreo intencional homogéneo, donde las unidades comparten rasgos similares, como el ser dirigente social. La heterogeneidad está dada por la edad, sexo y años de trayectoria como dirigentes. El propósito de este tipo de muestreo cualitativo es analizar un discurso resaltando procesos de un grupo social. Se contactó a un total de 27 personas, de las cuales finalmente, por temas de accesibilidad y disposición de tiempo, pudieron participar 15 cuya caracterización está registrada en la Tabla 1.

Los nombres y las juntas de vecinos están protegidas bajo los criterios éticos de anonimato y confidencialidad, aspecto que se acordó con los participantes con un consentimiento informado. Como técnica de recogida de datos se utilizó la entrevista en profundidad (Valles, 1998) para extraer relatos de vida, ya que éstos, si bien pueden abarcar ampliamente experiencias de vida, se centran en un aspecto particular y en este caso, nos permitió focalizar las relaciones sujeto-comunidad-Estado (Márquez, & Sharim, 1996; Vasilachis, 2006).

 

Tabla 1
Caracterización de participantes

Nombre Edad Junta de Vecinos Cargo Años como dirigente
José 45 1 Presidente 25
Justo 67 2 Presidente 43
Héctor 39 3 Presidente 20
Luis 33 4 Secretario 5
Samuel 41 5 Secretario 15
Pedro 62 6 Presidente 37
Juan 70 7 Presidente 48
Soraya 45 8 Presidenta 10
Oscar 36 9 Presidente 13
Fabián 55 10 Presidente 31
Olga 48 11 Presidenta comunal 8
Juan C. 58 12 Presidente 29
Leonor 43 13 Presidenta 7
Carlos 52 14 Presidente 33
Ramira 54 15 Presidenta 24

Fuente: Elaboración propia

La idea fue explorar desde la experiencia de los propios involucrados, los procesos, transformaciones sociales y efectos de la crisis post cierre de la mina en la implementación de programas sociales. El día, hora y lugar de la entrevista se concertó con cada participante y tuvieron una duración promedio de una hora, siendo grabadas en audio y transcritas posteriormente para su análisis. Para la entrevista se realizó un guión de temas con tres ejes centrales: procesos y modos de subjetivación; relaciones de poder y línea temporal en la que se inscribía la comunidad. El análisis de datos se efectuó con análisis de contenido temático, para estudiar los significados manifiestos de la información recogida, apoyándonos de una malla temática y sus codificaciones respectivas, considerando como unidades de análisis las frases y oraciones del corpus, las que se organizaron hasta el punto de saturación teórica de cómo se han desarrollado estas relaciones sujetos, comunidad y Estado (Bardin, 1977; Flick, 2007).

Resultados

Tres categorías fueron extraídas a partir del análisis, las que a su vez arrojaron sub-temas específicos:

a) La comunidad intervenida
Prácticas de subordinación y resistencia comunitaria
Factores técnicos y administrativos como indicadores de éxito o de fracaso de las intervenciones
Desfases y tensiones locales entre comunidad y políticas de intervención

Esta categorización alude a la construcción social que realizan las personas sobre su condición de intervenidos por programas sociales del Estado. Por una parte, se reproduce una identidad pasiva, de quienes reciben y son beneficiarios de estos programas señalando los éxitos y fracasos de los mismos, como resultados de factores externos técnicos y administrativos, desarrollándose una acción de solidaridad tutelada o dirigida, que a su vez instituye subjetividades agradecidas y la cultura del riesgo. Lo anterior favorece la disolución de un sujeto político, que negocia puntualmente ciertos beneficios sociales (Beck, 1998; Duschatzky, 2000; Márquez, 2003). Desde la institucionalidad se busca racionalizar los recursos para integrar al desarrollo a los sectores más vulnerables, no obstante genera descontento y fragmentación de la cohesión social:

