Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 17, No. 1 (2018)

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doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol17-Issue1-fulltext-1241
Fardella and Carvajal Muñoz: Los estudios sociales de la práctica y la práctica como unidad de estudio



De acuerdo con Ariztía (2017) el impacto de las teorías de las prácticas sociales (TPS) en el mundo académico angloparlante, contrasta con la difusión en la academia hispanohablante. Esta situación nos convoca a compartir algunos avances en la teorización de las prácticas sociales o estudios sociales de la práctica y de esta manera ofrecer discusiones que al menos acerquen este enfoque para su uso (o desuso, pero informado).

La TPS es un enfoque que se conforma en el entrecruce de tradiciones heterogéneas de pensamiento en las ciencias sociales (Bourdieu, 1977; Deleuze, & Guattari, 1988; Garfinkel, 1967; Giddens, 1984). Por tanto, se trata de un cuerpo híbrido que confluye en constituir una alternativa para pensar lo microsocial y lo psicosocial, centrándose en la práctica como una unidad de estudio (Gherardi, 2015).

Estos estudios llaman a entender la práctica como un fenómeno situado, acontecido en el "aquí y ahora", así como también históricamente constituido y dependiente de su trayectoria. Esto se desarrolla en el supuesto de que fenómenos tales como la subjetividad, actividad humana, y sociabilidad son aspectos y efectos de las prácticas interconectadas (Schatzki, 2001). Asociado a ello, se argumenta que el carácter significativo y con propósito de la actividad humana deriva de la participación en dichos nexos de prácticas y no sólo de la implementación de regulaciones sociales y ordenes estructurales. Por tanto, el estudio de las prácticas, no se trata de meras descripciones de lo que se hace; sino un vuelco hacia la comprensión de flujos de prácticas, en tanto instancias de creación de significado, productores y reproductores de ordenes sociales, a la vez que conformadoras de lo humano (Chia, & Holt, 2006; Nicolini, 2009b).

Este trabajo comienza con una revisión de los giros hacia el estudio de la práctica, con el propósito de mostrar al lector algunas tradiciones participantes del actual trabajo de las teorías sociales de la práctica. A continuación, con la intensión de densificar las teorizaciones en torno a qué es una práctica, se presentan sus componentes, como elementos constitutivos de estas y sus atributos como unidad de estudio. Finalmente se proponen algunas estrategias metodológicas para su estudio y las limitaciones y potencialidades de este modelo. Adicionalmente, las distinciones teóricas y los desafíos metodológicos que implica entender la práctica como unidad de estudio se ilustran mediante un ejemplo que acompañará todo el texto. Expondremos la práctica de la escritura científica, cuyo estudio responde a una investigación que tiene por objetivo comprender la transformación del trabajo y la identidad científico-académica actual (Fardella, Sisto, Jiménez, 2015; 2017). Creemos que puede ser un buen ejemplo, por dos motivos: primero porque responde a un trabajo empírico real con problemas reales y segundo, porque imaginamos que podría ser significativo para los lectores.

Este trabajo colabora, en un asunto que a nuestro juicio es fundamental para comprender los fenómenos sociales y la necesidad de una mirada que desplace su marco de comprensión desde las capacidades y atributos individuales, hacia una aprehensión de unidades micro sociales, que anudan fenómenos estructurales e individuales simultáneamente. Por ello se busca ofrecer la práctica como unidad de estudio de lo microsocial y lo Psicosocial. Es posible encontrar empresas en las ciencias sociales modernas que han abordado los fenómenos microsociales informales y cotidianos, tales como la tradición de la sociología pragmática francesa de Boltanski y Thévenot (1991, 1999) o el trabajo de Goffman (1991a, 1991b, 2006), y Garfinkel (2006). Se trata entre otros, de desarrollos fundamentales para comprender los fenómenos psicosociales o micro sociológicos, sin embargo, aún queda por avanzar en sistemas de pensamiento que se hagan cargo con solidez y legitimidad de estos fenómenos. Esta propuesta va en esa dirección. Sin duda se requiere continuar su desarrollo fenomenotécnico (Rose, 1996), creando técnicas y estrategias metodológicas que visibilicen nuevos fenómenos y así dispongamos de nuevas categorías para leer la realidad microsocial. No obstante, brinda una oportunidad para reorganizar las maneras en que hemos ordenado el mundo, la vida social y sus personas. He ahí su potencia.

Los giros hacia los estudios sociales de la práctica

La idea de giro en ciencias sociales se ha vuelto recurrente en los últimos 50 años. Entre ellos podemos nombrar el giro interpretativo (Rabinow, & Sullivan, 1979), el giro histórico (McDonald, 1996), el giro discursivo (Ibáñez, 2003; Íñiguez, 2003) y, últimamente, el giro afectivo (Greco, & Stenner, 2013). El giro hacia las prácticas (Knorr-Cetina, & Von Savigny, 2001; Reckwitz, 2002; Schatzki, Regehr, Stern, & Shlonsky, 2007), se suma a los movimientos mencionados.

Muestra de este giro es su rápida diseminación a diferentes campos de las ciencias sociales y humanidades (Hui, Schatzki, & Shove, 2017). Actualmente, la teorización y conceptualizaciones en torno a la práctica se puede ver en los trabajos antropológicos de Ortner (1995), en psicología y la educación (Chaicklin, & Lave, 1993; Engeström, 1999), así como en estudios científicos y tecnológicos (Pickering, 1992) y en sociología de las organizaciones (Brown, & Duguid, 2001; Gherardi, 2006; Orlikowski, 2000).

