Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 18, No. 3 (2019)

Doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol18-Issue3-fulltext-1646
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Pérez-Roa and Gómez Contreras: Deuda, temporalidad y moralidad: Proceso de subjetivación de parejas jóvenes profesionales



Carolina (30 años) y Diego (30 años) son una pareja de jóvenes profesionales que viven en una comuna pericéntrica de Santiago. Carolina, profesora de literatura, trabaja en un colegio municipal y en las tardes estudia un magíster. Diego, licenciado en antropología, trabaja de manera independiente como consultor. Ambos arrastran deudas educativas por sobre los 10 millones de pesos (cerca de $USD 15,000). Carolina la paga sagradamente mes a mes, Diego decidió no pagarla más luego de atravesar un momento de inestabilidad laboral.

Fernando (31 años) y Valeria (23 años) viven en Concepción. Fernando, de profesión psicólogo, trabaja como director en una residencia para niños/as especializada y Valeria, es profesora en una escuela diferencial. Valeria aún no comienza a pagar su crédito universitario, Fernando paga a la fecha dos créditos universitarios: uno por una carrera que no terminó y otro por psicología. Como tuvo problemas para pagar la primera deuda y se atrasó en su pago, la deuda pasó a una instancia cobradora. Por concepto de deudas paga mensualmente más del 60% de su sueldo. A pesar de que su salario supera el promedio nacional, el monto que adeuda es su “soga al cuello” y no le permite “llegar a fin de mes”.

Ambas parejas, a pesar de sus diferencias geográficas, siguieron las reglas del juego: estudiaron en la universidad, son profesionales, obtuvieron trabajos decentes e iniciaron proyectos de vida en común. Son parejas que parecen transitar al mundo adulto con relativa normalidad. Sin embargo, han aprendido a vivir su cotidianidad desarrollando estrategias para gestionar la incertidumbre económica de no poder responder a sus compromisos financieros.

Carolina y Diego, Fernando y Valeria y todas las parejas que forman parte de esta investigación son parte de una generación de jóvenes en Chile que nació durante el período de implementación del modelo económico y político neoliberal, caracterizado por la privatización de bienes del Estado y la liberación del mercado (Garretón, 2012). La privatización de los sistemas de protección social como el sistema de educativo, de salud y de jubilación, establecieron una ruptura económica y una transformación profunda en las relaciones sociales. Para estas generaciones de jóvenes adultos el acceso a los bienes y servicios dependió casi exclusivamente de los ingresos de sus familias de origen y/o de su capacidad de endeudamiento.

La mayoría de los jóvenes participantes de esta investigación, accedieron a la educación universitaria asumiendo créditos universitarios administrados por la banca privada. Si bien, según los datos de la Encuesta Financiera de Hogares (Banco Central, 2018) sólo un 12,3% de los hogares chilenos tiene deuda educativa, esta se concentra principalmente en la generación de adultos jóvenes. Específicamente, en el tramo entre 25 y 29 años (27,82%) están los mayores porcentajes de tenencia de deudas educativa a nivel nacional. Por otro lado, gran parte de la generación de jóvenes adultos creció en un contexto de conservadurismo moral y de pérdida de libertades civiles propios de la dictadura, que fueron extrañamente combinadas con una apertura creciente del mercado económico y extensión del mercado del crédito (Pérez-Roa, 2014).

Las políticas de liberación del crédito han promovido agresivamente el acceso al crédito de los jóvenes chilenos y como resultado de ello los jóvenes se han vuelto más tolerantes y aceptadores del endeudamiento, como una forma habitual de acceso a aquellos bienes y servicios deseados (Denegri, Cabezas, Del Valle, González, & Sepúlveda, 2012). Según datos estimados a partir de la Encuesta Financiera de Hogares, un 37% y un 24% de los hogares que tienen una jefa/e de hogar entre 18 y 24 años posee deudas de consumo y educativas respectivamente. Mientras que en los hogares que tienen una jefa/e de hogar entre 25 y 34 años, esta cifra aumenta a un 56 y 23% respectivamente.

Ahora bien, gestionar la incertidumbre económica provocada por las deudas, no se resuelve solo con un cálculo económico racional de sustracción de ingresos y egresos, sino que está afectado, en el sentido de Zelizer (2015) por relaciones sociales. Es decir, cuando las parejas deciden pagar una deuda y/o dejar de pagar otra, priorizan, jerarquizan y le otorgan un valor a esa decisión, construyendo en esa relación nuevas distinciones sobre sus realidades económicas y sus proyecciones futuras. Entendidas de esta forma, las relaciones de endeudamiento construyen patrones de regulación de tiempo, configuran espacios sociales y definen los límites entre individuos y objetos (Muller, 2014).

En este sentido, este trabajo explora cómo el hecho de responder a los compromisos crediticios orienta las subjetividades de las personas hacia nuevas direcciones y modifican en su andar las representaciones que los sujetos tienen de esos nuevos rumbos. Entendemos que las deudas no determinan las conductas de los sujetos sino más bien, introducen nuevas pruebas que se deben sortear, y en este caso, negociar en pareja. Retomando el viejo concepto de Polanyi, sostenemos que los participantes de este estudio se encuentran “encastradas” por procesos financieros, pero no determinados por este. Siguiendo a Laville (2012), para Polanyi, el encastramiento o incrustación remite a la inscripción de la economía -definida por Polanyi como el conjunto de las actividades derivadas de la dependencia del ser humano y su relación con la naturaleza y sus semejantes- en reglas sociales, culturales y políticas que rigen ciertas formas de producción y circulación de bienes y servicios. En las sociedades pre-capitalistas, los mercados están limitados y la mayoría de los fenómenos económicos están inscritos en normas e instituciones que los preceden y le dan forma. La economía moderna se distingue por una tendencia al desencastramiento (Laville, 2012).