‘La reconversión en sí fue un proyecto del gobierno para ver la posibilidad…de que esa gente que iba a quedar sin trabajo generaran ellos mismos como ex mineros mini empresas… Pero dónde iba a trabajar, con quién iba a trabajar, cómo él iba a generar los recursos, cómo él iba a entrar a una empresa a prestar servicio como un contratista o un subcontratista…se le compró las herramientas para que trabajara el minero del carbón, pero lo dejaron solo…’ (Luis, Presidente Junta de Vecinos Nº 4)
‘Yo no sé, pero aquí cada año llegan a la población con un programa distinto y lo peor es que le toca a uno y el otro queda mirando pa’ la vitrina. Ya sería bueno que el programa sea uno sólo y no vengan un día con uno y después con otro, que lo único que hace es dividir a la población’ (Ramira, Dirigente Vecinal y Sindical Nº 15).

Por otra parte, se aprecian desfases y tensiones locales entre comunidad y políticas de intervención, donde en ocasiones los recursos económicos no alcanzan, y en otras, hay problemas de pertinencia y conocimiento de la idiosincrasia de la comunidad, donde no se valoran las habilidades de cooperación y solidaridad auto gestionadas:

‘Este programa para la pavimentación de calles focalizó sólo a los vecinos de Lota Bajo donde se arregló un pedazo pequeño de los caminos ¿y qué pasa con el resto? Se crean conflictos…’ (Justo, Junta de Vecinos Nº 2).
‘Junto con la instalación de luminarias como idea priorizada por el proyecto, también trabajamos el problema de la basura en las calles. Nos planteamos una campaña de limpieza y educación casa a casa, compramos tambores para depositar las basuras y nos pusimos normas de funcionamiento. El único problema es que el programa no se entera de estas capacidades, sólo se interesa por la instalación de las luminarias. Yo tengo mis serias dudas, respecto a los intereses del gobierno. Yo no sé si le interesa conocer estas capacidades que tienen que ver con organización, con personalidad, con la valoración que la gente tiene con lo que llaman autoestima’ (Cecilia, Dirigente Junta de Vecinos Nº 5).
‘Este programa busca hacer tantas casas, en tan poco tiempo y eso es imposible. Tampoco utiliza lo que nosotros hemos aprendido durante todo este tiempo para resolver nuestros problemas. Si yo no sé leer le digo a mi compadre que escriba y con las otras vecinas nos arreglamos. Claro, porque eso requiere de tiempo para ponerlas en práctica, porque las realidades son diferentes, y en ese caso hay que adecuarlas y eso necesita un plazo mayor’ (Héctor, Junta de Vecinos Nº 3).

b) Prácticas comunitarias y memoria social
Sentidos de comunidad y solidaridad
Comunidad como red de relaciones afectivas
Vida cotidiana y movimiento de pobladores

Para reconocerse a sí mismas las personas desarrollan una identidad social y se construyen a partir de un sentido de pertenencia (Montero, 2004). En cuanto al sentido de comunidad y solidaridad, se destaca en Lota un conjunto de capacidades colectivas, por ejemplo, la memoria social (Vásquez, 2001) que les permitió sobrevivir en mejores condiciones y ser menos vulnerables frente a cualquier evento. Se trata de una construcción colectiva históricamente de tradición oral que refuerza el sentido de comunidad y solidaridad horizontal entre sujetos que se reconocen como iguales para luchar colectivamente por sus necesidades:

‘Para nosotros, esta experiencia es básica para la convivencia y la comprensión entre vecinos. Es la hermandad que nos ayudó a luchar primero por lograr nuestras casas, luego para soportar la represión y hoy volvió a renacer esa hermandad en las familias que aun vivimos aquí’ (Luis, Junta de Vecinos Nº 4).
‘En Lota, porque en Lota siempre todas las cosas han aparecido en Lota, los movimientos grandes, las huelgas de hambre en Lota, los paros, siempre han sido aquí primero y las hemos iniciado nosotros y después en  todo el país. La Huelga Larga, la Ley de las Ocho Horas, la Ley de Lámpara a Lámpara… antes, en todo el país, se trabajaba doce horas, y aquí con una pura huelga la hicimos’ (José, Junta de Vecinos Nº 1).