No obstante, la preocupación por el concepto de práctica no es nueva en áreas como la filosofía o las ciencias sociales. Incluso, ya durante el siglo XIX emerge la primera generación de teorías en torno a la práctica. Bernstein (1971), distingue cuatro tradiciones Primero, la tradición hegeliana y marxista, donde emerge la praxis en tanto actividad objetiva que soluciona la oposición binaria entre idealismo y materialismo. Segundo, la tradición pragmática, resaltando las aportaciones de Pierce y Dewey, donde la práctica emerge vinculada a la idea de interacción entre el humano y ambiente, subrayando la concepción del hombre como experimentador activo y la unión de teoría y praxis de un yo que da sentido a la experiencia. Tercero, la tradición de la filosofía analítica (Carnap, Russell, Wittgenstein) quienes reconocen y otorgan importancia a la actividad, pero la conciben un proceso poco auténtico para su estudio en tanto desvirtúa la representación prístina de la realidad. Opera así, una convicción a priori, donde el estudio de la acción humana de no traducirse a un lenguaje elemental y básico se vuelve ilegítima y absurda para las ciencias sociales. Esta idea fue criticada por el trabajo posterior de Wittgenstein, defendiendo la irreductibilidad de la acción a otros conceptos (Schatzki, 1997). La cuarta tradición identificada por Bernstein refiere principalmente a los trabajos de Sartre y Kierkegaard sobre la conciencia, la existencia y la acción como claves centrales en la comprensión del hombre.

Las similitudes entre estos movimientos podrían leerse como superficiales, y un examen minucioso podría revelar divisiones insalvables (Bernstein, 1971), no obstante las diferencias genuinas hay importantes temas comunes como presentar a las personas como agentes y una preocupación por comprender la naturaleza y el contexto de la actividad humana (Hui, Schatzki, & Shove, 2017).

Dentro de lo que podríamos llamar primer giro, se encuentra la relectura del trabajo de Marx (primera orientación planteada por Bernstein (1971)). Durante las décadas recientes, la práctica, entendida desde los teóricos de la dialéctica materialista, han sido reintroducido en las ciencias sociales, bajo el desarrollo histórico y cultural de la teoría de la actividad (Engeström, Miettinen, & Punamäki, 1999), de los enfoques socioculturales (Chaicklin & Lave, 1993) y de la teoría pragmática de la acción (Joas, 1997). Los dos primeros tienen raíces en la obra de Vygotsky, quien, tomando el concepto de trabajo desde la perspectiva materialista, lo define como una actividad creativa mediada por herramientas y artefactos culturales y como un proceso, donde los sujetos se crean a sí mismos (Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow, 2009). Las tradiciones socioculturales y pragmáticas se desarrollaron primariamente dentro de la psicología y la educación y tiempo después comienzan a ser visibles para los estudios culturales y la sociología (Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow, 2009).

Otro giro en la teorización sobre las prácticas, toma como punto de partida el trabajo filosófico posterior de Wittgenstein y los primeros escritos de Heidegger (Reckwitz, 2002). Se reconoce como un punto clave el trabajo de Ortner (1995), quien acuña el término práctica en 1984. No obstante ya desde la década de 1970 y sobre el trasfondo del trabajo filosófico de Wittgenstein y Heidegger opera un supuesto que algo llamado prácticas es central en la vida social. Este conjunto de ideas vincula a teóricos tan diversos como Bourdieu, Giddens y Lav, a veces denominados teóricos de la práctica de la primera generación (Hui, Schatzki, & Shove, 2017).

De acuerdo a Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow (2009) desde finales del siglo XX, se comienza a armar una segunda generación de teorías en torno a la práctica social (Gherardi, 2009b; Hui, Schatzki, & Shove, 2017; Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow, 2009; Nicolini, 2009b; Shove, Trentmann, & Wilk, 2009; Reckwitz, 2002), buscando complejizar y actualizar los cimientos de Bourdieu (1977), Giddens (1984) y Garfinkel (1967) y los diálogos sociológicos y filosóficos expuestos en la segunda parte del siglo XX. Adicionalmente, la segunda generación se entrecruza con diversas tradiciones y disciplinas que van incorporando los giros mencionados, como, la Teoría de la actividad (Engeström, 2000) y la Teoría del Actor-Red (Latour, 2005). De acuerdo con Hui, Schatzki, & Shove (2017), este variopinto cuadro indica que los estudios sociales de la práctica no pueden entenderse como una orientación homogénea, ni menos como una epistemología ya acabada sobre los fenómenos y tejidos sociales.

No obstante, si bien los estudios sociales de la práctica son conceptualizaciones en desarrollo y heterogéneas, todos confluyen en mostrarse como una alternativa a las concepciones funcionalistas y normativas de la acción (Reckwitz, 2002) y a los enfoques estructuralistas de lo social (Schatzki, 1997). Lo que une, ancla y articula estos diferentes esfuerzos es el desafío común de visibilizar la práctica como una unidad de estudio central para acceder o abordar lo social. Se trata entonces de conversaciones que se reconocen a sí mismos en la apuesta por avanzar en una ontología social basada en las prácticas (Reckwitz, 2002; Schatzki, Knorr-Cetina, & Von Savigny, 2001).