Sin embargo, esta tendencia que perturba la sociedad, genera una reacción que implica formas de reencastramiento. En palabras de Laville, observar las relaciones y regulaciones entre economía y sociedad, desde la lógica de Polanyi, implica asumir que la economía de mercado es un componente, pero no el único. Siguiendo a Pellandini-Simányi (2015) cuando los procesos de endeudamiento producen cambios en las subjetividades de los individuos, no ocurre necesariamente a través de la adopción consciente de una perspectiva más racional, sino que los individuos van “domesticando” todas las actividades asociadas a sus deudas y lo “traspasan” a un lenguaje más acorde a sus marcos de referencia.

Para dar cuenta de ese proceso de subjetivación, centraremos el análisis en dos escenas recurrentes de nuestro trabajo de campo que cristalizan estos procesos de subjetivación. Primero, en cómo la temporalidad de las obligaciones de pago de deudas limita la representación que los participantes tienen sobre sus comportamientos económicos y sus proyectos futuros. Segundo, analizaremos cómo las representaciones sobre dichos ajustes financieros instalan marcos morales de comparación entre aquello que “debiera ser su vida” y aquello “que realmente es” su vida.

Procesos de subjetivación en sociedades altamente financiarizadas

En una sociedad altamente financiarizada como la chilena, gran parte de las actividades de reproducción de nuestras vidas se integran en los sistemas socioeconómicos como flujos financieros de efectivos futuros. En efecto, en Chile se ha vuelto normal que las personas vivan endeudas: el acceso al crédito es para muchas familias una extensión del salario, los jóvenes estudiantes se endeudan como medio legítimo de acceso a la educación, las pensiones de vejez se definen en la volatilidad de los mercados financieros. En definitiva, gran parte de nuestras vidas materiales y subjetivas dependen, en la actualidad, de procesos financieros.

Los procesos de financiarización se definen como un régimen de organización del capital el cual se encuentra principalmente motivado por las ganancias de las transacciones financieras y no por la producción e intercambio (Van Der Zwan, 2014). En palabras de David Harvey (2005) la financiarización promueve un proceso de “acumulación por desposesión” caracterizado por la apropiación de riquezas por los dueños del capital financiero, la desterritorización del excedente, la desposesión salarial, el endeudamiento de la clase trabajadora y el aumento en la desigualdad de ingresos. Estas condiciones estructurales de desposesión conducen a gran parte de la población al endeudamiento (Pathak, 2014). La masificación del acceso al crédito a los sectores medios y bajos de la población, han vuelto al crédito un recurso asequible para sortear los bajos salarios, los imprevistos económicos y la falta de protección social. La financiarización de los hogares es hoy una realidad transversal (González, 2018).

La relevancia que adquiere el crédito en nuestros días y la llamada “financiarización de la vida cotidiana” ha sido observada desde las ciencias sociales desde distintos ángulos. Van der Zwan (2014), revisando el estado del arte de los estudios de financiarización en las ciencias sociales, destaca tres enfoques de aproximación: (i) el estudio del proceso de financiarización como nuevo régimen de acumulación; (ii) la financiarización y la reorganización del trabajo en las empresas (iii) y la financiarización de la vida cotidiana. Observado como régimen de acumulación, se ha estudiado los efectos que genera en la estructura de producción y reproducción del capital los procesos de disminución de la acumulación (slowdown of acumulation), el decrecimiento salarial y el incremento de los regímenes que descansan sobre las deudas de consumo y las burbujas inmobiliarias. Desde un punto de vista organizacional, las ciencias sociales han observado los cambios en la orientación financiera de las empresas y las modificaciones que estas transformaciones han implicado en la relación de los trabajadores con las nuevas estructuras organizacionales. Finalmente, los estudios de la financiarización de la vida cotidiana exploran desde una perspectiva sociocultural el proceso de democratización de las finanzas y sus diversas expresiones en la vida cotidiana.

Siguiendo este último enfoque, esta investigación explora cómo las finanzas, en general, y las relaciones de endeudamiento en particular, influyen en los procesos de subjetivación, es decir, en la manera en que se producen los sujetos en el marco de la relación con las finanzas y cómo ellos van orientando esta relación. Entendemos, por ende, que los procesos de subjetivación en las sociedades altamente financiaraizadas, se caracterizan por desarrollarse de manera contradictoria y paradojal, en un juego de sujeción y agencia: los individuos se ven obligados a ocupar una posición en el espacio social y económico construyéndose como sujetos garantes de sus acciones, asumiendo los costos y los riesgos de una economía flexible y financiarizada. Para ello, nos detendremos a explorar conceptualmente como la temporalidad de la deuda y la moralidad asociada a su promesa de pago orientan los procesos de subjetivación de las parejas deudoras.

Los créditos son un medio de acceso a un bien o un servicio que proyecta su pago hacia un futuro. Para acceder a un crédito, los consumidores deben hacer prueba de solvencia y comprometerse a un pago futuro. De este modo, el deudor se involucra con el acreedor en una relación social marcada por la obligación de responder al compromiso. Doncha Marron, en su libro “Consumer credit in the United States” (2009), explora cómo reaccionan los consumidores a las nuevas formas de regulación del crédito (“the credit score serves FICO”) y cómo esta interacción moldea ciertos aspectos de su identidad:

el usuario del crédito debe ejercer un régimen rígido del yo para asegurar que su reembolso y uso de crédito sean suaves, controlados a buen término. Al disciplinarse de esta manera, el individuo se hace responsable de sus acciones pasadas (Marron, 2009, p. 180; traducción de los autores).