En cuanto a la comunidad como red de relaciones afectivas, ésta se entiende como el reconocer que se necesitan mutuamente para tener éxito en la vida. Y es a partir de estos contactos con quienes comparten las mismas carencias, donde los valores solidarios se fortalecen, estableciendo estrategias de protección, enfrentamiento y reivindicación:

‘El afecto es fuerte, no es como en otros sectores, otras partes del país. Pa’ nosotros, todavía en mi población existe eso de la tacita de azúcar, o si a mí me falta un poquito de aceite, lo que sea. Hasta al día de hoy, gracias a Dios, en mi sector se ve todavía eso’ (Soraya, Junta de Vecinos Nº 8).
‘Diferente el sentimiento de la gente de Lota, el sentimiento, porque a mí, yo le decía, cuando se me quemó mi casa, ellos me mandaron ropa, de todo. Porque somos solidarios y porque sentimos el dolor del otro, no en todos lados pasa lo mismo’ (Olga, Dirigente Comunal Nº 11).
‘En mi barrio la gente… todos, trabajamos en conjunto, nos unimos, nos cuidamos. Yo misma como presidenta de mi barrio, porque tenía que ver con todo lo que era la comuna. Y llegaba allá con las ayudas y si llegaba me daban un pancito, una agüita, porque sabían que a diario yo ni siquiera comía’ (Olga, Dirigente Comunal Nº 11).
‘Aquí lo bueno que tiene es que la gente no se esconde y encierra en su casa, la mayoría de las chiquillas estamos todo el día a grito pela’o conversando y si a alguien le falta algo pa’ parar la olla lo dice sin vergüenza: ‘oye, tení un cuartito de arroz que me prestí’ y así nos arreglamos, y cuando hay alguna visita inesperada, mi vecina siempre me salva con platita y me presta, pa’ servirle algo a la gente ¡po!’ (Leonor, Junta de Vecinos Nº 13).

En cuanto a la vida cotidiana y movimiento de pobladores, emergen formas de saber popular que se acoplan a la memoria social construida colectivamente. La condición de dependencia mutua, la solidaridad, aparece con notoriedad y se relaciona con un intercambio continuo de pequeños servicios entre familias. En ello aparece la experiencia cotidiana de los pobladores y su configuración como sujeto político que intenta controlar su entorno por medio de esta ética de solidaridad (Zibechi, 2011):

‘A mi vecina María le limpio y le riego las aguas residuales porque ella no tiene nadie que le ayude en la casa, el pozo de agua que tengo en el patio le sirve a todos. Las mediaguas fueron hechas el fin de semana, y un grupo de chiquillos trabajó a cambio de comida, la que tiene que dar la persona interesada, si ¡¡puh!! (…) cuando nace un niño, hay hartas visitas porque toda la población sabe del acontecimiento’ (Olga, Dirigente Comunal Nº 11).
‘Y claro, nosotros aquí todos siempre hemos sido pobres, si aquí los gobiernos no han hecho nada, solo se han llevado el carbón pa’ los puertos y entonces nosotros hemos tenido que puro pelear y ayudarnos entre nosotros, porque no nos queda otra ¡puh! Pregúntele usted a cualquier lotino como se pelea aquí pué, saliendo a la calle, porque nosotros siempre hemos esta’o organizados desde que esta cuestión del carbón empezó y por eso nos tienen miedo cuando salimos a buscar trabajo fuera’ (Oscar, Junta de Vecinos Nº 9).
‘…Mire yo me acuerdo que nosotros marchamos contra Pinochet, y nosotros… ¿Quién hizo la primera marcha de cuando estaba Pinochet? Los mineros del carbón poh, le doblamos el brazo a Pinochet. A nosotros nos esperaban como si hubiéramos llevado un arsenal, si a uno lo esperaban por las calles puh… Yo marchaba con mis mineros, marchábamos puh, si éramos todos iguales, vivíamos todos de la zona del carbón’ (Leonor, Junta de Vecinos Nº 13).