A partir de estas producciones heterogéneas, se desarrollará en enfoque de la práctica social, como una mirada una alternativa que permitiría desestructurar históricos binomios del pensamiento social: las división micro-macro y material-simbólico (Reckwitz, 2002). La primera fijación, refleja la ortodoxa comprensión del mundo social, que divide artificialmente el estudio de distintos fenómenos sociales, situándolos y analizándolos en dos niveles: lo que sujetos y grupos dicen, son y hacen cotidianamente, y por encima de esto, aquello que estructura y tiene el peso del poder: instituciones, estructuras sociales (Boden, 1990; Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow, 2009). De acuerdo a Boden (1994) estas categorías, funcionan como ilusión retrospectiva redificando, mediante teorías y estrategias analíticas, lo micro y lo macro, como algo previamente dado.

Como alternativa al binomio micro-macro, el enfoque de la TPS comprende la práctica como unidades de lo social conformadas por relaciones de poder, estructuras, infraestructura, tecnologías, pero también lenguajes, cotidianeidades y cuerpos (Maller, 2012). A su vez, cada práctica actúa conforme las formas de aspectos más amplios de los sistemas sociales (ordenes históricos, económicos, políticos y culturales), pero se redefine en un despliegue situado, colectivo, humano. Por ello, el orden social macro existe en la medida en que se actúa, volviéndose evidentes en el aquí inmediato (Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow, 2009).

La segunda fijación de larga tradición ciencias sociales y filosofía, entre lo material y lo simbólico, donde la materialidad de lo social es desvinculada de la cultura, de la producción de sentidos y de símbolos en el tejido social, también es desestabilizada por el enfoque de la TPS (Reckwitz, 2002). De esta manera, lo material aparece como infraestructura y escenario de diferentes prácticas, incidiendo en ellos, permitiendo, facilitando, empujando algunas y no otras producciones culturales. Así mismo, los arreglos materiales aparecen posibilitados y plenos de sentido, gracias a un tejido simbólico. Entonces lo material tiene fuerza de participante, produciendo infraestructura que preformando y siendo transformado por lo simbólico. Es componente integral de las prácticas, necesario para el despliegue de redes y nexos socio-materiales en permanente diálogo entre el soporte material y la producción de símbolos y discursos (Ariztía, 2017; Maller, 2012; Reckwitz, 2002). Esto permitiría las prácticas complejas, donde no sólo participan seres humanos y producciones intersubjetivas humanas, sino también actantes no humanos (Latour, 2005). Ver también la perspectiva de la antropología simétrica (Latour, 1991), los estudios contemporáneos de la práctica (Reckwitz, 2002; Schatzki, Knorr-Cetina, & Von Savigny, 2001; Shove, Trentmann, & Wilk, 2009; Warde, 2005)

En efecto, la teoría social de la práctica y la práctica como unidad fundamental de generación y mantención de lo social, contribuye a superar la tensión entre lo macro-estructural y lo micro-agenciada, a la vez que difumina los límites entre lo simbólico, lo humano y lo material (Latour, 1996). La disolución de estos binomios permite repensar lo social, como procesos colectivos de/en conexión permanente, de múltiples niveles y elementos. Por tanto, la mirada pos humanista no es la continuación de los estudios más clásicos, sino más bien se trata de comprender como estos diferentes componentes adquieren capacidad para estar juntos y constituirse en esta intra-acción (Gherardi, 2009a). Se trata, como afirma Gherardi (2009a), de una epistemología relacional y socio-material, que aborda la adquisición de agenciamiento (Deleuze, & Guattari, 1988) conjunto de todos los componentes conformantes de una práctica. En paralelo hemos construido un ejemplo en torno a la práctica de escritura científica, que acompañará durante el texto ilustrando el rendimiento y aplicabilidad de cada desarrollo.

¿Qué es una práctica?

Intentando definiciones

A continuación, con el propósito de avanzar en los diálogos del enfoque TPS, se expone una profundización del concepto de práctica social. Para ello y a partir de una indagación teórica intentamos densificar la categoría de práctica social, desarrollando dos contenidos: los elementos que componen una práctica y los atributos de las prácticas como una unidad social.

Una definición tentativa es pensar la práctica, como un concepto que excede la idea de acción que se repite (rutina) o un conjunto de actividades. Se trata de una manera de hacer las cosas donde no sólo participan las personas, sino como una especie de constelaciones hibridas de actividad humana, no-humana (Reckwitz, 2002). Donde, por cierto, el centro no se encuentra en ninguno de estos componentes en particular, sino en el nexo entre ellos. Para ahondar en esto describiremos los principales componentes de las prácticas: sentido, competencia y materialidad (Ariztía, 2017; Maller, 2012; Reckwitz, 2002; Strengers, & Maller, 2011). Cabe señalar que toda división realizada tiene un propósito explicativo, que busca distinguir un elemento de otro para poder hacer una representación más densa y precisa del concepto.

Componentes y nexos de la práctica social como una unidad social

El sentido como dimensión simbólica de la práctica

Este primer componente de las prácticas nos remite a aquellos aspectos del proceso de representación de la práctica, es decir como es señalada, indicada y significada, donde se visualizan aquellas fijaciones temporales de ideas, creencias, valoraciones y comprensiones en torno a las actividades (Reckwitz, 2002; Shove, Pantzar, & Watson, 2012).

Esta dimensión se vincula con aspectos éticos y culturales, reflejados o puestos en acción en el proceso de dotar de significado tanto la práctica como al practicante. Si la práctica se compone de sentido, ejecutarla compromete una valoración de la acción misma y de otras actividades asociadas a una práctica (Shove, Pantzar, & Watson, 2012). El sentido es significado social, dimensión ética, valoración y evaluación del conjunto de acciones que conforman una práctica, como de la práctica por sí misma, permitiendo o dificultando su puesta en acción, en función de la coherencia tenga con el mundo colectivo (Reckwitz, 2002).