En consecuencia, las deudas ejercen en los individuos un control que se extiende a lo largo del tiempo de duración de la deuda. La proyección de pago de las deudas hipoteca los comportamientos futuros de los deudores produciendo una modalidad específica de subjetivación. El deudor, al ser individualmente responsable ante el sistema bancario debe enfrentar solo sus deudas. Sus comportamientos de consumo, ahorro y uso de su fuerza laboral se transforman en el medio para responder a sus compromisos financieros (Pérez-Roa, 2019). En palabras de Lazzarato (2013), la tarea principal de la deuda consiste en la construcción de un sujeto garante de sus acciones, que asume los costos y los riesgos de una economía flexible y financiarizada.

En este sentido, explorar las tensiones temporales del crédito, permite observar cómo influyen estos procesos de regulación en la vida de los actores e indagar, a su vez, como no ser capaz de poder responder a los compromisos en los tiempos establecidos introduce un juicio de comparación moral entre aquello que “debiera ser su vida” y aquello “que realmente es” su vida. De esta forma, entendemos que los procesos de subjetivación financiera son ambivalentes en tanto operan a través de múltiples registros temporales y se movilizan enredando las intimidades y moralidades de los sujetos deudores (Lai, 2017). Es interesante observar cómo, en una sociedad altamente financiarizada, donde la “cultura del mercado” (ver Brueggeman, 2014) ha favorecido la intromisión de las lógicas del mercado en la construcción de moralidad, las parejas jóvenes negocian los dilemas morales que enfrentan dada su situación financiera.

Método

El presente artículo se enmarca en la fase cualitativa del proyecto “La odisea de llegar a fin de mes: Estrategias de pago de deudas de familias jóvenes de clases medias en Santiago y Concepción”, financiado por el Fondo de Investigación Científica y Tecnológica de Chile FONDECYT de iniciación No. 11150161 y aprobado por el Comité de Ética de la Universidad Alberto Hurtado el 15 de octubre del 2015, cuyo objetivo analizar las estrategias que las familias jóvenes de clase media movilizan para responder a una experiencia de endeudamiento problemático.

Participantes y consideraciones éticas

En ese marco y a partir de una estrategia metodológica cualitativa, se llevaron a cabo 34 entrevistas semi-estructuradas a parejas jóvenes profesionales y trabajadoras de Santiago y Concepción.

Los criterios de selección de la muestra fueron: parejas entre 25 y 40 años, donde al menos uno de ellos sea profesional, que vivieran bajo el mismo techo, que declararan compartir gastos, que al menos uno de ellos tuviera deudas de consumo y/o de estudio y declarara sentirse abrumados por ello y, donde al menos uno, estuviera trabajando de manera regular.

Las parejas fueron reclutadas a través de tres medios principales: a) aquellos que previamente habían dejado su contacto en la encuesta online destinada a jóvenes deudores profesionales realizada en esta investigación para ser entrevistados; b) a través de una invitación lanzada en redes sociales y c) a través de las propias parejas entrevistadas quienes nos referenciaron a parejas conocidas. De las 34 parejas entrevistadas, 17 fueron contactadas usando datos de la encuesta, 10 por redes sociales y 7 referenciados. El estudio se centró en parejas porque interesaba observar y analizar la dinámica que se establecía entre sus miembros respecto a sus estrategias, priorizaciones y decisiones en torno a los pagos y las deudas.

Se asumió la existencia de diferencias de género en la gestión del dinero y deudas (Valentine, 1999). Las entrevistas se realizaron a ambos miembros de la pareja de manera simultánea, en tanto permite observar las interacciones conyugales, destacar la construcción común de la pareja, y del discurso que tienen como pareja. Sin embargo, presentan el riesgo de provocar o de presentar conflictos entre los cónyuges (Belleau, & Henchoz, 2008). Estos riesgos fueron presentados a los participantes en el consentimiento ético que cada uno de ellos firmó antes de dar inicio a las entrevistas.

En el consentimiento, aprobado por el comité de ética de la universidad patrocinante de este estudio, se especifica los objetivos de la investigación, los alcances de la participación en la investigación, la confidencialidad, ventajas e inconvenientes, el derecho a retirarse y los datos del comité de ética. Cada participante obtuvo una copia firmada por la/el investigador/a responsable.

Procedimiento y análisis

Las entrevistas se realizaron entre los meses de marzo y agosto del año 2017 en Santiago y entre enero y mayo del 2018 en Concepción. Tuvieron una duración promedio de 60 minutos, y se desarrollaron a partir de una pauta de preguntas abiertas. Las entrevistas abordaron los siguientes tópicos: trayectoria de endeudamiento; trayectoria laboral; ingresos y gastos; presupuestos familiar e individual; modos de registro de deudas; estrategia de pago; estrategias para la obtención de liquidez; redes de apoyo; aspiraciones de movilidad y proyectos futuros (Tach, & Greene, 2014). Dependiendo de la comodidad de la pareja, algunas de las entrevistas a las parejas se realizaron en espacios públicos (plazas, cafés), mientras que otras fueron realizadas en sus hogares.

Finalmente, las entrevistas fueron transcritas y analizadas a partir de la técnica de análisis temático (Paillé, & Mucchielli, 2008), con la cual la información fue tematizada de forma secuencial, de modo de reagrupar y examinar los discursos de los temas abordados en el corpus de la investigación. Para ello se crearon dos matrices de análisis, la primera se realizó por entrevista trabajada y se estructuró en función de dos ejes: trayectoria de endeudamiento individual (razón de la

deuda, acreedores, percepción de endeudamiento, estrategias de pago y justificaciones) y endeudamiento en/con pareja (gastos y deudas concebidas como comunes, implicancias en la relación de pareja, estrategias de pago, percepción relación ingreso/gasto/deuda). Cabe señalar que en cada matriz se realizó un relato descriptivo de cada entrevistado considerando: situación laboral; estudios; deudas y/o otros datos demográficos relevantes. La segunda matriz temática, reagrupo todos los códigos identificados en las entrevistas. Los códigos identificados fueron los siguientes: gestión de la deuda; gestión del dinero; percepción de la deuda como problema; percepción relación ingreso/gasto/deuda; estrategias de pago de deudas; condición salarial.