c) Prácticas de solidaridad comunitaria
La emergencia del concepto de solidaridad en este estudio
Solidaridad comunitaria como acción política informal y espontánea

La memoria social construida en base a experiencias y saber popular, permite la emergencia de un concepto particular de solidaridad, que regula interacciones y los intercambios simbólicos y materiales dados entre ellos. Así se revela también una dimensión identitaria que consolida compromisos y obligaciones, reglas de conducta y sociabilidad radicado en lo cotidiano. Esto último posibilita acciones que se desarrollan dentro de esta solidaridad colectiva, autogestionada, comunitaria, que reacciona frente a eventos inesperados   y   se   validan   como  acciones  políticas, independiente si se ha planificado o no.

‘Entonces aquí nosotros fuimos capaces de organizarnos de tal manera que aquí participaron todos, sin excepción. Nadie quiere quedar fuera. Fuimos capaces de organizarnos porque aquí todos nos sentimos gente de escasos recursos y esa cuestión nos une más todavía, no importa que estemos peleados o no, salimos adelante’ (Luis, Junta de Vecinos Nº 4).
‘Ahora esto mismo que estamos haciendo ahora por los ex-mineros de que tengan pensión, tampoco esperamos de que lo reconozcan, pero que alguien por lo menos se acuerde en el tiempo de que… esto va a quedar en la historia puh, en la historia del movimiento obrero y del movimiento social que estamos haciendo ahora’ (José, Junta de Vecinos Nº 1).
‘Lo que Lota mantiene vivo es la feria, que es de todos los días, porque anda toda la gente pa’llá, es que por una ‘chaucha’ uno compra una cosa, no es como en otros la’os que si no están las lucas, no comprai nomás, quedai fuera. Y acá no, po, acá de repente una cosa que vale luca, buta, ya, si no tení plata te la pasan nomás y te dicen que pa’ la otra vuelta me la pagas porque te ven la cara y saben que estai mal’ (Leonor, Junta de Vecinos Nº 13).

Los resultados aquí presentados, nos muestran que efectivamente se desarrollan tensiones y desfases entre la implementación de programas sociales en la comuna de Lota y las personas que son sujetas de intervención. De nuestro análisis emerge la reivindicación de una subjetividad residual que tiene relación con la identidad de quienes se sienten parte de la comunidad lotina que surgió desde el s. XIX en torno a su pasado minero que les dotaba de orgullo y motivación por superar dificultades de forma colectiva. Lo anterior se contrapone a la lógica subsidiaria neoliberal de las políticas sociales existentes en Chile, que enfatiza emprendimientos económicos individuales, lo cual no tiene relación con las prácticas comunitarias, memoria social, acción política y la solidaridad horizontal que valoran las personas de Lota.

Discusión y Conclusiones

Las políticas sociales en Chile han incrementado su inversión monetaria desde un 11,3% hasta 15,2% en relación al PIB a lo largo de 26 años (CEPAL, 2016). No obstante la característica central de este tipo de políticas, es que tienden a reforzar tecnocracias que no consideran la participación social (Alfaro, & Martin, 2015) y ello deviene muchas veces en intervenciones sociales poco pertinentes (Instituto de Economía Universidad Católica de Chile, 2004; Salazar, 2008; Raczynski, 2008). En el caso de la comuna de Lota esta situación también se reproduce y por sus particulares características resulta ser un buen ejemplo de cómo las políticas públicas de intervención social pueden tener escasa pertinencia en su implementación, alejándose de los indicadores de logro que plantea el Estado (Rehren, 2008, Moyano, & Viveros, 2013; Moyano, 2014; Reyes, Rodríguez, & Medina, 2014).