Comenzando con nuestro ejemplo, sabemos que la escritura científica es una práctica altamente valorada por la comunidad científica e instituciones de educación superior en Chile. El valor atribuido por la comunidad académico científica se arraiga a la creencia histórica de que el manuscrito científico obtiene su estatus al haber sido aceptado por una comunidad disciplinar en particular, en tanto pares disciplinares que siguen y respetan determinadas normas que aseguran la calidad, ética, confiabilidad del escrito. En paralelo, autoridades de instituciones universitarias disponen de otros criterios para valorar la escritura científica tales como un output del trabajo científico, que puede registrarse en grillas de gestión que elevarán el desempeño institucional (Fardella, Sisto, & Jimenez, 2017). Adicionalmente podemos reconocer valoraciones del ámbito personal donde la escritura científica representa el proceso cúlmine de un esfuerzo personal (Fardella, Sisto, & Jiménez, 2015).

Las competencias como la dimensión pragmática de la práctica

Las competencias o saber-hacer, se delinea como un segundo componente y refiere a los saberes o conocimientos prácticos, tácitos y explícitos (Maller, 2012), junto con habilidades específicas ligadas al desarrollo de una determinada práctica. A su vez, involucra dos saberes imbricados: por un lado, el saber ejecutor (Ariztía, 2017), conocimiento que permitiría desempeñar una práctica. Por otro lado, el saber-social, es decir, el conocimiento de una práctica, ya no sólo para desempeñarla, sino para comprender su despliegue social, pudiendo evaluar el desempeño de ésta por otros agentes (Ariztía, 2017). Por ejemplo en el saber ejecutor es fundamental el manejo de los procesadores de texto, conocer la retórica científica, reportar adecuadamente los resultados, ilustrando validez, confiabilidad y un sinfín de saberes tácitos. Por otro lado el saber social incorporará un manejo al menos intuitivo de que revistas pueden resultar más tolerantes con la metodología del estudio, con las inclinaciones políticas, redes de citación, entre otros asuntos.

De acuerdo con Hui, Schatzki, & Shove (2017) la competencia o saber-hacer son saberes prácticos, corporeizados, instancia de conocimiento como proceso afectivo y relacional donde se presentan todos los sentidos y todas las formas de aprehender el mundo social. Se configura en experiencias anteriores, que permite que las acciones o actividades prácticas no requieran una reflexión previa a la ejecución, adicionalmente posibilita un conocimiento dinámico, expuesto simultáneamente a lo conocido (Ariztía, 2017).

La infraestructura como la dimensión material de la práctica

La materialidad, o tercer componente de las prácticas sociales, comprende todo recurso e infraestructura participante en el despliegue de la práctica. Esto delinea las condiciones de posibilidad de emergencia y/o de ejecución de una práctica, como también de las transformaciones de ésta para llevarla a cabo. De acuerdo a Ariztía (2017), la dimensión material posee agencia organizativa en y de la práctica. Entonces, si la práctica es calentar alimentos y he configurado esta práctica utilizando microondas, si no cuento con uno, no podré llevar a cabo dicha práctica o, bien, tendré que realizar la práctica en otra materialidad, que requiere un saber saber-hacer distinto, que posiblemente tendrá otro valor y sentido (Reckwitz, 2002).

En el caso de la escritura científica: un procesador de textos, un gestor de referencias bibliográficas o incluso la conexión a internet son infraestructuras fundamentales para la ejecución de un escrito científico. No disponer de conexión a internet requeriría hacer un envío en papel del escrito al editor de la revista y este a su vez a los revisores del escrito. A su vez los revisores de los que dispone el editor también se debieran realizar un envío. Y todo ello modifica los tiempos de revisión, publicación y por tanto su valor en un universo académico exigente y competitivo.

De esta manera es evidente que el mundo material prescribe, modela y conduce en alguna manera las prácticas; pero lo material también está teñido por las prácticas. Por ejemplo, un gestor de referencias bibliográficas, su utilidad, rendimiento y valoración está sujeto a una comunidad de prácticas que configurado un uso determinado de bibliografía, que propone a la vez una relación entre formas de uso de un texto determinado y maneras de citarlo. Asunto que a su vez se relaciona con la dimensión del sentido, donde se entiende que las ideas tienen propietarios o que existe la propiedad intelectual y que además esta puede ser situada al interior de un sujeto o más. Entonces, la materialidad representada en infraestructura y herramientas, cumple la función de posibilitar e imposibilitar ciertas prácticas sociales.

En fin, como dijimos al inicio de este apartado, ninguno de estos componentes dimensión simbólica, saber-hacer o materialidad, por separado es más relevante que otro por sí mismo. En este sentido la fuerza gravitacional es el nexo entre estos componentes. Es decir, la práctica se encarna en los vínculos entre los distintos agentes humanos y no humanos participantes (Ariztía, 2017; Maller, 2012; Schatzki, Knorr-Cetina, & Von Savigny, 2001; Reckwitz, 2002).

Para comprender mejor esto, conviene recurrir al concepto de intra-accion, en lugar de interacción, desarrollado por (Barad, 2007). Es decir se deja atrás la idea de sujetos/elementos que se relacionan entre ellos, para comprender que hay relaciones que producen elementos. En el caso de la interacción se asume que preexisten elementos o individuales con su respectiva capacidad para actuar, en el caso de la intra-acción supone que las distintas agencias no preceden al encuentro, sino que surgen a partir de este.