La muestra efectiva consistió en 34 entrevistas. En la ciudad de Santiago se entrevistó a 19 hombres y 21 mujeres, pues una de las parejas era homosexual. En el caso del gran Concepción, la muestra consistió en 13 hombres y 15 mujeres, siendo una de estas parejas homosexual.

En la Tabla 1 se presentan los principales descriptivos sociodemográficos útiles para contextualizar la situación económica del hogar. Los datos se presentan separados por localidad geográfica. La construcción de la base de datos para estimar las variables descriptivas se realizó mediante la revisión de cada una de las entrevistas, en las cuales las personas explicaban su situación socioeconómica. Los valores sobre la cantidad y el tipo de deuda, es la información que corresponde a lo declarado en cada entrevista. Son, por tanto, valores estimados. Salvo en dos casos donde una de las parejas no entregó información explícita sobre su ingreso personal, sin embargo, se utilizó el dato disponible de la pareja como el ingreso total del hogar. En el caso de los montos adeudados fue más difícil realizar la reconstrucción debido a que la información entregada era muy variada y poco precisa. Por ello, no se presentan datos.

Tabla 1

Variables sociodemográficas del hogar por ciudad

Variable Gran Concepción Santiago
Media Mediana Min Max Media Mediana Min Max
Deuda de consumo 1.8 2 0 4 2.1 2 0 7
Deuda hipotecaria 0.6 0 0 2 0.4 0 0 1
Deuda educativa 1 1 0 2 1.3 1 0 4
Deudas totales 3.4 3 1 6 3.8 3 1 7
Edad 30.0 29 26 37 32.8 33 22 50
Personas en el hogar 2.6 2 2 4 2.9 3 2 4
Hijos/as en el hogar 0.6 0 0 2 0.9 1 0 2
Ingresos per cápita ($) 674,345 $691,667 $236,667 1,075,000 532,258 516,667 62,500 1,200,000

[i] Notas: No. observaciones: 20 Santiago, 14 Concepción.

[ii] Fuente: Elaboración propia.

Dentro de las deudas de consumo se consideraron las tarjetas de crédito, tanto bancarias como del retail, las deudas por créditos automotrices, dentro de las cuales se pueden encontrar parejas que utilizan créditos especiales, mientras que otras utilizan créditos de consumo. En las deudas hipotecarias se consideran la de la vivienda principal (y secundaria en un solo caso) asociada directamente a una o ambas personas entrevistadas, pero también las deudas hipotecarias que un tercero, en general un familiar, contrajo para la compra de una vivienda habitada por la pareja, pues eran quienes se hacían cargo de pagar mensualmente el dividendo. Finalmente, dentro de las deudas educativas se consideraron los créditos promovidos por el gobierno como el Crédito con Aval del Estado, el Fondo Solidario o el CORFO, así como también los créditos internos entregados por las universidades.

Resultados

Los resultados de este trabajo se presentan discutiendo los hallazgos con los marcos conceptuales que guiaron este proceso de investigación. En consecuencia, se presentan en un solo apartado. Cabe precisar que, en virtud del consentimiento informado y del resguardo de la confidencialidad de los participantes de este estudio, los nombres de los participantes fueron cambiados por nombres de fantasía.

En primer lugar, se puede observar que, en el gran Concepción, las parejas entrevistadas tenían en promedio 3,4 deudas en total, en cambio, en Santiago, los hogares presentan un promedio de 3,8 deudas. Ahora bien, en ambos casos la mitad de las parejas entrevistadas tenían en sus pasivos, al menos tres relaciones de deuda. La edad promedio de las parejas entrevistadas en el gran Concepción fue de 30 años, mientras que en Santiago fue de 33 años. En Concepción, la mitad de las parejas vivía sola y sin hijos, mientras que, en Santiago, la mitad de las parejas tenían, al menos, un hijo. Por último, los ingresos se estimaron incluyendo el ingreso mensual producto del trabajo, así como las transferencias recibidas por terceros. En la muestra recolectada, se puede notar que la mediana del ingreso per cápita del hogar de las parejas de Concepción está en torno a los $690 mil pesos, mientras que la mediana del ingreso per cápita del hogar en Santiago es menor, llegando a cerca de $520 mil pesos. Esto se distingue del patrón nacional, donde, en promedio, los ingresos son más altos en Santiago. Ahora bien, en términos relativos, según los datos entregados por el Observatorio Social (2018) del Ministerio del Desarrollo Social, en base a la Encuesta de Caracterización Socioeconómica -CASEN- 2017, el hogar mediano de Concepción corresponde al decil V, mientras que en Santiago al decil IV. Para mayor caracterización de la muestra, en la Tabla 2 se entrega información descriptiva acerca del nivel educativo y situación laboral de las personas entrevistadas, respectivamente. En cada una, se entregan detalles separados por comuna.

La temporalidad de la deuda: La captura de los comportamientos del deudor

Renato (30 años, administrador público) y Jacinta (27 años, estudiante de sociología) viven hace 5 años juntos en una comuna aledaña a Concepción. Hace dos años compraron un departamento en el cual viven actualmente. En el momento de la entrevista acababan de tener su primer hijo y se habían comprometido recientemente. Jacinta estudió cuatro años otra carrera y arrastra una deuda con el Crédito con Aval del Estado (CAE), un crédito para carreras de pregrado en instituciones acreditadas que forman parte del Sistema de Crédito para Estudios Superiores y que cumplen con los requisitos establecidos por la Ley No. 20.027 que aún debe rembolsar.