Los resultados de nuestro estudio evidencian tensiones y desfases entre programas sociales y las personas que son objeto de intervención. Efectivamente por parte de quienes son focalizados en estos programas, emerge la reivindicación de una subjetividad residual que tiene relación con la identidad de quienes se sienten parte de una comunidad lotina que formó una férrea autoimagen de fuerza y lucha por sus derechos en base a la principal actividad laboral que fue trabajar en la mina. Esta identidad sigue reforzándose en base a una cultura comunitaria y solidaria, dada entre una densa red de relaciones sociales que les hace enfrentar la adversidad de forma colectiva. Esta característica es contraria a la lógica subsidiaria neoliberal de las políticas sociales existentes en Chile que enfatizan emprendimientos económicos individuales, mermando la identidad social del lotino que establece en su cotidianeidad prácticas comunitarias, reproducción de la memoria social, acción política y solidaridad horizontal. Lo importante es que, si bien la solidaridad tiene que ver con la ayuda, va más allá de eso, porque se trata de algo intenso, afectivo, y que de alguna forma se aprecia en cómo es vivido, reproducido y mantenido por los pobladores de Lota.

Las políticas sociales subsidiarias neoliberales, que promoverían o subjetivarían por tanto una solidaridad dirigida o tutelada desde el Estado, construye un sujeto de subjetividad agradecida que colisiona directamente con la subjetividad de solidaridad horizontal que desarrollan las comunidades con una identidad sustantiva que les dota de valores, memoria y saberes populares. Las políticas sociales en estos contextos desplazan el sentido de ciudadanía (Atkins, 2013; Baldwin, 2013) y solidaridad (Likki, 2014; Greene, 2015) ya que no promueven participación, ni gobernanza (Alfaro, & Martin, 2015), alejándose del desarrollo de acciones pertinentes y situadas a la realidad que intervienen. En este sentido, estas políticas instituyen categorías de sujetos dependientes con subjetividades agradecidas, como si se tratara de actos de caridad y no de derechos, entrando también en un esquema de cultura del riesgo, que sigue la ley de oferta y demanda para obtener bienes y servicios sociales. Las políticas sociales en este sentido solo activan habilidades personales mediante la incorporación a un plan de trabajo, sin considerar una articulación sinérgica con las organizaciones comunitarias ni una perspectiva multidimensional de los problemas. Y si por alguna razón en ocasiones aparece la intención de estimular esa experiencia de participación social y saber popular, se hace de forma acotada y funcional al programa, donde los objetivos se centran en carencias y necesidades individuales y no en causas más profundas y transversales de las problemáticas sociales (Barrientos, & Santibáñez, 2009; MIDEPLAN, 2009; Raczynski, 2008; Salazar, 2008). Esta forma de intervención constituye a las personas intervenidas como sujetos pasivos, lo cual influye en la mantención y reproducción de su condición de excluidos y/o permanentes tutelados (Klein, 2008; Spivak, 2009; Young, 2001).

Lo interesante de analizar en comunidades como Lota, es la distancia de los programas con la realidad situada, provocando que sus objetivos aparezcan proyectados en una dirección distinta a la planificada, con formas organizativas nuevas, construyendo sus estructuras en acciones directas y más sentidas por la gente dotadas de memoria social, saber popular, sentido de comunidad y solidaridad. Se trata de redes intersubjetivas sin membresía fija, ni reglas rígidas de organización. La sinergia local se ha mostrado como un factor sociocultural de difícil producción o reproducción en el corto plazo. No se puede enseñar desde arriba, ni construir por decreto, puesto que ello es un capital comunitario, auto producido por un grupo o una comunidad local y por ello es que se trata de un territorio interesante de analizar. Se cuestiona por tanto el diseño que se usa en los programas sociales del Estado y se hace necesario pensar desde otras perspectivas para otorgarle nuevos sentidos al tema de lo local y lo comunitario (Atkins, 2013; Baldwin, 2013; Freudenberg, 2014; Greene, 2015; Jovchelovitch, 2012; Likki, 2014; McNamara, 2013).