Se trata entonces de componentes en una relación coproductora que permiten el enraizamiento de una práctica (Hui, Schatzki, & Shove, 2017). Nexos que no son necesariamente estables y sus ensamblajes están habilitados al mismo tiempo por contextos y circunstancias, lo cual supone incertidumbre y la impredictibilidad, muchas veces, del resultado. Esta lógica demanda una nueva epistemología donde sin separar los diferentes elementos, miramos como adquieren capacidad de actuar en la medida que coexisten (Barad, 2007).

Por tanto, este enfoque se desarrolla bajo el supuesto de que fenómenos como la actividad, la sociabilidad, la subjetividad, los discursos son los aspectos y efectos de las prácticas humanas y no-humanas intra-conectadas (Gherardi, 2009a; Schatzki, 2001). Por ejemplo, el carácter significativo-simbólico de la actividad humana, deriva de su condición de practicante. Es decir, de la participación de dicho nexo y no efecto de disposiciones mentales, propio de modelos psicológicos racionalistas, ni perspectivas funcionalistas de lo social.

Como advertimos párrafos atrás, continuaremos con una serie de características otorgadas por diferentes autores (Ariztía, 2017; Deleuze, & Guattari, 1988; De Certeau, 1996; Gherardi, 2009a; 2009b; 2015) a la práctica como unidad teórico-analítica.

Cualidades de las prácticas como una unidad social

Continuando con este esfuerzo por trazar una descripción de práctica, desarrollaremos a continuación 3 cualidades, a nuestro juicio ineludibles para una comprensión profunda del concepto, a saber: lo social, lo recursivo/creativo y lo rizomático.

Lo social refiere a la idea de que las prácticas son formas colectivas de hacer que se sostienen en el espacio social y relacional, al mismo tiempo que lo producen (Reckwitz, 2002). Por ello las prácticas, en tanto unidad teórico/analítica, no sólo expresan lo social, si no que fundamentalmente lo constituyen (Ariztía, 2017). Precisando un asunto importante entre lo social y la infraestructura, cabe señalar que lo material no constituye un telón de fondo para que lo social suceda. En la misma línea diremos que los sujetos no son los autores de lo social, ni producto de su estructura. Si no más bien son estos componentes en intra-acción donde existe y sucede lo social (Gherardi, 2015).

Las prácticas son una formación social, confluencia de diversos elementos (entre ellos sentidos, saber/hacer y materialidades) los cuales en su acción conjunta componen algo que podríamos identificar como una unidad/entidad psicosocial. Se trata de una conformación eminentemente social (Ariztía, 2017). No es posible reducirla a una unidad que expresa o ilustra lo social, ni situarla en una posición de exterioridad respecto de lo social (Haraway, 1991). Se trata de ubicarla como una unidad en la que lo social existe, se ejecuta, se actualiza y se transforma (Miettinen, Samra-Fredericks, & Yanow, 2009).

Si entramos en lo que artificialmente hemos delineado como una práctica, encontraremos actuaciones colectivas, con capacidad de coordinación tácita en el núcleo de la acción, que orienta la capacidad de todos los practicantes. Se trata de comunidades de practicantes, que en la ejecución de alguna actividad van elaborando un sentido común, lo cual de acuerdo con Gherardi (2009b) podría denominarse como prácticas epistémicas (formas colectivas de conocer, interpretar, evaluar y saborear la realidad humana y no-humana). En efecto la reiterada experiencia conjunta de los componentes de una performance, conforma códigos compartidos para leer objetos, infraestructuras, sujetos, otros actantes y otras prácticas. Y de esta manera se perpetúa una práctica más allá de la comunidad de practicantes que originalmente la producía. En este sentido, Gherardi (2009a) resalta como esta unidad tiene una infraestructura normativa, que perpetúa la trayectoria de su acaecimiento.

Un segundo aspecto a revisar es la práctica como un fenómeno recursivo/creativo. Lo recursivo/creativo está asociado a lo que Ariztía (2017) señala como la existencia de la práctica como una unidad que trasciende su realización puntual -su performance-, dado que involucra ciertas formas de recursividad y una trayectoria previa a cada ejecución. De acuerdo a esto, los componentes que constituyen una práctica específica, funcionan como practicantes, en tantos portadores de una manera colectiva que no se alberga exclusivamente en ninguno de sus componentes. Como señalamos anteriormente, cuando la práctica se ejecuta subyacen modalidades expresivas, corporales, simbólicas y también inefables de transmisión acerca de cómo se ejecuta esta práctica (Maller, 2012).

De manera inseparable a lo recursivo, encontramos lo creativo. En la literatura lo creativo se ha construido asociado a la idea de refinación, donde la ejecución de la práctica se perfecciona a través de la negociación y reflexividad de los practicantes o portadores de la práctica (Chaicklin, & Lave, 1993). Por ello se puede señalar que las prácticas están constantemente en redefinición y tensión, a través de decisiones, que permiten la repetición, el refinamiento o el cambio (Hui, Schatzki, & Shove, 2017). Cabe señalar que el concepto de reflexividad, tomado de los trabajos de Garfinkel (2006), muestra una forma interminable de las prácticas para producirse y ordenarse a partir de un contexto particular, evidenciando la simultánea y reflexiva potencia de elaboración y reelaboración del orden por parte de los practicantes.