Tabla 2

Frecuencia de nivel educativo y situación laboral de entrevistados por ciudad

Variable Ciudad
Gran Concepción Santiago
Nivel educativo
Media 0 1
CFT / IP Incompleto 0 3
CFT / IP Completo 4 3
Universitario incompleto 3 2
Universitario completo 21 31
Situación ocupacional
Trabajando - Dependiente 19 29
Trabajando - Independiente 5 8
Cesante 1 3
Estudiante 3 0
Total 28 40

[i] Fuente: Elaboración propia.

Hoy estudia con gratuidad. Renato estudió con el Fondo Solidario, un sistema de crédito para persona que acrediten situación económica baja y que estudien en las Universidades pertenecientes al Consejo de Rectores. Según dice, ha sido muy ordenado con los pagos y sabe exactamente lo que debe y cuánto ha pagado. Actualmente estudia un magíster y la mitad de su arancel lo pagó con un crédito de consumo especial para educación, a “doce cuotas sin interés”. Renato y Jacinta, viven exclusivamente del salario de Renato. Si bien Renato gana un salario, al menos cuatro veces superior a la mediana nacional, con su salario debe cubrir los gastos de su hijo, de Jacinta, pagar sus deudas crediticias, hipotecaria y de educación. Para ello, Renato “se ordena”. Tiene un Excel en el que lleva la contabilidad de su hogar. Sabe todo lo que ingresó, gastó, va a ingresar y lo que gastará. “Ser ordenado con sus cuentas” implica para él, conocer los ingresos y sus fluctuaciones, centralizar las deudas en una sola tarjeta de crédito para evitar el aumento de los cobros de mantención, aprovechar las ofertas del sistema financiero y ajustar la proyección de los gastos hacia adelante: “Siempre voy ajustando mi proyección hacia adelante cuatro o cinco meses (…) entonces siempre voy a ajustar mi gasto con la plata que sé que voy a tener disponible.” (Renato, 30 años).

Este mismo sistema de planificación lo sigue Valentina (31 años, bioingeniería, Concepción) quien aprendió este sistema de orden financiero ayudando a su madre con la contabilidad del hogar. Cada domingo se sienta a ordenar las boletas de la semana y trata de mantener las cuentas ordenadas en el hogar que conforma con Claudio (29 años, ingeniero de ejecución). Por su parte Francisco (33 años, tecnólogo médico, Concepción) no tiene un Excel personal, pero confía plenamente en el detalle financiero que le entregan sus instituciones bancarias. Con su pareja, Constanza (32 años, administradora) tienen siete cuentas bancarias y de cada una de ellas extraen las planillas que les ofrecen los servicios web y las aplicaciones de los distintos bancos donde tienen sus cuentas. Con ello, se ordenan y saben de cuánto disponen y cómo deben organizarse.

Controlar la incertidumbre del tiempo transformándolo en algo calculable, es -desde la perspectiva de Marron (2009)-, una tecnología de los sistemas crediticios para gobernar las conductas de los deudores. Los deudores deben ser capaces de administrar sus activos económicos para maximizar su uso y minimizar su exposición al riesgo. La obsesión por la planificación financiera de Renato, Valentina y Claudio les permite controlar los gastos, pagar a tiempo y endeudarse aprovechando las oportunidades del sistema. En definitiva, ser “deudores saludables” (Marambio, 2018) a los ojos del sistema.

Sin embargo, ser un “buen deudor” no es fácil. Implica un riguroso control de los gastos, conocimiento del sistema financiero y tener claridad de los ingresos que se perciben distinguiéndolos claramente de los ingresos a los que acceden desde el sistema financiero. Si bien, en todas nuestras parejas entrevistadas, al menos uno de sus miembros se encontraba trabajando formalmente no necesariamente tenían claridad de los ingresos percibidos. Las distintas modalidades de contrato, el sistema de bonos e incentivos, los aportes de tercero, etc., dificultan la claridad de lo que se recibe mes a mes. Incluso para algunos el cupo de línea de sobregiro o de las tarjetas de crédito eran considerados como ingreso disponible.

Sandra (30 años, periodista) y Manuel (30 años periodista) de Concepción piensan que sus dificultades de mantener sus cuentas al día se deben a que las fecha en que reciben sus ingresos y las que deben realizar sus pagos no calzan, razón por la cual deben estar constantemente sobregirándose. Además, gozan de una alta capacidad de endeudamiento lo que dificulta, a su juicio, mantener el control:

como que uno pierde la noción de la plata, cuando tiene la plata no líquida en el fondo, porque sentís que vai1gastando y siempre tení2cupo, entonces nunca se acaba el cupo.’ (Sandra, 30 años)

Sandra y Manuel logran llegar a fin de mes usando los distintos soportes financieros con los que cuentan. De la misma manera German (31 años, Fuerzas Armadas) y Gabriela (29 años, trabajadora social) de Concepción, ocupan la línea de crédito para poder responder a sus gastos básicos. Por su parte, Mónica (35 años, kinesióloga) y Jorge (33 años, profesor) de Santiago, pagan más del mínimo en las cuotas mensuales de sus tarjetas y líneas de crédito “para tener [cupo] de emergencia”. Ellos, al igual que la gran mayoría de las parejas entrevistadas, usan estratégicamente los instrumentos financieros para responder con sus necesidades y obligaciones crediticias y mantener la situación “controlada”.