En Lota es importante visibilizar el capital comunitario existente que como activo cobra vigencia con sus organizaciones vecinales, las que han desarrollado desde los orígenes de su asentamiento, una dignidad interna donde el concepto de solidaridad ha ocupado un espacio protagónico en el cotidiano. Coincidentemente, han sido aquellas organizaciones las que acusan mejoras sustantivas en su nivel de vida y han podido superar por ejemplo, situaciones de persecución política, lograr viviendas y regular situaciones de vulnerabilidad social de las familias. Esto ha permitido que desarrollen capacidades de autogestión y memoria social, pudiendo ser una contraparte activa forzando al Estado a reconocer públicamente su calidad de actores y su emergencia como ciudadanos protagónicos en los procesos de organización social.

No obstante ello, las reservas de capital comunitario han sufrido un desgaste, dejando como consecuencia la desprotección de las comunidades cívicas. En muchos casos esta erosión de capital comunitario, se ha debido a la deficiente aplicación de las políticas sociales que han operado de manera instrumental, con resultados espurios que no muestran el potencial contenido en lo local. El desafío de proyectar procesos de desarrollo social desde las estrategias de intervención, es una tarea compartida para lo cual se requiere considerar ritmos y tiempos diferentes según cada grupo al que se accede. Las personas en este estudio han sido claros en expresar, que en las organizaciones populares existe el deseo de ser reconocidos como un otro en un diálogo horizontal, que confíe en su capacidad de construir un proyecto barrial sin tutelas que les estigmaticen en categorías subalternas, ya que ello no apunta la comprensión profunda de las causas de la desigualdad y la pobreza, restringiendo su capacidad para generar propuestas de transformación social (Montero, 2004; Spivak, 2009; Wiensenfeld, 1998).

La trayectoria histórica de los habitantes de Lota tiene como característica principal, el desarrollo de una cultura social de autogestión y cogestión entre actores vecinales, lo que puede entenderse como la validación de un incipiente protagonismo cívico y de un sentido local de autonomía, así como la presencia activa de una memoria social focalizada en las luchas y realizaciones de las propias organizaciones y redes vecinales. Esto ocurre de forma alternativa y son procesos que han resultado de una solidaridad comunitaria, como una habilidad vital para promover la cohesión del grupo, la unidad y la cooperación. Así la solidaridad se presenta como estrategia de acción política que rompe con la fragmentación y el aislamiento. En este contexto se produce lo indicado por Spink (2004) y Zibechi (2011), porque actualmente Lota no tiene grandes proyectos, movimientos, ni acción colectiva, pero sí variados gestos de cooperación y reciprocidad entre vecinos. Esto es una consideración interesante porque expresa algunos significados de la solidaridad presentes: una dada en el plano interpersonal más funcional, y otra más comunitaria, que emerge de un movimiento social donde las personas pasan por un proceso de concientización política, donde la solidaridad se ve como lo que estructura y mantiene la asociatividad entre ellos.

De ahí que sea necesario revisar los alcances de las actuales intervenciones promovidas desde el Estado, motivando una participación que nos permita hablar desde la micropolítica, generando procesos de politización de la participación social, pero para que fortalezca el papel de la sociedad civil en la lucha contra la pobreza y la exclusión. Se trata por tanto de la construcción de espacios que promuevan la perspectiva de derechos, contraria a la de marcos asistenciales. En este contexto los programas sociales debieran evitar tratar a las personas de forma descontextualizada, sin considerar sus procesos subjetivos, intercambio de experiencias o la expresión de sus sentimientos y prácticas de emancipación en pos de reconocerse como sujetos de derechos. En este sentido, toda participación que no haga ingreso a la esfera política, continuará siendo una participación mínima, mediocre, que no permitirá el ejercicio ni la emergencia de liderazgos democráticos (Atkins, 2013; Baldwin, 2013; McNamara, 2013; Montero, 2004; Sen, 1976).

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