Bajo esta concepción de práctica, la creatividad y potencia de producción son aspectos esenciales para su definición. De acuerdo a De Certeau (1996), las prácticas en tanto creación, circulan en actos no planificados, impredecibles, siendo desertoras del orden provisto para ellas. Y aunque se compongan de sentido/habilidades y materialidades reconocibles, no siempre se coordinan bajo las gramáticas prescritas para ellas (Deleuze, & Guattari, 1988), pero mantienen una identidad que las vuelve reconocibles. Por ejemplo, calentar la comida, aun hoy disponemos de materialidades que nos permiten ejecutar esa práctica de manera muy diferente a 300 años atrás, se puede reconocer una continuidad en ella, incluso cuando el sentido puede también haberse transformado. Si siglos atrás el sentido estaba asociado a un proceso de higiene del alimento o de conservación de este, hoy no necesariamente es así.

Diremos, entonces, que una propiedad distintiva es la constante improvisación y la potencia de versatilidad de las prácticas (Lahire, 2004). En este sentido el jazz ha sido ampliamente usado como metáfora explicativa de este atributo. ¿Qué aspectos del Jazz pueden ser transferidos a la conceptualización de la práctica? Principalmente la idea de improvisación y predefinición (Gherardi, 2009b). Donde en una misma ejecución conviven elementos en creación y otros previamente convenidos. En efecto la improvisación resulta exitosa, puesto que se apoya en experiencias compartidas previas. Entonces la repetición de las prácticas no es mecánica, al igual que cada ejecución de la misma pieza de jazz no es idéntica a la anterior. Referente a práctica de papers podemos decir que todos los papers comparten unas formas, un lenguaje, un ritmo, incluso es posible identificar un guión detrás de ellos. Sabemos que un abstract encontraremos elementos tales como el problema de investigación, algún guiño al marco de referencia, a las estrategias metodológicas y un adelanto de las conclusiones. Sin embargo, cada abstract es diferente, al mismo tiempo que reconocible como abstract, pues cumple con los criterios de identificación de este.

Lo rizomático es tomado del pensamiento desarrollado por Deleuze y Guattari (1988) y representa heterogéneos elementos en red distribuidos sin jerarquía y con la potencialidad de afectarse y de devenir algo diferente. La cualidad rizomática trasladada a las TPS, nos hace pensar que las prácticas y sus componentes se articulan en una tupida red de relaciones de fuerza, sin un margen estático, ni estricto. La cotidianeidad social como espacio de acontecimiento de las prácticas, se arma de un entramado enmarañado e irregular de prácticas heterogéneas y multiformes. Las prácticas en tanto procesos activos no se organizan como una oposición ordenada respecto de algo, ni poseen un centro predefinido. Se elaboran simultáneamente desde todos los puntos, bajo la influencia recíproca de distintos componentes.

Pero aun cuando las prácticas no siguen una jerarquía indefectible, esto no las convierte en entidades lábiles o inestables. En efecto las prácticas sociales, son ensambles constantes (recursivos), cuya condición es que están abiertos a cambiar. Tal como señala Deleuze y Guattari (1988) existen líneas de solidez, o fijaciones de elementos afines. Un ensamble, se vuelve recurrente, se aglutina, se convierte en práctica en una infraestructura equipada para esta cristalización.

Entonces en reemplazo al gran foco de organización, concurren diferentes nodos, puntos y focos que se conectan momentáneamente dada una situación particular para hacer frente y adquirir potencia de afectación. Dentro de las prácticas se producen relaciones socio materiales que entrelazan tanto significados como materialidad, es decir, se establecen conexiones -sin un orden predefinido- entre elementos heterogéneos como: cuerpos, artefactos, discursos, tecnologías y normas, creadas a través del proceso de agenciamiento (Gherardi, 2015). De aquí que la potencia de este modelo es tomar estos elementos y ver cómo adquieren capacidad de actuar cuando confluyen y se relacionan.

Las prácticas como unidad de estudio: Abordajes y estrategias

Sin duda los estudios sociales de la práctica abren un diálogo importante en torno a asuntos epistemológicos y metodológicos para llevar a cabo una operación empírica solidaria con el enfoque de la TPS (Czarniawska, 2007; Hui, Schatzki, & Shove, 2017). En este sentido, los fundamentos de la investigación cualitativa en general, así como los estudios etnográficos y etnometodológicos en particular, se muestran armónicos por su énfasis en la producción de conocimiento situado y una mayor sensibilidad para acoger los aspectos local y contingentes acerca del fenómeno en estudio (Denzin, & Lincoln, 2000; Flick, 2004a; Flick, 2004b; Vasilachis, 2007). Esta misma armonía se evidencia para pensar la posición del investigador, donde la pretensión de objetividad queda diluida en la aceptación irremediable afectación del contexto, del sujeto y la creación de conocimiento (Alvesson, 2003). Por último, otra avenencia innegable es la actitud hermenéutica, una metodología abierta a la comprensión del fenómeno y un investigador flexible y atento para seguir el fenómeno a estudiar, construyendo con este una relación simétrica y evitando cualquier tipo de perspectiva privilegiada sobre él (Alvesson, 2003; Gadamer, 1995).