Sin embargo, “mantener la deuda controlada” es a su vez, el reflejo de una disposición moral frente a las deudas. A la fecha de nuestra entrevista, Renato debía más de 10 millones de pesos al sistema crediticio, sin embargo, afirmaba no tener deudas: “no debemos nada, no hay nada que tengamos atrasado” (Renato, administrador público, 30 años). Estar “endeudado” es para Renato no poder responder con las cuotas de pago comprometidas mes a mes. En un trabajo reciente, Marambio (2018) muestra cómo en la sociedad chilena el crédito se ha naturalizado a través de procesos de legitimación moral y adaptación estratégica de los hogares, lo que ha implicado, a su juicio, una resignificación estratégica de la morosidad. Desde esa lógica, si hoy en día endeudarse es percibido como algo normal la morosidad, es lo que se representa como el problema. Para los deudores, ser moroso representa un estigma que tiene tienen efectos prácticos concretos: los morosos entran al registro de deudores (DICOM) lo que les dificulta el acceso a otras fuentes crediticias que son valoradas como recurso estratégico para mantener la “deuda controlada”.

Mantener el control financiero, también implica proyectar los tiempos futuros para el pago de la deuda. “Las deudas se comen el tiempo, no se comen mi plata” explica Daniel (29 años, arquitecto) quien vive con Verónica (29 años, estudiante de derecho) en Concepción y que acarrean importantes montos deudas que asumieron para pagar su fiesta de matrimonio y otras que ha asumido Daniel para financiar sus emprendimientos. Daniel es trabajador autónomo y tiene tres emprendimientos distintos. Valora el manejo del tiempo que le otorga su trabajo y siente que la deuda le quita esa posibilidad de contar con tiempo “no productivo” dado que le exige destinar su tiempo a la generación de recursos económicos para pagar sus deudas. Sin embargo, entiende que esas deudas fueron una “inversión necesaria” para poder desarrollar sus proyectos económicos. En este sentido, Daniel asume que ocupar una posición de emprendedor requiere asumirse como un sujeto garante de sus acciones.

Disponer del tiempo para pagar las deudas ha implicado, particularmente para aquellas parejas que provienen de familias de menores recursos, extender sus jornadas de trabajo. Así, por ejemplo, Gloria (35 años, ingeniera comercial) y Rubén (30 años, técnico superior) que viven en Santiago, complementan sus ingresos con trabajos de fin de semana para poder cubrir sus deudas. Ella trabaja en una compañía de logística y él reparte diarios. Lo mismo hacen Beatriz (32 años, psicóloga) y Rodolfo (35 años, psicólogo) de Concepción, quienes trabajan como psicólogos a tiempo completo en instituciones diferentes, mientras que los fines de semana atienden en sus consultas privadas. Alejandro (28 años, técnico de nivel superior en construcción) y Florencia (27 años, técnico de nivel superior en construcción), por su parte, venden paltas en sus tiempos libres, a la vez que Alejandro trabaja como conductor de Uber en el tiempo que le queda.

La moralidad del deudor: De la inversión en uno mismo al pago de las expectativas creadas

Las políticas de promoción del endeudamiento estudiantil se fundan en la premisa de que los estudiantes deben invertir en su educación, en tanto sus diplomas universitarios les permitirán obtener un mejor salario en el mercado del trabajo (Lazzarato, 2013). Aceptar esa premisa, implica concebir que endeudarse por educación es una manera de invertir en uno mismo y en su proyecto económico. Estos discursos que encuentran su fundamento en las teorías económicas del capital humano, reposan en una comprensión lineal y ascendente de lo que sería la trayectoria educativa de los jóvenes: la elección de carrera es una decisión racional que se toma a partir de la proyección de acceso a un empleo determinando.

Sin embargo, las trayectorias educativas de los jóvenes adultos entrevistados son divergentes: algunos atravesaron periodos de recesos de estudio como Alonso (28 años, Concepción), otros se cambiaron de carrera como Jacinta (27 años, Concepción) y Paola (28 años, Concepción), e incluso algunos no han logrado titularse como Diego (30 años, Santiago), Verónica (29 años, Concepción) y Pedro (31 años, Santiago). Todas estas bifurcaciones en las trayectorias han implicado importantes desequilibrios financieros para los jóvenes y sus parejas. Desequilibrios que, para algunos, se cristalizan en deudas económicas, mientras para otros, como Alonso, son deudas morales.

Alonso (28 años, kinesiólogo) y Karina (28, años profesora) tienen un hijo pequeño y viven juntos en una comuna aledaña de Concepción. Karina, estudió en una universidad pública con becas de méritos académicos y el año pasado terminó un magister que pagó con ahorros. Karina no tiene deudas. El caso de Alonso es “todo al revés”, estudió en una universidad privada, pagando mes a mes la mensualidad. Durante los primeros años le pagaron sus padres, pero cuando atravesaron un período crítico, Alonso tuvo que retirarse de la Universidad para trabajar. Dos años después cuando regresó, sus padres tuvieron que pagar una deuda con la Universidad de más de 6 millones de pesos (USD$ 9 mil aprox.) y tuvo que solicitar el CAE para poder finalizar. Hace poco se tituló, pero no ejerce ni ha buscado trabajo en su profesión, prefiere ser vendedor de una tienda de retail. Él sabía desde el segundo año de universidad que no quería seguir estudiando kinesiología, pero las expectativas creadas por su familia lo obligaron a seguir estudiando esa carrera. Alonso siente que todo el esfuerzo económico de sus padres fue desechado cuando no quiso ejercer, siente culpa por ello:

Es como todo lo que invirtieron mis papás, ahí también estoy echando a la basura al tiro, ¿ya? Es como botar la carrera, así que… es como, no sé, suena mal, suena egoísta, pero la verdad de las cosas es que la terminé y ya es como para mí un alivio haber terminado y para mis papás es mucha satisfacción haber terminado la carrera.’ (Alonso, 28 años)

Las expectativas de ser profesional en una sociedad como la chilena parecen ser más altas incluso que sus valores económicos. Por un lado, ser profesional es una condición esperada que parece asegurar una posición futura, y por otro lado, es una tarea económica soportada por las familias. A pesar de que Alonso estudió una carrera que no le gustaba, que no ejerce y que probablemente nunca ejercerá, los padres de Alonso pagaron por la tranquilidad de que su hijo sea profesional.