Al centrarnos en los aportes de la etnografía, existen numerosas alternativas acerca de qué incluir en una definición para esta. Podemos, por ejemplo, comprenderlos como estudios de necesaria naturaleza exploratoria, y datos no estructurados, expresión de un interés en la cultura y sus capas de significados (símbolos, ideas, suposiciones, creencias) de una comunidad determinada (Atkinson, & Hammersley, 1994; Geertz, 1973) o cualquier estudio que involucre la observación de lo aquello denominado como eventos naturales (Silverman, 1985), que implican un ineludible período de campo, realizar registros y estudiar una rica variedad elementos que hablan, tales como documentos o artefactos materiales (Alvesson, 2003). Este espíritu etnográfico se refleja en un conjunto de técnicas y estrategias para la producción de datos y análisis de estos mismos. Donde si bien la entrevista puede ser una herramienta central, las conversaciones o eventos menos formales y más espontáneas entre el investigador e informantes son información igualmente valiosa. Así, la incorporación de una multitud de métodos (triangulación) suele preferirse, no para acercarse a la verdad, sino para construir una imagen más rica de aquello estudiado (Denzin, 1994).

Particularmente los estudios etnográficos han sido preferidos para el estudio de las prácticas, tales como los trabajos en salud (Blue, Shove, Carmona, & Kelly, 2016; Maller, 2012); en el área de trabajo y organizaciones (Bruni, 2005; Czarniawska, 2007; Nicolini, 2009a; Nicolini, 2009b); de la educación (Fardella , 2013; Sisto, & Zelaya, 2013); o prácticas de fotografia digital (Gómez, 2008). En este sentido la valoración de la tradición etnográfica dispuesta a mirar de cerca y acoger los aspectos omitidos, ambiguos contradictorios, difíciles de articular o verbalizar acerca de un fenómeno (Alvesson, 2003), resulta útil e iluminador para el enfoque de la TPS.

Por otro lado, se destaca la etnometodología, propuesta desarrollada por Garfinkel (2006), en tanto busca profundizar en la dimensión práctica de lo cotidiano (actividades y circunstancias) y en la labor sociológica comprender esa dimensión a través de estudios empíricos (Coulon, 1995). De allí que se vuelva central el razonamiento de diferentes actores, para dotar de sentido y continuidad sus prácticas diarias, ya que “las actividades por las que los miembros producen y manejan escenarios organizados de asuntos cotidianos, son idénticas a los procedimientos por cuyo medio dichos miembros dan cuenta de y hacen explicables estos escenarios” (Garfinkel, 2006, pág. 8). Así, el carácter encarnado de las prácticas explicativas sobre las acciones realizadas, es parte del sentido común de una comunidad que, a su vez, se nutre constantemente de la dimensión práctica de lo cotidiano, desplegando sentido a aquello que se realiza de manera permanente y táctica. Este proceso requiere de habilidades y competencias que son necesarias para sostener determinadas formas de dar cuenta del mundo (Schütz, 1974) y de construirlo, simultáneamente.

En coherencia con estos fundamentos, el Shadowing (Bruni, 2005; Czarniawska, 2007), la entrevista situada (Holstein, & Gubrium, 1995) y la etnografía de dispositivos (Sisto, & Zelaya, 2013), se muestran como estrategias metodológicas que podría articularse con relativa fluidez a la hora de estudiar desde el enfoque de la TPS, particularmente por su sensibilidad y naturaleza altamente situada, socializada y fluida de la práctica.

El Shadowing (Bruni, 2005; Czarniawska, 2007) desde una mirada amplia significa hacer sombra, estar cerca de alguien, algo o una acción durante un determinado tiempo (horas, días, semanas) y se espera que durante este proceso el investigador pueda observar, aprender o comprender acerca del fenómeno (o práctica). Este viaje, puede ser filmado, grabado o fotografiado durante el proceso de seguimiento y en muchas ocasiones durante o después del acompañamiento investigador y practicante construyen/discuten tópicos relativos a la experiencia conjunta.

En el caso de las prácticas de escritura científica, el seguimiento mismo era algo que interrumpía la práctica de escritura, por la naturaleza misma de esta (frágil, profunda y solitaria). Por lo tanto, diremos que las cualidades de la práctica que estudiamos van a determinar el diseño metodológico. En nuestro caso, para solucionar el impase, decidimos como equipo acompañar a los participantes individualmente en sus rutinas diarias de trabajo, con el objetivo de observar cómo éstos organizan y experimentan las prácticas laborales asociadas a la investigación, compartiendo y reflexionando colaborativamente sobre esta experiencia en movimiento.

La entrevista activa-situada (Alvesson, 2003; Holstein, & Gubrium, 1995) también es una estrategia interesante para este enfoque, por su naturaleza situada y profunda. Se trata de un diálogo, mediante el cual se busca conocer cómo el participante produce relatos y significados respecto de un fenómeno de particular interés para el estudio. Se entendería, entonces, por entrevista una actividad que busca producir en conjunto con el participante, una narración acerca de una práctica o grupo de prácticas específicas. Adicionalmente le hemos atribuido el carácter de situada, pues el diálogo conjunto incorpora la circunstancia inmediata, el cuerpo, la infraestructura de la práctica como actuantes en la entrevista. En este caso, se asumen que las declaraciones están determinadas por la situación, es decir, el contexto de entrevista más que con cualquier otra "realidad experiencial", regulada por los guiones culturales disponibles sobre cómo debiera uno expresarse sobre temas particulares (Silverman, 1985). No obstante también se asume que los practicantes a menudo son actores conscientes de su posición en el mundo y por ello es razonable esperar que sus relatos y versiones de mundo estén orientados por sus experiencias e intereses específicos. Por ejemplo en contextos académicos, las personas suelen ser conscientes de cuestiones como la reputación personal e institucional buscando gestionar discursivamente muy bien el prestigio académico (Fardella, Sisto, & Jiménez, 2015).