Al igual que para Alonso (28 años, Concepción), para Agustina (29 años, dentista) las dificultades económicas que enfrenta para responder a sus compromisos financieros, es vivido como un signo de su incapacidad de responder, al menos económicamente, a las expectativas de sus padres sobre su ejercicio profesional. Agustina (29 años, dentista) y Darío (32 años, técnico) viven juntos hace tres años en Concepción. Agustina estudió con dos modalidades distintas de crédito, y una vez egresada debía a los bancos 19 millones de pesos aproximadamente. Hoy ejerce de manera intermitente en una clínica y gana aproximadamente 500 mil pesos al mes (740 US$ aprox.). Paga con mucha dificultad un crédito y el otro lo pagan sus padres. En el momento de nuestra entrevista, Agustina iba a comenzar un postgrado. Para financiarlo, su padre le pidió un crédito de consumo. El padre de Agustina atrasó su jubilación para poder pedir el crédito a su nombre:

Mi papá tiene 67 años, podría haber jubilado, así que tenía que aprovechar porque era la oportunidad, ahora o nunca, de hecho, fue como -si no lo toma ahora, mejor después ni venga a pedir-, así que mi papá dijo ‘habrá que seguir invirtiendo en la hija no más’. Son cuatro años en que mi papá va a pagar 500 mil pesos mensuales, o sea no se puede jubilar (…) para mí también es una responsabilidad, ellos no pueden disfrutar ni tampoco apoyar a mis hermanos porque ‘la’ dentista de la familia todavía no gana ni uno’ (Agustina, 29 años).

Agustina y su familia siguen esperando que la inversión realizada les entregue los frutos esperados. Mientras esperan, el padre precariza aún más sus condiciones y Agustina carga con la culpa de seguir sin poder performar económicamente en su rol profesional. Esta sensación de fracaso y sus correlatos de culpa no sólo tienen efectos morales cargados de una fuerte responsabilización

individual, sino que, también delimitan las perspectivas de transformación que estos jóvenes son capaces de imaginar (Braedley & Luxton, 2010). En efecto, en los discursos de estos jóvenes deudores se escucha una cierta resignación sobre su futuro: son jóvenes profesionales deudores que deben cargar económica y moralmente con el peso de sus decisiones.

La carga moral de la deuda no sólo se restringe a la evaluación en criterios económicos que los participantes hacen de sus decisiones de estudio, sino también a la manera en que han enfrentado los imprevistos y sus consecuencias económicas. Guillermo (33, administrador público) y Claudia (33, kinesióloga) viven en Santiago y lograban sortear con dificultades sus finanzas. Acarrean dos créditos hipotecarios y dos créditos de consumo asociado a la cuota del “pie” de cada hipotecario. Además, tienen deudas universitarias, deudas con sus padres y Guillermo debe pagar la pensión de su hija. A pesar de ello, dicen que su situación era complicada, pero llevable. Sin embargo, lo que desencadenó su crisis financiera fue cuando una clínica privada le cobró un cheque que dejó en garantía por una atención de urgencia que recibió la hija de Guillermo:

Yo pagaba mis cuentas relativamente ordenado, pagaba una cuota, una cuota y media, no sé… pero después de eso [del cobro del cheque] se me fue todo de las manos, me vi sin pagar dividendo, sin pagar préstamo, sin pagar luz, agua, gas y me empezó el descalabro.’ (Guillermo, 33 años).

Si él hubiera ido a buscar el cheque “el día anterior”, esta situación se hubiera evitado, señala. Él se siente completamente responsable de no haber previsto que esta situación podría ocurrir. Guillermo, describe su situación obviando los elementos contextuales que entraron en juego. El cobro oneroso de la clínica o los instrumentos que estas instituciones utilizan para forzar los pagos no juegan, a juicio de Guillermo, ninguna responsabilidad en la situación. Esta idea se repite en las parejas entrevistadas, por ejemplo, Soledad (33 años, psicóloga, Concepción) quien vive con Catalina (31 años, socióloga) dice que sus deudas se deben a que ellas son “consumistas”. Mientras que Claudio (29 años, ingeniero en ejecución, Concepción), que vive con Valentina (31 años, bioingeniería), dice que sus deudas se deben a “malas decisiones de gastos”. La gramática de la responsabilidad del deudor, tal como nos recuerdan Danaher, Schirato, & Webb (2000), oscurecen, a los ojos del deudor, las responsabilidades estructurales de la economía de la deuda. De esta forma, los compromisos de pago futuro se explican sobre la base de la propia decisión.

Discusión y conclusiones

Esta investigación explora cómo el responder a los compromisos crediticios orienta las subjetividades de las personas hacia nuevas direcciones y modifican en su andar las representaciones que los sujetos tienen de esos nuevos rumbos. Para dar cuenta de ese proceso de subjetivación financiera, analizamos 34 entrevistas realizadas a parejas de jóvenes deudores en Santiago y Concepción; y examinamos dos escenas que cristalizan estos procesos de subjetivación: la temporalidad de las obligaciones de pago y las representaciones morales de comparación que las parejas deudoras movilizan para explicar su situación.

Uno de los aspectos más estudiados sobre los procesos de subjetivación producidos por la “economía de la deuda” (Lazzarato, 2011) refiere a la sujeción del comportamiento futuro del deudor que provocan las tecnologías crediticias. Ya sea través de los “puntajes de crédito” (Marron, 2009), la evaluación del riesgo o por las proyecciones futuras de pago o las modalidades de reembolso (Lazzarato, 2011), la evidencia reconoce en la propia tecnología del crédito instrumentos de sujeción de conductas. En nuestro trabajo las parejas deudoras manifestaron explícitamente que las condiciones de la propia estructura crediticia limitan sus posibilidades presentes y futuras: proyectos de matrimonio, hijos y vivienda se suspenden indefinidamente producto de obligaciones crediticias que se proyectan a largo plazo o por los altos montos adeudados.