En el caso de la investigación en torno a la escritura de artículos científicos, se realizaron entrevistas en torno a la experiencia de escribir un paper. Las entrevistas se acordaron en el espacios físico en el cual se producía la práctica de escribir para promover un relato situado que incorporara los elementos socio materiales. En este estudio era relevante comprender cómo, elementos tales como espacio de trabajo, compañeros y horarios de trabajo, tecnologías y laboratorios; conforman la dimensión situada de las nuevas regulaciones de producción de conocimiento científico. Mediante este guión se buscaba coproducir una descripción heterogénea y confrontada acerca de su experiencia como practicante. El diálogo permite hablar de cosas, que antes no habían tenido cabida en el guión de una conversación. El investigador confronta, excava, ilustra, refleja la representación social de práctica buscando un contexto de negociación entre el investigador y el practicante (Alvesson, 2003; Czarniawska, 2007). En reiteradas oportunidades a pesar de lo concreto de la conversación, nada es evidente. En ocasiones el hecho de enunciar algo, es un reconocimiento epistémico potente que permite una reflexión conjunta.

Por ultimo destacamos la etnografía de dispositivos (Sisto, & Zelaya, 2013), donde se propone el seguimiento de objetos, reconociendo en ellos su capacidad de vincularse con otros agentes y producir prácticas. De esta manera se propone que los objetos sean vistos en su proceso de emergencia desde las prácticas materiales y discursivas de las que forman parte, cuestionando la primacía del sujeto, y de la acción individual como unidades fundamentales de lo social. Esto nos orienta a comprender cómo agentes humanos y no humanos se conectan de modos heterogéneos, definiéndose mutuamente, estableciendo posiciones y generando acciones, en tanto fenómenos emergentes. En este sentido, la práctica puede ser analizada como “una textura de conexiones en acción” (Keevers, Treleaven, Sykes, & Darcy, 2012, p.118). Esto es fundamental a la hora de comprender cómo actúan los instrumentos, artefactos e infraestructuras y cómo se hacen parte de una conformación social hibrida, estabilizando, permitiendo o denegando ciertas prácticas sociales (Gherardi, 2009a).

Continuando con nuestro estudio acerca de las prácticas de escritura científica podría ser aportativo al trabajo realizar una etnografía de dispositivos tales como ResearchGate1 y preguntarse cómo han ido mutando en su diseño, que funciones han incorporado en la plataforma y a qué demandas responden estos cambios.

Discusión y Conclusiones

Límites y potencialidades

Este trabajo es en parte una invitación a superar la idea de las prácticas sociales como algo trivial o intrascendente; es justamente una apelación a comprender que lo social sucede en las prácticas y por ello resulta esencial comprenderlas y valorarlas en tanto unidad fundamental de lo social. Conformaciones híbridas, que han permanecido invisibles sino le otorgamos una categoría teórica/analítica que empuje hacia su inteligibilidad y así una mejor comprensión de lo social.

Sin duda la TPS estimula a cambiar la unidad de análisis de conocimiento de lo social y a establecer las prácticas sociales como unidades para leer y comprender lo social. Se abren de esta manera interrogantes urgentemente ¿Cómo entenderemos al sujeto? ¿Cuál será su status en relación a los otros componentes de una práctica? ¿Qué status tienen las relaciones entre humanos? Se abren, por ciertas cuestiones acerca de cómo se vincula este enfoque con preguntas históricas de las ciencias sociales latinoamericanas como la desigualdad, el sufrimiento, el poder y la subordinación. Evidentemente, se trata de un enfoque que requiere continuar su desarrollo, sobre todo en lo que Rose ha llamado fenomenotécnia (1996), es decir, creando conceptos, subconceptos, pero sobre todo técnicas que visibilicen y den cuerpo a este enfoque teórico. No existirían conceptos en tanto meros reflejos racionales de las experiencias sociales. Lo descriptivo es normativo, por tanto producir conceptos es también el intento de producir realidades. En este sentido la realidad social es el resultado ineludible de las categorías que usamos para hablar de ella y de nuestras estrategias para ponerla de manifiesto y justificarla. Por ello queda insistir en la potencia de un nuevo lenguaje para precisar y dar vida a experiencias cotidianas y locales, donde se construye lo social. Sin duda queda un auspicioso camino por recorrer.

Agradecimientos

Centro de Investigación para la Educación Inclusiva. Programa PIA-CONICYT. Proyecto CIE 160009.

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Financiamiento

1 Financial disclosure Comisión Nacional de Investigación, Ciencia y Tecnología (CONICYT), proyectos FONDECYT No. 3150374 “La reorganización del trabajo académico: escenarios laborales, prácticas cotidianas e identidad”, No. 1151209 “Vidas Académicas, Instituciones en Disputa: La organización del trabajo y la subjetividad académica en un contexto de transformación”, y No. FONDECYT No. 1180129" El trabajo cientifico en Chile: Instrumentos de acción pública, prácticas de producción científica e identidades laborales". UNAB, Financiamiento Interno Jorge Millas, “Gestión Universitaria y la producción científico-académica: Perspectivas de diferentes actores al encuentro”.

Nota

2 ResearchGate es una plataforma y red social multidisciplinaria que facilita la colaboración entre personas que hacen ciencia, permitiendo la distribución de artículos científicos y otros productos afines.