Otro elemento que se destaca este proceso de subjetivación es la exigencia de control que la tecnología de créditos impone. Para proyectar el pago se requiere control los ingresos, calcular los gastos y proyectar racionalmente todos los comportamientos económicos de las parejas deudoras. Este modo de subjetivación, reconocido en los trabajos de Marron (2009), no es solo el resultado de una racionalización del comportamiento, sino el fruto de una negociación al interior de las parejas: es una responsabilidad que algunos ceden completamente en un otro, que negocian mes a mes, que se registran en cuadernos o planillas Excel, es decir, que toma distintas formas en función de las estrategias que cada pareja consensue.

Si bien la necesidad de planificar es un modo de sujeción favorecido por las tecnologías de crédito, la disposición a planificarse es, por sobre todo, percibida por las parejas participantes como una estrategia para evitar la morosidad. En el sentido Marambio (2018) observamos un desplazamiento moral sobre las representaciones hacia el endeudamiento. Si hace algunas décadas atrás, tener deudas -particularmente de consumo- era un reflejo de enfrentar problemas económicos y, por ende, se ocultaba socialmente, hoy es la morosidad, o las dificultades para rembolsar las deudas, lo que es significado como un problema. Este desplazamiento es observable en la semántica con que las parejas se refieren a sus deudas: “no debemos nada, no hay nada que tengamos atrasado” (Renato, 30 años, administrador público) esta idea asume que es el atraso de los pagos lo que los transforma en deudores a ojos del sistema financiero y de sus representaciones morales y no el uso de los instrumentos crediticios. Ahora bien, esta representación de la morosidad también puede entenderse dado el desafío que implica para las parejas entrevistadas responder con sus deudas: las fluctuaciones en sus ingresos, las múltiples fuentes de crédito que disponen, las distintas formas de pago, los usos que le dan a los créditos y las incertidumbres laborales, son todos elementos que las parejas deben agenciar para responder mes a mes con los montos comprometidos. En la línea de los trabajos de Pelladini-Simányi (2015), la morosidad es una prueba que las parejas van domesticando y traspasando a un lenguaje acorde con sus marcos de referencia.

Por otro lado, observamos cómo los procesos de subjetivación temporal favorecidos por las tecnologías financieras, son significadas diferenciadamente en función del espacio social que cada una de las parejas entrevistadas ocupa. Para aquellos que provienen de familias más acomodadas, la deuda captura sus tiempos libres obligándolos a trabajar en tiempos que destinaban para otras cosas, sin embargo, para aquellos que no cuentan con los soportes económicos familiares sus compromisos financieros, los obligaban a extender sus jornadas laborales y/o trabajar remuneradamente en sus tiempos libres. Esta idea la desarrollamos con mayor profundidad en otro artículo dedicado a la relación entre emprendimiento, deuda y explotación laboral (Pérez-Roa, 2019).

Con respecto a los marcos de diferenciaciones morales que las parejas deudoras movilizan para evaluar su situación como deudores, observamos cómo estas distinciones de comparación son particularmente fuertes en los casos de los jóvenes endeudados con créditos universitarios, y que sentían que sus estudios no se habían necesariamente rentabilizado en un futuro económico más próspero. La posición de “deudor profesional” moviliza una deuda moral con aquellos que soportaron económicamente sus proyectos educativos. Más allá del peso de la deuda económica, los jóvenes se sienten “en deuda” con sus familiares, por no poder ocupar la posición económica prometida. Lo interesante de observar en esta “carga moral”, que ya se había observado en anteriores trabajos (Pérez-Roa, 2014) es cómo, y a pesar del “fracaso económico” de la estrategia, se sigue asumiendo que endeudarse por educación es una inversión que vale la pena.

Ahora bien, no sólo la deuda educativa es portadora de una carga moral, sino también las deudas de consumo o las acciones que las parejas califican como riesgosas financieramente. Muchas parejas se enfrentan una situación económicamente difícil producto de la enfermedad de un familiar, de pasar por un período largo de cesantía, por cambios de casa, entre otros “imprevistos” que tuvieron que cubrir a crédito. A pesar de ser, la mayoría de ellas, situaciones que se encuentran “fuera de su control”, las parejas cargan con la responsabilidad moral de sentirse responsables del “mal manejo” financiero de la situación. Esta responsabilidad adquiere distintos tonos emotivos circunscritos en el registro de la culpa y que tienden a ocultar las condiciones sociales estructurantes de estos “imprevistos”.

Pagar créditos abusivos por educación, por emergencias de salud o por elevadas exigencias económicas en los contratos de arriendo, es minimizado cuando se confrontan con su realidad de jóvenes deudores. La deuda tiende a oscurecer las imágenes que tradicionalmente asociamos a la idea de desigualdad. La hace “invisible” a los ojos, transformándola en una gramática de fracasos, culpas y responsabilidades individuales ausentes de estructura social.

Todas las parejas jóvenes participantes de este estudio son profesionales, ocupan trabajos cuya remuneración supera la mediana nacional y, sin embargo, cargan con deudas que, de alguna forma u otra, les recuerdan que son profesionales que, por mucho que se esfuercen, no están donde “debieran” estar. En este sentido, creemos que sería interesante analizar con mayor profundidad los cruces entre desigualdad y endeudamiento problemático, sobre todo en una sociedad profundamente desigual y altamente financiarizada como la chilena.

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Nota

4 Chilenismo para “vas”.

5 Chilenismo para “tienes”.

Financiamiento

6 Financial disclosure Proyecto FONDECYT N°11150161; Iniciativa Científica Milenio del Ministerio de Economía, Fomento y Turismo de Chile adjudicado al Centro Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder.